Dayana, Kevin y las marchas por la Justicia
El Gobierno de Evo Morales se cimentó sobre un poder movilizador imparable, capaz de detener en seco el país.Por lo general, las movilizaciones siempre se han dirigido hacia los poderes políticos o económicos, puesto que entran en juego consideraciones subjetivas influenciables y modificables...
El Gobierno de Evo Morales se cimentó sobre un poder movilizador imparable, capaz de detener en seco el país.Por lo general, las movilizaciones siempre se han dirigido hacia los poderes políticos o económicos, puesto que entran en juego consideraciones subjetivas influenciables y modificables a partir de la presión y muestra de músculo popular. La degradación institucional se pone en juego y se reacciona en función de ello. Es la política.En los últimos años hemos visto como la movilización político – social va decreciendo y por el contrario, se multiplican las marchas que exigen justicia en casos particulares. Familias, barrios, comunidades enteras que se movilizan ya no por asuntos de tierras o pleitos con vecinos, sino para exigir justicia para hermanos, vecinos o amigos suyos.En estos dos meses y pico que llevamos de 2017 ya han salido a las calles al menos tres grupos, no para pedir Justicia Social, sino para pedir que los muertos no caigan en el olvido.Las víctimas del trágico accidente de la flota Pilcomayo en la fatídica cuesta de Sama, cuyos heridos están pasando al anonimato entre denuncias de que la empresa escurre el bulto han salido a la calle para exigir atención.En el caso tipificado como feminicidio por la Fiscalía en el que murió Dayana y su presunto asesino fue remitido a Morros Blancos, familiares y amigos de unos y de otros salieron a la calle exigiendo justicia. Tanto en la audiencia cautelar como en la apelación los bandos se apostaron a las puertas de los Juzgados para que no se escapara ni un detalle y que todos los miembros de los tribunales supieran que estaban ahí.En el caso de la muerte de Kevin, molido a golpes la noche de Comadres y fallecido varios días después por los daños internos causados, sus familiares y amigos han marchado exigiendo se aprehenda a los presuntos culpables, mostrando videos de los implicados. Por alguna extraña razón los presuntos culpables habían sido identificados pero no aprehendidos.También por alguna particular razón en Tarija, el dolor de las familias por la muerte de un ser querido debe quedar paralizado hasta que el juicio está encaminado. Antes se debe salir a la calle, buscar atención mediática e identificar a los operadores de la Justicia en los que va a caer el caso. La práctica se va convirtiendo en una especie de cultura compartida, y peor, razonada como normal, que saca a la luz una de las miserias más inquietantes sobre las que vivimos: La justicia no es de fiar.La sensación de impunidad, de corrupción campante y de insensibilidad le hace un flaco favor a la Justicia, cuyos políticos encargados deberían tomar nota e impulsar reformas que garanticen la aplicación efectiva, rápida e independiente de las leyes aprobadas y la total transparencia en los procesos. Todo lo contrario a eternizarlos.La pérdida de confianza en las instituciones encargadas de brindar seguridad y libertad puede acabar consumiendo al Estado, y no es un tema que se pueda retardar más. La degradación institucional de la Justicia no es tolerable ni puede formar parte del juego político.


