A Miguel no lo mató un golpe; lo mató el odio
Cuando tenía 18 años fui a bailar a “Araranca”, una discoteca conocida de Tarija. Llevaba el cabello largo porque no había hecho la premilitar. En algún momento entré al baño y, al salir, sentí un golpe seco que me lanzó contra la pared. Nunca vi quién fue. Nadie se acercó. Nadie preguntó nada. Todos seguimos como si no hubiera pasado.
Durante años pensé que quizá era el exnovio celoso de alguna amiga. Hoy creo otra cosa: alguien se sintió incómodo con mi presencia y decidió golpearme. No fue una pelea. Fue rechazo convertido en violencia. Fue Homofobia.
Lo que me pasó a mí no se compara con lo que le pasó a Miguel. Pero nace del mismo lugar.
Miguel recién había cumplido 37 años. Era odontólogo, había llegado desde Jujuy hace varios años, practicaba zumba y todavía estaba de festejo. Esa noche no volvió a casa. Recibió una golpiza que terminó en un traumatismo encéfalo craneal que lo llevó a la tumba. Según los testimonios conocidos, todo comenzó cuando intentó acercarse a otro hombre. La respuesta no fue un rechazo, ni un empujón, ni simplemente alejarse. Fue una violencia desmedida, golpes en el rostro y patadas cuando ya estaba en el piso, sin poder defenderse.
Detengámonos ahí.
No porque alguien intente besarte tienes derecho a matarlo. No porque alguien te incomode puedes destrozarle la cara. No porque alguien sea gay su vida vale menos. Nadie merece morir por un beso y nada de eso admite debate.
Empero, lo más alarmante vino después. En redes sociales aparecieron mensajes justificando el crimen: “se lo buscó”, “para qué lo jode”, “por maricón”. Es decir, no solo se mata, también se absuelve moralmente al agresor y se condena a la víctima.
Eso revela que vivimos en una cultura que todavía considera aceptable castigar a quien rompe ciertas normas de masculinidad o deseo. Una cultura donde a muchos les parece más grave que un hombre intente besar a otro, que molerlo a patadas hasta matarlo. Lo mataron y todavía culpan a la víctima. Y eso debería avergonzarnos.
Porque además hay niñas y niños mirando. Escuchan en sus casas que “se lo merecía”, que “por algo será”, que “esas cosas pasan”. Aprenden que la violencia puede justificarse si la víctima es distinta. Aprenden que odiar también se hereda.
Miguel no era una noticia policial. Era hijo, hermano, sostén de su madre, una persona querida por su comunidad. Su hermana lo recordó como alguien alegre, trabajador, amoroso. Reducirlo al último minuto de su vida también es una forma de violencia. Llamémosla por su nombre, fue homofobia, fue un crimen de odio. La golpiza no empezó en la calle, empezó antes.
Este caso exige justicia, pero también nos obliga a preguntarnos por qué todavía hay quienes creen tener derecho a golpear a otro por ser quien es. Preguntarnos por qué algunos siguen buscando excusas para el asesino. Preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo.
A mí me dieron un golpe y pude seguir. A Miguel lo mataron.Y hoy escribo esto con los ojos llorosos y las manos temblando, porque no dejo de pensar que podría haber sido yo.Porque cuando una sociedad justifica el odio, mañana puede ser cualquiera.Ya lo mataron una vez en la calle. No lo matemos de nuevo justificándolo.


