Nuestros fantasmas
Creo que casi todos los seres humanos tenemos nuestros fantasmas o nuestros duendes. Muchas veces esos fantasmas se transforman en pesadillas diurnas. Nos persiguen cuando estamos saboreando un delicioso helado y también nos detienen cuando estamos cómodamente sentados en la butaca de un cine,...
Creo que casi todos los seres humanos tenemos nuestros fantasmas o nuestros duendes. Muchas veces esos fantasmas se transforman en pesadillas diurnas. Nos persiguen cuando estamos saboreando un delicioso helado y también nos detienen cuando estamos cómodamente sentados en la butaca de un cine, seguramente disfrutando de una buena película. En nuestro cerebro se aparece la misma secuencia de siempre. Averigüemos qué nos atormenta para poder arremeter contra ese fantasma que llevamos adentro, si no lo hacemos, será demasiado tarde.
Es aquella sensación que denominan miedo, inseguridad, ansiedad. Se retuerce algo en el estómago, viene una fatiga y un suspiro largo. ¡No hay nada qué hacer! La inquietud llega el rato menos pensado.
No es cierto que todo ande sobre ruedas, no es cierto que la sonrisa sea la imagen de la felicidad, no es cierto que lo que deseamos alcanzar sea tarea fácil, no es cierto lo que nos dice la gente. La vida es un misterio de voces y de silencios. Nada es real. Nos imaginamos absolutamente todo. Creemos que si protestamos, las cosas pasarán. Pues, mientras tengamos a nuestros fantasmas, no podremos ser felices. Podría enumerar a las oscuridades que nos hacen la vida desagradable pero; todos sabemos de qué pie cojeamos.
Uno de nuestros fantasmas puede ser una obsesión, un imposible. El duende es una sombra debajo de la cama. Es una mancha en el techo. Es una figura dibujada en un piso de cerámica con el rostro que nosotros quisiéramos ver. En ese momento aunque fuese diminuto se agranda y regresa en el silbido de la eternidad. Son los rostros de los que se marcharon. Son los rostros de la conciencia.
Desenmascarar a los fantasmas es la tarea que nos toca, después de haber soñado sin haber llegado ni a la esquina del círculo que nos traza la vida. Somos invisibles muchas veces. Somos nada, la mayoría del tiempo. Seremos grandes cuando no hagamos sombra a nadie. Cuando nos hayamos ido, con seguridad dirán: “¡Qué buena persona que era!”. Echarán flores sobre nuestro ataúd y pensarán: “Uno menos en el camino”.
De todos modos, mañana nosotros seremos los fantasmas que dejarán sus travesuras en las calles de los embriagados por el tedio y el olvido. Allí estaremos, repitiendo el resuello que alguna vez nos incomodó en vida.
Es aquella sensación que denominan miedo, inseguridad, ansiedad. Se retuerce algo en el estómago, viene una fatiga y un suspiro largo. ¡No hay nada qué hacer! La inquietud llega el rato menos pensado.
No es cierto que todo ande sobre ruedas, no es cierto que la sonrisa sea la imagen de la felicidad, no es cierto que lo que deseamos alcanzar sea tarea fácil, no es cierto lo que nos dice la gente. La vida es un misterio de voces y de silencios. Nada es real. Nos imaginamos absolutamente todo. Creemos que si protestamos, las cosas pasarán. Pues, mientras tengamos a nuestros fantasmas, no podremos ser felices. Podría enumerar a las oscuridades que nos hacen la vida desagradable pero; todos sabemos de qué pie cojeamos.
Uno de nuestros fantasmas puede ser una obsesión, un imposible. El duende es una sombra debajo de la cama. Es una mancha en el techo. Es una figura dibujada en un piso de cerámica con el rostro que nosotros quisiéramos ver. En ese momento aunque fuese diminuto se agranda y regresa en el silbido de la eternidad. Son los rostros de los que se marcharon. Son los rostros de la conciencia.
Desenmascarar a los fantasmas es la tarea que nos toca, después de haber soñado sin haber llegado ni a la esquina del círculo que nos traza la vida. Somos invisibles muchas veces. Somos nada, la mayoría del tiempo. Seremos grandes cuando no hagamos sombra a nadie. Cuando nos hayamos ido, con seguridad dirán: “¡Qué buena persona que era!”. Echarán flores sobre nuestro ataúd y pensarán: “Uno menos en el camino”.
De todos modos, mañana nosotros seremos los fantasmas que dejarán sus travesuras en las calles de los embriagados por el tedio y el olvido. Allí estaremos, repitiendo el resuello que alguna vez nos incomodó en vida.


