Fútbol y vida

El fútbol no es distinto a la vida. Mas es un breve componente ontológico, porque sobre todo muestra virtudes y defectos con el mismo desenfado habitual y común. No siempre, es cierto, pero la frecuencia es proporcional a lo épico de cada partido. Ahora el fútbol es imprescindible en la evolución crítica de una parte de la humanidad. Ni sus inventores, que por cierto no fueron los ingleses, hace siglos imaginaron su conversión en esa necesidad cultural de casi todos los días. El ‘casi’ son apenas cuatro o cinco jornadas en el año. Hay tanto balompié y aun así no hay empacho. El maestro Eduardo Galeano tuvo razón: “fútbol a sol y sombra”. De día y de noche. Y eso que él celebraba la testarudez de sus piernas. “Soy un pata de palo”, se justificaba porque siendo uruguayo apenas tuviera un conchito de fútbol.

Están los futbolistas y están los directores técnicos, hace décadas apenas se los llamaba entrenadores.

Ni coach ni trainer pudieron sembrarse en el habla futbolera. El DT o entrenador es el brujo, aquel que se presume que se las sabe todas y varias más por si acaso olvida alguna. Él carga con las pérdidas y apenas se los recuerda en los triunfos, así son las injusticias justificadas en el ecosistema del balompié. Los entrenadores, valga el plural, suelen irse por la puerta de atrás casi siempre, salvo cuando son contratados para dirigir el equipo alicaído, el ruido que los acompaña es  la vía al paredón. Ahí, de espaldas al público, ellos reciben la gratitud de los aplausos o las rechiflas del repudio. Con los entrenadores si funcionan los extremos: buenos o malos. Los matices están excluidos por la sublime tiranía de la masa futbolera. O mejor dicho, por el pueblo del fútbol. Los directores técnicos ya no son los personajes que hacen las cuentas y los cuentos para justificar derrotas o engrandecer triunfos lamentables. Siempre son culpables de los fracasos o quizás hicieron bien su trabajo para el campeonato. Y más nada.

Este jazzman es de aquellos (o de aquellas, según va la historia balompédica) que pierde o gana tiempo mirando, escuchando o leyendo sobre fútbol. El fútbol por su historicidad o sea ese “[…] complejo de condiciones que hacen que algo sea lo que es: puede ser un proceso, un concepto o la propia vida”[2]. Así es, me gusta el fútbol, con los mismos apasionamientos de antes. Las mudas de personalidad no siempre son triunfos sobre la irracionalidad, porque es el combustible para otras conversaciones-conspiraciones. Del fútbol a la política apenas equivale a un off side (fuera de lugar o de juego), esa puerta siempre está abierta. Confieso que ahora me gusta el fútbol como algo parecido a asistir a un museo. ¿Se entiende? Reverencia, cabreo, desconsuelo y satisfacción por las mínimas cuotas de memoria histórica. A diferencia del maestro E. Galeano no fui un pata de palo, pero debí cumplir el inapelable mandato paterno: al estadio solo de espectador. El axê persistente más allá de la sanción paternal fue correr con el balón hasta la reciente fatiga de material óseo. El balompié muestra aquello que somos, porque es la vida; jamás al revés.

Es unánime, fútbol y política son las paralelas destinadas a no cruzarse. Nadie firmó el pacto, no hubo mandatos ni propaganda. Nada más que un acuerdo de hierro de aislar ese mundo de los otros mundos hasta donde se pudiera o se pueda. Este es un proverbio inescrutable: el fútbol es otra cosa. La cosmogonía futbolera está en los sentidos del disfrute sin atascos de razones epistémicas, pero evolucionó a lo político por el lado del cimarronismo filosófico para ganar ahí donde la narrativa permaneciera por su intensidad, ahí en esas batallas de otro índole donde el débil vence al fuerte, los oprimidos goleando a los opresores; el fútbol es consustancial con el antirracismo. Esa mezcla neuropolítica no es para las graderías (¿o sí?), es explosiva si se procesa ahí, es de las puertas del estadio para allá. Para cualquier lado de la esfera planetaria. Para el bar revuelto y caliente, la esquina barrial y asamblearia; es para el cambembe de quienes le atribuyen a Malcolm X esta verdad absoluta: la lucha es por todos los medios necesarios. By any means necessary.

El fútbol no es aprehensible en manuales, porque la vida es más que una definición. Ahí no hay simplezas, salvo en las jugadas de gol, todo es complejidad y ahora más, porque los colonizados muestran sus resabios de libertad en la cara de los colonizadores, por fin la historia está debajito de las relaciones políticas. Otra vez es la historicidad del balompié como “entramado de relaciones (sociales, políticas, culturales, lingüísticas y de todo tipo) en el cual el concepto surge y del cual extrae en principio su significado”[3]. ¿Cómo definir al fútbol en este siglo XXI? ¿Cuál es el significado del fútbol? Los significados están en las comunidades, por ejemplo, en las comunidades negras americanas donde es un deporte y es esa revancha política y cultural no escrita. Sin embargo, está ahí, en el reconcomio colectivo. El ánimo palenquero está en la gente futbolera; destino y gloria en las leyendas nunca muertas, porque los íconos están en el frontispicio de los recuerdos. En efecto, esconde matices religiosos.

El fútbol en sí mismo es una política y concentra activísimos procesos culturales. El balón es el signo más denotativo. Todo aquello, a pesar del difundido hasta la infamia, que el balompié es deporte de caballeros jugado por gamberros. O variando la semiótica: deporte de la opresión jugado y ganado por los oprimidos. Es una hipérbole aceptable, pero inexacta. No tanto en las matemáticas como en la plenitud de la vida.

La estética del fútbol obliga a su propio código, ahí donde cierta clase social desubicada solo ve unos tipos disputando esa vaina redonda. Este es el deporte más colectivo que hace privilegiar a individualidades. Colectividad de colectividades en solidaridad, porque es posible “ganar o perder, pero siempre con democracia”. Democracia a secas y sin adornos significantes como creyó alguna vez Sócrates de Souza. Democracia de compendios. Sin recelos, es la suma obligatoria de inteligencias, habilidades, performances, velocidades, precisiones, capacidades espaciales y liderazgos. Los totales se enredan beneficiando a pocas personalidades. Pelé, el artista; Maradona, palabra y obra; Messi, el punto arquimédico, a su manera también Cristiano Ronaldo; Ronaldinho, la prestidigitación balompédica; Antonio Valencia, el velocista al servicio del balompié. Sin olvidar los arqueros: Lev Yashin, Manuel Neuer o Carlos Delgado (de mi palenque, por favor). Pero el de los epigramas es Sócrates de Souza, este, por ejemplo, “No se trata sólo del juego en sí. Antes que nada, el fútbol es una batalla psicológica, el aspecto humano tiene un papel significativo”. El fútbol es una competencia necesaria para jamás enemistarse.

El punto de encuentro entre política y fútbol está en la función del director técnico. El o, mejor dicho, ellos (y ellas) son los gobernantes de la función balompédica. Ahora son más visibles, por las cámaras de televisión o porque el periodismo de todos los países, en plan de fiscal, juez y verdugo, no acepta sus explicaciones. Si el apocalipsis es transmitido como un partido de fútbol el culpable será algún director técnico. Bromas aparte, el mejor DT es el que juega siempre a ganar, aquel que construye las emociones populares exponiendo juego bonito con la cooperación atenta del equipo. Demostración artística colectiva de todo el cuerpo, salvo las manos (excluyendo al arquero). El peor DT es el que juega a no perder sacrificando el arte insustituible del balompié. Dos palabras de polos geográficos opuestos, aunque de igual calificación: catenaccio[4] (italiano) y amarrete. Mezquindad estética. O el invento planetario traducido a muchos idiomas como metáfora de castigo: ¡ensuciar al fútbol!

Aún está ahí (y estará) la disyuntiva sobre cuáles son los mejores futbolistas de todas las canchas que en el mundo han sido y de esa tribu exclusiva el mejor. ¿Quién? Aquel tiene arte y ciencia, pero le falta un jeme para la perfección. Entonces ese otro, si las tiene completas, aunque tiene dos puntos por debajo de la finura estilística. Así está el análisis metafísico hasta este día y no se detendrá, porque los nombres se suceden año a año. Mientras tanto, la parroquia mundial no logrará acuerdos. Difícilmente concilien los parámetros definitorios: regate, finta, dribling¸quimbas, combas, presencia, chanfle y las frases son combatidas por las cifras. Más goles, más asistencias, más minutos, más… chévere.

Está en los códigos universales del balompié enmudecer al político que todos los futbolistas tienen agazapado. Y los líberos se quedan en altar aparte. Son escasos. Sócrates y su democracia corinthiana, Diego Armando Maradona que no perdonó ni a los jerarcas de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), Eric Cantoná su rebeldía contra poderes de la economía francesa. Es curioso, porque muchos, si no la mayoría viene de territorios de dificultades sin cuentas. ¿Explicaciones? Una letanía larguísima que a pocos convencen. La única certeza es que nadie quiere encender un fósforo en el último y explosivo espacio sagrado del capitalismo.

El fútbol es más que un deporte, es ese indefinible reclamado por mucha gente; se dice que es la única religión que admite ateos; se certifica que hay fútbol del bueno mientras hay hambre (necesidad + necedad); unos colocan más alto sus valoraciones, dicen que es una corriente civilizatoria aun con sus consecuencias. Al final, se llega a esta inevitable conclusión: sin capitalismo el fútbol sería una actividad deportiva modesta. No por generosidad de los capitalistas, pero hay proletarios de oro. Es un club único. El valor de su intelecto y su fuerza de trabajo es proporcional a las habladurías sentimentales de millones de personas. Al final son divinos proletarios recreados por triunfos y goles. Sus afiches sustituyen a los santos del Vaticano y sus camisetas son sudarios sagrados en el culto palenquero de barrio adentro. Esos trapos sin otra plusvalía que el sudor del star-system del balompié, cuestan lo que cuestan. ¿Y? Sí, el balón todavía es el axê de la alegría de millones de descamisados.

 

 


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