Los viejos
¿Cuánto tiempo acumulado en las líneas de esa palma, cuánta gente, emociones, gestos, errores? ¿Qué pareja acompaña esa soledad, estará viva o muerta, ya? La carencia material es evidente, las horas de exposición al sol, viento y tierra se constatan en los rastros de sudor y mugre. La...
¿Cuánto tiempo acumulado en las líneas de esa palma, cuánta gente, emociones, gestos, errores? ¿Qué pareja acompaña esa soledad, estará viva o muerta, ya? La carencia material es evidente, las horas de exposición al sol, viento y tierra se constatan en los rastros de sudor y mugre. La gente pasa, pero es mucho lo que queda.La imagen romántica de los abuelos descanse, quizás, en el abrazo macizo y las manchas de piel que la intemperie regala al trabajo manual; la insistencia en el mantenimiento y refacción de cacharros y utensilios, en flagrante guerra a la obsolescencia programada. . . la pedagogía del cuidado a la naturaleza y la vida. El detalle de la mesa, la delicadeza de las piezas de cerámica. La palabra precisa, el gesto apropiado, el cariño desprendido entre los aromas de carnes hervidas en vino tinto. Nuestros viejos, cuidados y rodeados de afecto. La realidad, en cambio, revela el desprecio a lo viejo, el miedo a la muerte, el culto a la belleza eterna, el afán desmedido de eficiencia. Es casi natural el veto a la idea anticuada, el apuro sobre la opinión trivial. Es casi necesario el jaloneo al andar pausado. Se naturaliza el desprecio a lo obsoleto. Es cotidiano el encierro, el maltrato verbal e incluso físico a quien luego de una vida se convierte en un freno. No vamos a negar la existencia de ancianos nefastos, pero hace rato que hacemos un esfuerzo particular en invisibilizar a los viejos, los nuestros.


