El niño

La había leído en un libro que su madre tenía en su mesita de luz. Aquella frase le pegó tanto que durante semanas no pudo huir de esas palabras. En la mente de un niño como Julián la vida no era una carga. Por eso ese instante lo llenó de tristeza. “Si mi madre está leyendo esto ya sé...

La había leído en un libro que su madre tenía en su mesita de luz. Aquella frase le pegó tanto que durante semanas no pudo huir de esas palabras. En la mente de un niño como Julián la vida no era una carga. Por eso ese instante lo llenó de tristeza. “Si mi madre está leyendo esto ya sé lo que se propone… por eso cada vez hay más libros de esos…”, se dijo Julián. Pero la cosa no cambiaba por saberlo.Pensar en que su propia madre deseaba matarle no era sencillo de asumir; pero mucho menos lo era sentir que sería capaz de hacerlo con total tranquilidad.Julián comenzó a perder el apetito y cada vez dormía peor. Su madre, enfrascada en sus asuntos, no era consciente del precipicio al que, sin querer, había lanzado al pequeño.Una tarde, la madre se acercó a la cama de Julián: un cuerpo diminuto, flaquísimo y con la cara amarilla descansaba en el lugar. Su desesperación fue rotunda. ¿Qué le ocurría? Los mejores médicos se acercaron a observar al niño pero nadie pudo hacer nada para ayudarlo.Desesperada, la madre intentó por todos los medios hablar con Julián. ‘Pequeño, ¿qué te ocurre?, Oh, mi niño, no te me mueras’. El niño se iba evaporando con la lentitud con la que desaparecen las estrellas.Un día abrió la boca y un hilo de voz irrumpió en el lúgubre silencio de la casa vestida de luto. “Para mí no era una carga, le dijo, pero te libero de la responsabilidad”.


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