¿Existe una generación LaMia en Bolivia?

El 28 de noviembre de 2016 a las 22:15 aproximadamente hora local el avión AVRO RJ85 que cubría la ruta entre el aeropuerto de Viru Viru en Santa Cruz y el de José María Cordova en Medellín se estrelló contra un cerro a pocos kilómetros de su destino. Entre los pasajeros, se encontraba el...

El 28 de noviembre de 2016 a las 22:15 aproximadamente hora local el avión AVRO RJ85 que cubría la ruta entre el aeropuerto de Viru Viru en Santa Cruz y el de José María Cordova en Medellín se estrelló contra un cerro a pocos kilómetros de su destino. Entre los pasajeros, se encontraba el equipo de fútbol brasileño Chapecoense, que estaba en camino para jugar la final de la Copa Sudamericana 2016 frente a Atlético Nacional. Seis personas sobrevivieron al accidente. El mundo del fútbol se conmocionó ante la noticia y se repitieron los gestos de solidaridad con las víctimas y sobre todo con los futbolistas brasileros que estaban a punto de culminar su proeza de jugar la final de un campeonato internacional con un presupuesto mediocre. Las historias de vida que segó aquel incidente siguen copando minutos de televisión.La investigación sigue en marcha, pero la cadena de irregularidades que se fue descubriendo hacía quedar cada vez peor al país. Prácticamente todo lo que se pudo hacer mal, se hizo mal.El accidente fue rápidamente atribuido a la impericia e irresponsabilidad del piloto Miguel Quiroga, quien aparentemente era consciente de que volaba al límite de la capacidad de combustible y que, según se transcribió en su momento, trató de ocultarlo hasta el último momento a los operadores de la torre de control en Medellín, presumiblemente para evitar sanciones. Posteriormente se supo que era un modus operandi habitual de esta compañía que tenía sólidos vínculos con la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) con quien contrataba múltiples servicios. Solo unos días antes había trasladado a la millonaria selección argentina de Leo Messi con apenas combustible para 15 minutos adicionales.No faltaron las ramificaciones políticas. LaMia había sido una compañía aparentemente creada al calor del chavismo pero que sin embargo no logró obtener licencia de operación en Venezuela y que se desplazó a Bolivia para lograrla sin mayores dificultades. En el vuelo inaugural en Trinidad estuvo el superministro Juan Ramón Quintana y el propio Presidente Evo Morales; el piloto Miguel Quiroga estaba emparentado con el prófugo político más famoso de los refugiados en Brasil, el ex senador Roger Pinto; pero sobre todo las irregularidades de operación se habían consumado en el aeropuerto de Viru Viru, donde la Gobernación de Rubén Costas tiene responsabilidades. No faltaron los vínculos parentales entre gerentes y funcionarios de la Dirección General de Aeronáutica Civil y controladores autorizando vuelos bajo amenaza de hablar con los superiores.La sensación de que todo lo que se podía haber hecho mal, se había hecho mal, tocó el orgullo patrio, pero esta vez de una forma diferente. Por una vez parecía que había un consenso para acabar con esa cadena de irregularidades que cada día nos abruma en la vida más cotidiana. Ni siquiera se trataba de la maldita corrupción, sino de la frustrante falta de exigencia propia y ajena. De ese noimportismo que no nos deja avanzar como país, porque total, que importa.Han pasado nueve meses, el Atlético Chapecoense ha vuelto a jugar al fútbol mientras que en Bolivia no se puede acabar la investigación. El propósito de enmienda inicial parece haber quedado enterrado bajo la exculpación general en la responsabilidad del piloto. El impulso original de tratar de cambiar de una vez por todas corre el riesgo de quedar simplemente en el olvido. Es mucho lo que hay que cambiar. Hace falta mucha voluntad.Ojalá realmente el accidente del LaMia, la tragedia del Chapecoense, haya servido para sembrar una semilla en una nueva generación capaz de cambiar las cosas. Una generación que no se conforme con cualquier cosa, que sea capaz de exigir niveles de excelencia y no arrugarse ante los amedrentamientos. Ojalá en Bolivia ya haya nacido la generación capaz de cambiar las cosas. Una generación que bien podría llamarse generación Lamia. Prohibido olvidar.


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