El turismo es el antídoto contra la violencia

En momentos de necesidad colectiva extrema, sólo la cohesión social puede ayudar a buscar respuestas y ejecutar acciones con alguna posibilidad de éxito. Mientras tanto, pareciera que la confrontación será el modo elegido para resolver las diferencias. La radicalización de las posiciones clarifica el nivel de desencuentro en el que nos encontramos, las diferencias afloran y las palabras rápidas e irresponsables se multiplican.

En nuestra sociedad, debió producirse el asesinato del profesor Noel Kempff para que el repudio social contra la ignominia del narcotráfico, tuviera acciones concretas y descubramos el nivel de permisividad al que habíamos llegado en nuestra vida cotidiana.

Con la violencia, verbal, simbólica, sicológica y física, puede llegar a ocurrir algo similar. Demás está repetir que la cantidad de leyes aprobadas contra sus manifestaciones, está en relación directa a la existencia de su práctica. Cuando vivimos inmersos en ella, pareciera que estamos curados de espanto en sus manifestaciones y terminamos aceptando y consintiendo sus prácticas y a sus portavoces. La consigna repetida en algunos sectores “ahora sí, guerra civil” resulta despreciable cuando vemos lo que ha ocurrido en las sociedades que se han visto envuelta en ella, y los esfuerzos desesperados y titánicos para tratar de salir cuando ya resulta difícil perdonar en nombre de los muertos.

Ningún esfuerzo será suficiente para hacer lo necesario que nos permita superar su origen, ni lo será para evitar su desencadenamiento.

Cuando revisamos la lista de los desencuentros y los esfuerzos que hemos realizado como sociedad para resolver las diferencias de manera civilizada, comprobamos que todavía no hemos superado los problemas a fondo y en serio. ¿No han sido suficientes la guerra del agua, del gas, la Constituyente, las marchas indígenas, las confrontaciones regionales, las movilizaciones cívicas, los cabildos y las transiciones constitucionales para optar por una ruta crítica que nos ayude a enfrentar esa parte obscura de nuestra conducta colectiva, y superemos la tentación de volver al uso de la fuerza? ¿Por qué escuchamos con tanta facilidad, sin reaccionar, palabras que la incitan desde la sociedad, los partidos y el poder?

En este esfuerzo colectivo por encontrar opciones, quiero compartir cómo el turismo es una alternativa que hemos descubierto de la manera más sencilla y contundente y que aparece recurrente cuando hablamos de desarrollo y economía. Y la pregunta es válida cuando escuchamos, ¿qué tiene que ver el turismo con la solución de la violencia?

La pandemia dejó al descubierto las deficiencias del sistema público de servicios básicos y la debilidad de nuestra economía. En ambos casos, el impacto está cayendo sobre la población más débil y no resuelven el problema las recriminaciones que buscan responsables; la realidad está ahí y sigue esperando respuestas. Si esto es cierto, ¿qué podemos hacer para ayudarnos a encontrar respuestas consistentes?

Constatamos que el turismo es un acto de reconocimiento de nuestro territorio ligado a autoestima, al poner en valor una parte de él que queremos compartir porque lo encontramos valioso. El segundo componente es el respeto a la diferencia, pues invitamos a visitarnos a quienes son distintos a nosotros y debemos tratarlos bien para que regresen. Y, en tercer lugar, resulta que el turismo es la cadena de valor más amplia con actores en el territorio que se ven beneficiados en los lugares físicos en los que viven. Si combinamos estas tres variables, comprobaremos que ellas sólo son posibles de realizarse en territorios que tengan sociedades que resuelvan sus diferencias de modos pacíficos y civilizados. La competencia que se ofrece es demasiado grande como para suponer que sólo por nuestro entusiasmo, llegará parte de los casi dos mil millones de turistas que se pasean por el mundo. El dato pre Covid nos obliga a prepararnos para el post Covid.

La propuesta no desconoce la existencia de problemas complicados, el fundamento que tienen las partes para manifestar su malestar, y la necesidad de decirnos lo que sentimos, con pasión y ternura. Apela simplemente a la inteligencia de las partes para lograr la solución definitiva de nuestras diferencias incorporando la generación de excedente material y simbólico que puede repartirse en todo el territorio nacional. Cuatro mil millones de dólares al año, esperan venir a Bolivia, si nosotros lo permitimos.


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