La olvidada educación vial

Sin embargo, los vehículos del servicio público o particular son mal empleados. Todo esto se refleja en la poca educación vial que se vive en las calles.  Vehículos mal estacionados, ocupando aceras o parados sobre las rayas de cebra es lo que vemos a diario. Pero no sólo eso, sino que...

Sin embargo, los vehículos del servicio público o particular son mal empleados. Todo esto se refleja en la poca educación vial que se vive en las calles. 


Vehículos mal estacionados, ocupando aceras o parados sobre las rayas de cebra es lo que vemos a diario. Pero no sólo eso, sino que también la cortesía se ha ido al tacho. 


Agustina una mujer de 80 años intentaba cruzar la avenida La Paz en día sábado por la mañana. Delante de ella pasaban más de veinte vehículos, todos cerrando las mínimas opciones a la débil anciana.  No hubo siquiera uno que le cediera el paso y esperara a que Agustina pase a la acera del frente.


La situación se mantuvo por diez minutos, así que no quedó más que un amable joven se acercara, insultara a unos cuantos choferes y lograra hacer pasar a la mujer. Agradecida ella le pagó con un abrazo y se fue lentamente. Empero, seguros estamos que no fue ni será la única calle que ella deba cruzar. 


Hay un componente que es el eje fundamental de la seguridad y educación vial: la conducta y la actitud de cada tarijeño. En la medida que seamos mejores peatones, conductores o pasajeros, lograremos no perder más vidas por causas evitables. 


Asimismo debemos poner todo nuestro empeño en la autoprotección que no sólo significa que cada uno cuide su propia vida sino también las vidas que encontremos en nuestro entorno habitual de movilidad. El comportamiento humano es uno de los pilares de cualquier plan de seguridad vial y debemos dar ejemplo porque esto no es sólo un acto mecánico, es un acto de conciencia. 


Los países de medianos y bajos ingresos concentran aproximadamente el 85% de los muertos y heridos por siniestros de tránsito. En particular, América Latina y el Caribe ostentan una de las tasas de letalidad más altas del mundo (15,01 defunciones/100.000 personas) y de no mediar acciones urgentes esta tasa se incrementará a 31 cada cien mil personas para el 2020.


Si salimos en hora de congestión en Tarija (12.00, 14.30, 18.00) veremos cómo se burlan las señales de tránsito, no se hace caso a los semáforos, no se respetan los pasos peatonales, y seremos testigos (y/o protagonistas) del caos, la prepotencia, el oportunismo, el egoísmo, los “sabidos” y también del “quemeimportismo” de muchos de los encargados de mantener el control del tránsito.


La causa de esto no es necesariamente el desconocimiento de las normas del tránsito o de conducta vial. ¿Somos así los tarijeños? ¿Podemos definirnos por el cómo nos comportamos en las calles? Tal vez sí. Todo se concentra en una extrema falta de educación.


Dejemos a un lado esa mentalidad de que “a mí no me pasa nada” o “hago la infracción solo esta vez”. ¡La seguridad vial sí es posible!, pero es posible en una sociedad donde prime la educación, la moral, la importancia del prójimo y donde no haya espacio para  las coimas.


Entonces, ¿qué país somos? ¿Qué país queremos ser? Aún falta mucho para que Tarija asuma verdaderamente el compromiso de frente a la seguridad vial, con una visión progresista, que vaya desde los tomadores de decisiones hasta la forma en que se transmite la información en los medios de comunicación. Y es indispensable, sin lugar a dudas, un cambio en los paradigmas de la ingeniería vial del país; una nueva forma de pensar nuestra red vial en función de la seguridad de los usuarios.


Así cuando la educación y seguridad vial sean importantes rebajará el índice de accidentes, habrá más respeto por las personas y por supuesto más orden en nuestras calles, entre otras ventajas. 


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