Vivir dentro
Hay una curiosa paradoja que solo entendí después de vivir fuera de Bolivia. Mientras estaba aquí, hacía lo que casi todos hacemos: criticar al país con entusiasmo. Los gobiernos, los bloqueos, la economía pendular y esa facilidad tan nuestra para tropezar otra vez con la misma piedra. Pero bastó cruzar una frontera para descubrir que, cuando alguien hablaba mal de Bolivia, el primero en salir a defenderla era yo.
No era patriotismo de desfile ni fervor de 6 de agosto. Era otra cosa. Era la distancia.
Leí un artículo del escritor español Javier Cercas. En él plantea que solo después de vivir fuera comenzó a comprender mejor a España. La lejanía corrige la mirada. Uno deja de confundir un país con las noticias del día y vuelve a verlo en su totalidad.
Con Bolivia ocurre algo parecido. Vivimos tan pegados a la coyuntura que acabamos creyendo que el país es únicamente eso: la escasez de dólares y combustible, la inflación, los enfrentamientos políticos, la corrupción, la incertidumbre y noticias que cambian de protagonistas, pero no de argumento. Abrimos el periódico, escuchamos la radio o revisamos el celular y concluimos que Bolivia se reduce a esa suma de malas noticias.
Un país nunca es solo su gobierno. Tampoco es únicamente su economía. Un país también es la maestra rural que enseña donde el Estado apenas alcanza; el médico que atiende con más vocación que recursos; el agricultor que siembra a merced de la lluvia, las heladas y los bloqueos; el artista que sigue creando aunque el aplauso sea escaso y el apoyo oficial inexistente; el emprendedor que cada mañana vuelve a levantar la cortina sin saber qué nueva dificultad le espera. Ellos casi nunca ocupan la portada de los periódicos. Y, sin embargo, son quienes mantienen el país en pie mientras los demás discutimos cómo arreglarlo.
Las noticias suelen hablar del Estado. Nosotros terminamos creyendo que hablan del país.
Eso no significa cerrar los ojos ante la realidad. Bolivia atraviesa uno de los momentos más delicados de los últimos años. Muchos jóvenes hacen las maletas en busca de oportunidades que aquí no encuentran. La incertidumbre económica posterga inversiones, proyectos familiares y decisiones de vida. Ser optimista hoy puede parecer un acto de ingenuidad.
Hoy más que nunca necesitamos distinguir el país de su circunstancia.
Los bolivianos que emigran conocen bien esa contradicción. Se quejan de Bolivia con argumentos que, muchas veces, también compartimos. Pero basta con que un extranjero la desprecie para que aparezca una defensa apasionada de sus paisajes, de su gente, de su comida, de esa manera tan nuestra de reírnos incluso cuando todo parece ir mal. La distancia devuelve valor a lo que la costumbre había vuelto invisible.
Los países se parecen a las familias. Quienes pertenecemos a ellas conocemos mejor que nadie sus defectos, sus discusiones y sus heridas. Pero sabemos que ninguna familia merece ser definida únicamente por sus problemas.
El patriotismo no consiste en repetir que Bolivia es el mejor país del mundo. Eso es demasiado fácil. Lo difícil es seguir apostando por ella cuando abundan los motivos para el desencanto. Criticarla cuando hace falta. Defenderla cuando corresponde. Y, sobre todo, no renunciar a construirla.
Como estudiante, viví fuera de mi país en dos ocasiones. Y en ambas descubrí la misma paradoja: cuanto más lejos estaba de Bolivia, más completa conseguía verla. Porque la distancia no solo mide kilómetros; también devuelve proporciones. Y hay países que solo recuperan su verdadero tamaño cuando dejamos de mirarlos con la nariz pegada al vidrio.





