Industrialización, ahora en serio

Las turbulencias que vuelven a acechar a la estatal petrolera en forma de escándalo por el asunto de las perforadoras contratadas y actualmente derivado a la Contraloría en forma de auditoría solicitada por los mismos protagonistas del sector han provocado que se tomen mayores recaudos antes...

Las turbulencias que vuelven a acechar a la estatal petrolera en forma de escándalo por el asunto de las perforadoras contratadas y actualmente derivado a la Contraloría en forma de auditoría solicitada por los mismos protagonistas del sector han provocado que se tomen mayores recaudos antes de anunciar la adjudicación y posterior firma de contrato.No es para menos, el consorcio adjudicado está conformado por dos empresas viejas conocidas de YPFB y vinculadas con la génesis del proyecto más caro nunca abordado por el Estado. Tecnimont es la empresa italiana, cortejada por Odebrecht, que hizo el diseño inicial que determinó la viabilidad de la planta. Técnicas Reunidas, por otro lado, es la empresa española que desembarcó en Bolivia y se adjudicó la construcción de la Planta Separadora de Líquidos en el Gran Chaco. Una obra de casi 700 millones de dólares, todavía el más caro encarado hasta que se ponga en funcionamiento la planta de Bulo Bulo, pero sobre todo, una planta que entregará la materia prima al siguiente eslabón de la cadena, ya sin ninguna duda, de la industrialización en Bolivia.Cualquiera podría imaginar que tanto Tecnimont como Técnicas Reunidas conocían detalles del proyecto que le han permitido ofrecer una mejor propuesta para adjudicarse el FEED, la escala anterior al IPC convencional. Otros, sin embargo, asegurarían que, precisamente por el conocimiento previo, han ajustado la propuesta convencidos de su viabilidad.La industrialización de los hidrocarburos en Bolivia lleva demasiados años demorada, mientras el Gobierno sigue presentando la nacionalización de los mismos como su principal logro. La nacionalización, como la Ley y la coyuntura de precios internacional en la última década, han permitido al país atravesar una tiempo de bonanza, con ingentes recursos, que se han distribuido de forma particular y cuyo efecto se demostrará, o se está demostrando, precisamente en los años de crisis que atravesamos.Los proyectos de industrialización, como las plantas de fertilizantes en Cochabamba o las de plásticos en el Chaco fueron una apuesta desde el inicio del régimen por los miembros más próximos al proyecto nacional popular. Desde entonces no han dejado de enfrentar dificultades y trabas para hacerse realidad. Los cuestionamientos se multiplican y arrecian a medida que empiezan a ponerse en funcionamiento, o en construcción. La planta de urea enfrenta un mar de críticas, desde la forma en la que se abordará la exportación hasta sobre el gas que va a consumir.La planta de polipropileno, que lamentablemente ha tenido que esperar a que las anteriores se construyeran para avanzar, en otra muestra más de la falta de confianza en la que se han abordado, también enfrenta rumores sobre su utilidad, cuestionamientos a su ubicación estratégica y sobre los mercados de exportación, como si nadie contemplara la posibilidad de hacer de Bolivia un país industrial.La planta de etileno y polietileno, la joya de la corona en lo que a aplicaciones se refiere, ya ha sido prácticamente eliminada del plan de industrialización. La materia separada vuelve al torrente de gas que se va a la Argentina, donde si lo utilizan.De aquí a la firma del contrato y durante la construcción seguirán surgiendo voces que cuestionen el proyecto. También aquellas que no sabrán explicar. La industrialización de Bolivia está llegando diez años tarde, y falta. A veces los enemigos están más cerca de lo que parece.


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