Si cada día fuera Carnaval

una sola espalda sobre la que se vierten baldes de agua fría a medianoche, la de él.En nuestras ciudades se organiza la “entrada del Carnaval”, un desfile de grupos que bailan diferentes danzas populares y folklóricas. Participan individualmente personas representando a algún personaje...

una sola espalda sobre la que se vierten baldes de agua fría a medianoche, la de él.En nuestras ciudades se organiza la “entrada del Carnaval”, un desfile de grupos que bailan diferentes danzas populares y folklóricas. Participan individualmente personas representando a algún personaje popular. Además de la entrada, se realizan otros ritos como la ch’alla, que es una libación y ofrenda a la Pachamama (Madre Tierra).En Santa Cruz de la Sierra, las actividades arrancaron anticipadamente y contagiaron el ritmo de la tamborita y la alegría de las distintas reinas de las comparsas que se coronaron y proclamaron.Si cada día fuera Carnaval, ganaríamos un mundo en cuanto a expresar cada pequeña o gran cosa que nos apetece en el momento. Y es que lejos de transformarnos en otra persona, podemos soltar todo lo que queramos y dejar ver al mundo quienes somos realmente. O adoptar el papel que alguna vez habíamos soñado representar. Asoma la posibilidad de alocarnos, ser encantadores, tímidos, atrevidos. Todo un mundo de posibilidades al alcance del armario.En días como estos es cuando tenemos oportunidad de ser otra vez niños y, no solo disfrazarnos de pepinos, sino advertir que el Carnaval es la democracia de la alegría.Si somos una de esas personas a las que les cuesta un poco entablar conversaciones, días de Carnaval provocarían acercarnos a todo el mundo y ganar en confianza y amistades. Si por el contrario somos de esas personas a quien todos conocen y que siempre tenemos la obligación social para con todo el mundo, con una máscara o un buen maquillaje pasaríamos inadvertidos y obtendríamos nuevas primeras impresiones.  Si no es de nuestro agrado pintarnos la cara, hay la circunstancia de disfrazar los sentimientos y nuestro habitual carácter. Trabajamos duro y nos agobiamos por mil cosas y en Carnaval transformamos el espíritu en personas despreocupadas. Merecido descanso rejuvenecedor para el cerebro, que de buen grado aplaudirá premiándonos con una energía casi mágica al día siguiente. Puede la vida dar la prueba de cuidar del rebaño de personas que están cada día a nuestro lado y descubrir que somos capaces de estar pendientes de todo y de todos, tarea nada fácil y sin ánimo de lucro, que no obstante, enriquece el alma a manos llenas.Oportunidad de hacer locuras impensables, o el comportamiento que teníamos de niños sin que hayan miradas de rechazo social o sentir cierta pizca de vergüenza. Tener el mundo en las manos por unos días y descansar de la rutina.No hace falta visitar el armario para vestir un disfraz. Y que hacerlo implica ganar una visión distinta del mundo que vivimos y perder todo posible contacto con la desvaída realidad que nos rodea.  Un día no es suficiente, pero puede ser el comienzo de algo muy grande que empieza a conquistar nuestro interior. Si cada día fuera Carnaval conquistaríamos todo lo que queramos llegar a ser y dejar puesto ese disfraz para siempre.


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