¿Preparados ante el Super Niño?

Importantes centros de predicción climática de Europa, Estados Unidos, Sud America y de otras regiones están señalando con mucha preocupación que en el período 2026 – 2027, un super fenómeno de El Niño esta por presentarse y que el mismo puede ser de devastadores impactos para los países de la región, particularmente con aquellos de vulnerabilidad muy alta ante eventos extremos, como es el caso de nuestro país.

El fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENOS) se presenta cada cierto tiempo (entre cada 2 a 7 años) y se lo detecta a partir de un incremento de la temperatura del agua en el Océano Pacífico (mayor  de 0,5°C, respecto al promedio) esta elevación establece el nivel de “fuerza” del fenómeno y precisamente cuando esta elevación bordea o supera los 2°C se habla de un super Niño, que naturalmente traerá consecuencias impredecibles en varias regiones del mundo y particularmente en las zonas de centro y sud américa.

El ENSO constituye uno de los principales moduladores de la variabilidad climática también en Bolivia. Sin embargo, sus efectos no son uniformes ni pueden interpretarse únicamente a partir de tendencias globales. En perspectiva, la experiencia boliviana demuestra que los eventos intensos de El Niño han estado asociados principalmente con déficits de precipitación, reducción de caudales, disminución de la productividad agrícola, incremento de incendios forestales y afectaciones al abastecimiento de agua, especialmente en el occidente y parte de las tierras bajas del país.

Sin embargo, esta presencia del Super El Niño genera preocupación debido a que ocurriría en un contexto de cambio climático más cálido que el experimentado durante eventos históricos anteriores. Los últimos 11 años han sido los más cálidos registrados (https://wmo.int/news/media-centre/wmo-confirms-2025-was-one-of-warmest-years-record), esto es importante porque una temperatura base más elevada puede agravar los daños causados ​​por el mismo fenómeno de variabilidad climática.

En consecuencia, Bolivia podría enfrentar impactos superiores a los registrados durante los episodios de 1982-1983, 1997-1998 o 2015-2016. Precisamente en estos eventos como el de 1982 – 1983 en nuestro país se registraron importantes déficits de precipitación en el Altiplano y los valles interandinos, provocando pérdidas agrícolas significativas. En el episodio de 1991-1992, nuevamente se observaron condiciones secas en gran parte del occidente boliviano. Sin embargo, fue el fenómeno de 1997-1998 que provocó una marcada reducción de precipitaciones en el Altiplano central y sur, afectando la producción agrícola y disminuyendo la disponibilidad de agua para consumo humano y riego; según CEPAL esto representó un daño cercano al 4% del PIB. Recientemente el evento de 2015-2016 generó una de las crisis hídricas más severas de las últimas décadas, en la ciudad de La Paz se experimentó descensos críticos en los niveles de las represas Tuni Condoriri, Incachaca y Hampaturi, con más de 90 barrios de La Paz y El Alto que enfrentaron racionamientos de agua lo que evidencio la fragilidad del sistema de abastecimiento frente a condiciones climáticas extremas y por tanto un nivel de resiliencia bajo.

De las experiencias anteriores se podría inferir que la principal amenaza asociada a un Super El Niño para Bolivia es la disminución de la disponibilidad de agua. Sin embargo, no se debe dejar de lado otras implicaciones relacionadas como la disminución en la recarga de acuíferos, embalses y lagunas altoandinas.  

Una complejidad adicional a considerar es que, durante períodos de sequía asociados a El Niño, los glaciares han funcionado históricamente como reservas estratégicas de agua, sin embargo su reducción ya denunciada desde hace muchos años por importantes investigaciones de la UMSA tendería a limita cada vez más esta capacidad de amortiguación y resiliencia; peor aún si el escenario es un Super El Niño que  podría coincidir con una menor disponibilidad glaciar, incrementando la vulnerabilidad hídrica de ciudades como La Paz y  El Alto.

Lo preocupante también se traslada al sector de la agricultura ya que gran parte de ella en Bolivia tiene una fuerte dependencia de las precipitaciones. Más del 70% de la superficie cultivada corresponde a sistemas a secano, especialmente en el altiplano y los valles. Durante los eventos El Niño de 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016 se registraron pérdidas significativas en cultivos de papa, quinua, maíz y cebada.

Cerrando este círculo nada virtuoso otro de los efectos más visibles de los eventos recientes de El Niño en Bolivia ha sido el incremento de incendios forestales lo que lleva a la evidencia sufrida en la crisis de incendios de 2023 y 2024 donde millones de hectáreas resultaron afectadas en la Chiquitanía, la Amazonía y el Pantanal boliviano, donde si bien fue el fuego para habilitación de tierras el detonante principal, no se puede desconocer que las condiciones climáticas asociadas a El Niño potenciado por el cambio climático favorecieron la propagación de los incendios. De la misma manera el Super El Niño podría generar condiciones aún más favorables para eventos extremos de fuego debido a temperaturas más altas, menor humedad relativa y estaciones secas prolongadas.

Las lecciones del pasado muestran que Bolivia debe fortalecer la gestión de recursos hídricos, mejorar los sistemas de alerta temprana, promover una agricultura más resiliente y desarrollar estrategias efectivas de prevención de incendios. Ante este escenario nos preguntamos si los municipios y las gobernaciones ¿están preparados, o están preparándose?


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