“Me mataron a mi hijo”

Para toda madre o padre, esta pérdida es el viaje más solitario y desolado que una persona puede vivir y los únicos que pueden comprenderlo de cerca son aquellos que comparten la misma experiencia.En Tarija más de diez personas pierden la vida al año por asesinato, la mayoría son jóvenes....

Para toda madre o padre, esta pérdida es el viaje más solitario y desolado que una persona puede vivir y los únicos que pueden comprenderlo de cerca son aquellos que comparten la misma experiencia.En Tarija más de diez personas pierden la vida al año por asesinato, la mayoría son jóvenes. De estos crímenes, con suerte, se resuelven la mitad. Así, vemos a cientos de padres llorar por las calles, salir por los medios de comunicación pidiendo justicia y hasta los vemos “morir en el intento”. En julio de 2015 Never Ramírez Guerrero fue apuñalado en el muslo izquierdo por dos sujetos. Lo dejaron con una hemorragia profusa y se dieron a la fuga. El herido logró llegar a su domicilio pidiendo ayuda a su padre, quien salió de la casa para socorrerlo, sin embargo, murió debido a serias complicaciones.En octubre de 2016 Cristian Canaza Choque fue herido de muerte por tres sujetos, quienes lo interceptaron cerca al coliseo del barrio Defensores del Chaco. El joven murió a causa de traumatismo torácico.En marzo de este año Tomás Copa Caucota falleció tras ser apuñalado tres veces en el tórax y abdomen, provocándole  un desangramiento profuso,  debido al daño que sufrió en sus órganos internos. Esto sucedió a 20 metros de llegar a su domicilio. Pero a estos casos se suma uno más, que tiene impactada a toda Tarija. El jueves 23 de febrero Kevin Aguirre Romero, quien trabajaba como guardia de seguridad en la discoteca La Trinchera, perdió la vida a causa de lesiones internas, que le produjeron los golpes que recibió en una pelea registrada dentro del centro de diversión nocturna.De inmediato la población salió a las calles, comenzó la presión social y luego de más de una semana se fueron aprehendiendo a los sospechosos. Por ahora el caso va evolucionando en medio de críticas en contra de quienes administran la justicia.Pero…la mayoría de los asesinados no pasan de los 30 años de edad. Entonces se imagina usted ¿cuántos sueños truncados? y ¿cuánto sufrimiento para sus padres?Después de la muerte de un hijo, sin duda no queda más que exigir justicia. Pero ¿qué pasa cuando ésta tarda? , “Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía”, decía el filósofo latino Lucio Anneo Séneca.El dicho cae como anillo al dedo para la justicia tarijeña y aún parece ser benévolo, sobre todo cuando casos como el de Cristian Mariscal u otros no han sido resueltos. En este panorama, y como efecto, suman quienes deciden dejar todo “a la justicia divina”, pues según ellos en nuestra tierra Dios es lo único que podrá castigar a los delincuentes o asesinos. Pero el problema no sólo se concentra en la justicia sino también en la inseguridad creciente que se expande a pasos agigantados en Tarija.Cualquiera que sea el motivo y el tipo de violencia empleado, lo cierto es que parece que estamos en una espiral que crece sin parar, lo que hace necesario la identificación de los motivos y una campaña de erradicación de la violencia, tanto preventiva como punitiva.Es cierto que la responsabilidad mayor frente a la investigación de un asesinato recae en la Policía y en la Fiscalía, pero en la prevención hay trabajo para otros profesionales como trabajadores sociales, psicólogos y pedagogos y, por supuesto, para la propia comunidad.Pero mientras las autoridades, los policías y los fiscales continúen sumidos en el letargo, los asesinos continuarán apagando centenares de ilusiones y continuaremos escuchando la hiriente frase: “Me mataron a mi hijo”. Si analizamos la expresión, cualquier entendido en gramática se dará cuenta que está compuesta por una redundancia de pronombre reflexivo (me), que indica que la acción se realiza para uno mismo.Pero así como se la expresa es la oración que mejor traduce el sentimiento de un padre o una madre, pues al morir un hijo sin duda el corazón de un progenitor también muere. Doña Emilia, con el río a su espalda y lágrimas incontenibles en su envejecido rostro, recuerda el asesinato de su hijo hace un año. “Me decía mi hijo: mire mamá, yo voy a estudiar una carrera para ser maestro o licenciado porque yo los voy a mantener cuando ustedes estén viejitos. Así me platicaba mi hijo; nunca lo olvido”, dice.“¡Me mataron a mi hijo!”, solloza… ¿qué ayuda me han dado? ¿Qué despensa me han traído? ¿Qué, mataron a un animal? ¿Piensan que él no me duele o que no me hace falta mi hijo?”, reclama Emilia, quien es uno de los tantos corazones asesinados detrás de estos horrendos crímenes.


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