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Lucha de débiles

El año pasado, mi profesor de historia económica Nigel Caspa nos dio a leer un texto de una de las mentes más brillantes del país: José Péres Cajías, quien cuestiona en su paper las teorías que insisten en supeditar el desarrollo de Bolivia en función a un “grupo hegemónico” y plantea más bien el desarrollo bajo un contexto de “lucha de débiles”. Aunque no niega la existencia de una distribución inequitativa de las capacidades políticas, plantea que en muchos contextos estas desigualdades eran ante todo, de iure, es decir bajo leyes y normativas, o de manera “formal”, mas no de facto.

Este análisis no ha dejado de dar vueltas por mi cabeza y mucho más ahora que vemos el conflicto al interior del MAS y el modo en que éste ha ralentizado nuestro ya desacelerado crecimiento económico. Desde la llegada al poder de Evo Morales, este contexto de lucha de débiles, en la que existen más de un actor político relevante, se vio un poco diluido, lo que no quiere decir que Morales llegó a ser hegemónico, quizás se acercó un poco más que otros, pero no logró imponerse como lo hicieron por ejemplo Fidel, Chávez o Maduro en sus países.

¿Cómo se explica esto? Bolivia es un país en el que el poder siempre se ha negociado, ha habido pactos y no sólo entre las élites, como a menudo las narrativas del victimismo nos repiten, sino entre portadores del poder de facto, como los comerciantes, los transportistas, la COB, los cocaleros y las diferentes organizaciones sociales que, ante la exclusión, han buscado otros canales para incidir y disputar el poder político.

¿No me creen? Pensemos en los indígenas: en 1825, cuando el liberal Bolívar planteó el parcelamiento y la propiedad individual, el mundo aymara y quechua se opuso tenazmente y defendió la comunidad como territorio y como Estado dentro del Estado; accedió incluso a seguir pagando el tributo a cambio del respeto a sus prerrogativas. Lo mismo ocurrió con la Reforma Agraria del 53; Carmen Solís nos muestra la lucha de los caciques apoderados para cambiar el planteamiento “la tierra para el que la trabaja” por el de “la tierra para sus antiguos dueños” y una vez más, se respetaron las tierras de comunidad.

Algo más notorio es la subvención a los hidrocarburos, cuya suspensión se estableció en 2010 con aumentos de precios de los combustibles; ello se hizo desde el poder de iure, pero el poder de facto de la sociedad civil hizo que el Gobierno diera un paso atrás y ojo que era el de Evo Morales en sus momentos más fuertes. En algo más pequeño, podemos pensar en el puente de Tiquina que han planificado varias gestiones de gobernaciones, pero que el sindicato de barqueros del Estrecho se rehúsa a aceptar y hasta ahora se ha salido con la suya. Eso, amigos míos, es poder de iure vs. el poder de facto en su más pura expresión.

Lo bueno de esta lucha de débiles, en la que ningún actor político es lo suficientemente poderoso como para imponerse ante los demás sin por lo menos negociar esta imposición, es que en nuestro país es muy difícil que tengamos generalísimos vitalicios o gobernantes eternos. Cualquiera que se esté queriendo pasar de su tiempo es sacado tostando, así sea el mismísimo Evo Morales, presidente que más años estuvo en ejercicio de Gobierno.

Lo malo de esto mismo es que de tanto sacar tostando presidentes (Bolivia es el cuarto país con mayor número de gobiernos desde su fundación en Latinoamérica), creamos una discontinuidad que restringe el alcance de planificación generando insostenibilidad dentro de las expectativas de los agentes económicos, perjudicando el desarrollo.

Por otro lado, el conflicto entre poderes más o menos iguales de iure y de facto lleva a decisiones que más tarde podemos lamentar: la subvención a los hidrocarburos daña la economía nacional y la no construcción del puente de Tiquina perjudica al comercio y pone en peligro la vida de muchos ya que los barcos se hunden debido a su inestabilidad.

Y más allá de la economía, en lo político el empantanamiento causado por la autoprórroga de los magistrados ha dejado al país en medio de un conflicto que no es otra cosa que la pulseta en esta lucha de débiles del MAS de Evo vs. el MAS de Arce, del MAS con poder de iure vs. el MAS con poder de facto, ambos gastando energías en buscar una hegemonía que nunca nadie ha tenido en el país, pero jugando sus cartas para ver cuál de los dos termina de pie.

Y así, volvemos a repetir ciclos como el del MNR, cuya fragmentación generó nuevos actores políticos con cierto poder, pero no el suficiente como para imponer su proyecto, dando paso a un tire y afloje desgastante y agotador. Quizás por eso la población sueña con un Milei, con un Bukele, con un nuevo Banzer o con el regreso de Evo, esta vez más autoritario. Este anhelo es posiblemente el deseo del país de librarse de conflictos de larga y corta duración, de enfrentamientos que no se zanjan por falta de fuerza. Ya lo decían los griegos: en un Estado donde reina la oclocracia, el ansia por un monarca se acrecienta.

 


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