El filósofo ciego
Un buen día recibió el premio de literatura. La gente ovacionaba sus méritos; diciendo en voz alta: ¡Pareces un Dios! El ufano ateo afirmó: ¡Ciertamente soy Dios! ¿Acaso no me ven? Apenas culminó la frase, un rayo venido del cielo cruzó el techo, incrustándose en su corazón. Y cual...
Un buen día recibió el premio de literatura. La gente ovacionaba sus méritos; diciendo en voz alta: ¡Pareces un Dios! El ufano ateo afirmó: ¡Ciertamente soy Dios! ¿Acaso no me ven? Apenas culminó la frase, un rayo venido del cielo cruzó el techo, incrustándose en su corazón. Y cual muñeco que no halla punto de apoyo, cayó al piso, desparramándose el cráneo en pedazos. Atónitos y llenos de miedo sus dilectos amigos de las juergas y borracheras en cantinas de amanecida, dijeron: ¿Cómo explicar esto? ¿Acaso Dios de verdad existe?Jamás imaginó el impío. Ver salir su espíritu por su nariz y que un grupo de espíritus negros (Ángeles) esperaban llevarlo a un lugar de tormento eterno: El infierno. El incrédulo, tomado por el espanto y el arrepentimiento de su loca soberbia, clamaba: ¡Dios santo! ¡Perdóname! ¡Si, existías Señor Jesucristo!, ¡perdóname! Pero uno de los Ángeles le dijo: Tiempo tuviste para creer en el Nazareno. ¿Ahora dónde está tu orgullo?, y sin hacer caso a sus súplicas, lo lanzó a un gran vacío. Mientras emitía gritos desgarradores y terribles.


