La chancha Okja y su niña
La niña, una suerte de Heydi coreana, tiene 13 años, es huérfana y vive con su abuelo en las montañas de su país. Okja, una de las memorables gigantes de la historia del cine, tiene el cuerpo de una suave hipopótama, el tamaño y la mirada de un elefante mediano, la cara y sensibilidad de...
La niña, una suerte de Heydi coreana, tiene 13 años, es huérfana y vive con su abuelo en las montañas de su país. Okja, una de las memorables gigantes de la historia del cine, tiene el cuerpo de una suave hipopótama, el tamaño y la mirada de un elefante mediano, la cara y sensibilidad de un perro.
2. No es quizá necesario decir que estos ingredientes –una niña y su mascota– suelen conducir irremediablemente a la tragedia.
3. Okja –la película, no la chancha– es varias cosas a la vez: es, como ya decíamos, la historia de una niña y su mascota en contra del mundo; pero además es una farsa política sobre la producción corporativa de alimentos; y sobre el trato atroz de los animales que esa producción demanda; y sobre los activismos, entre puritanos y ligeramente ridículos, en contra de ese trato y de esa industria; y sobre la mediatización absoluta del capitalismo tardío, que ya nunca vende sólo mercancías sino que además tiene que fabricar, siempre, imágenes; y sobre la experimentación genética. Etc. El encargado de este popurrí ideológico es Bong Joon-ho, un director coreano conocido por un talento narrativo clásico puesto al servicio de una inclinación –nada hollywoodense– a mezclar sin discriminación géneros, modos e ideas.
4. La obra de Bong divide a los críticos en dos bandos: por un lado, los que creen –como yo– que lo suyo es talento; por el otro, los que ven en su cine excesos, torpezas y prevaricaciones de tono. Al parecer, a varios críticos y a no pocos espectadores los molesta sobremanera que una película no anuncie y respete una filiación genérica, una estirpe o modo narrativo determinados. Okja, por ejemplo, es a ratos una farsa gruesa, como salida de Kubrick (el de Dr. Strangelove); pero es también una película que sigue, con euforia infantil, los movimientos y desplazamientos de sus personajes (según un genio para la acción similar al de Spielberg); y también se permite lirismos silenciosos, de un sentimentalismo de gran efecto y cuidado; y tampoco evita los solemnes horrores del cine sobre campos de concentración. Es, en suma, algo difícil de clasificar rápidamente: es demasiado violenta (y malhablada) para niños chicos; demasiado gruesa para intelectuales; demasiado tierna para cínicos; demasiado pesimista para Hollywood.
5. La película de Bong nos enfrenta sin disimulos a un dilema que sufren las superproducciones globales (aunque Okja haya costado sólo un tercio de lo que costó La Mujer Maravilla). Este dilema es bastante simple: puesto que el negocio es armar un espectáculo, ¿es posible que ese espectáculo sea vehículo de ideas? ¿No es el espectáculo el contenido principal? O, para usar un ejemplo a mano: ¿el supuesto feminismo de La Mujer Maravilla es relevante o sólo otro adorno? ¿No son las ideas –todas las ideas– en este tipo de cine algo así como ese multiculturalismo tolerante y fashion que ayuda a Benetton a vender chompas caras?
6. Las grandes ideas que fatiga Okja son las de su director, nunca remiso a tratarlas de frente y sin hacerse al sofisticado (en una edad, la nuestra, que produce el cine más simple pero que tiene interminables pretensiones de sofisticación e ironía). Ya en El huésped (The Host), su película de 2006, había intentado combinar monstruos con alegatos ecológicos. Y en El expreso del miedo (Snowpiercer), de 2015, trazó una alegoría distópica sobre clases sociales, inequidad y poder.
7. Si tomásemos en serio la principal idea de Bong en Okja, tendríamos que reconocer que –a diferencia de, digamos, Star Wars o el Batman de Nolan– el dilema ético que retrata es por lo menos inmediato (y no esas pseudo filosofadas adolescentes a-la-Nietzsche que frecuenta Hollywood cuando se pone “pensativo”). A saber: compartimos nuestra vida con animales, con frecuencia los amamos, pero como parte de nuestro consumo alimenticio pasa por comernos animales, también es un hecho que hacemos vivir a millones de ellos una corta vida de pesadilla, de tortura minuciosa y diaria. Luego imaginamos y nos repetimos slogans para justificar esta contradicción: religiosos (“Dios nos puso a cargo de su creación, incluyendo la potestad de hacerla mierda”), demográficos (“necesitamos producir proteína para una población mundial de siete mil millones”), “filosóficos (“los animales no tienen ni memoria ni conciencia”); discriminatorios (“un pollo o una vaca no es lo mismo que un perro”); etc. Ninguna de estas frases, claro, es algo más que una racionalización de mala fe. Ninguna es ni siquiera cierta. (No me excluyo de la contradicción: soy uno de esos inconsecuentes carnívoros sentimentales que tiene animales en su casa y que los quiere y necesita, 14 de ellos, cada uno diferente del otro, cada uno –como la chancha Okja– irrepetible).
8. La efectividad emocional de Okja quizá derive de este hallazgo formal: cuando quiere mostrar lo que está en juego, Bong elude el sentimentalismo frontal y más bien retrata la intimidad emocional de una chancha y una niña como la cercanía de dos animales, que viven y duermen juntos, que se miran largamente, que se huelen, que juegan. Un animal comparte su vida con otro. Y la vida adquiere así sentido.
9. Okja –como La vida de Pi hace unos años o El libro de la selva el 2016– demuestra qué otras cosas se pueden hacer con imágenes generadas en computadora (CGI), además, por supuesto, de hacer volar a hombrecitos y mujercitas en ropa interior o hacer explotar ciudades, mundos y universos. Si el infantilismo de la cultura global es irremediable (así sea con Dickens en el siglo XIX o con Spielberg en el XX), que por lo menos lo sea expandiendo el escaso repertorio del comic infantil gringo.
10. Además de sus logros técnico-narrativos, Okja acaso pase a la historia por otra razón: es hasta hoy la más visible película producida desde y para Internet. Fue descalificada por eso, en medio de una polémica, en el último festival de Cannes. Su debut mundial, el pasado 28 de junio, ocurrió en un sitio web, el de Netflix. Nunca la veremos en sala.


