Obama e Hiroshima
Será la primera vez que un mandatario estadounidense en ejercicio visite la ciudad japonesa donde hace 71 años, el primer bombardeo atómico desató el infierno nuclear en un abrir y cerrar de ojos y asesinó a decenas de miles de seres humanos y dejó muchos más gravemente heridos y...
Será la primera vez que un mandatario estadounidense en ejercicio visite la ciudad japonesa donde hace 71 años, el primer bombardeo atómico desató el infierno nuclear en un abrir y cerrar de ojos y asesinó a decenas de miles de seres humanos y dejó muchos más gravemente heridos y condenados a muerte. Casi todas las víctimas fueron civiles.Obama llegará al Japón procedente de Vietnam para participar de una reunión del G-7 en la ciudad de Ise-Shima, donde tiene previsto permanecer algunos días.“El presidente realizará una visita histórica a Hiroshima, con el primer ministro (japonés) Shinzo Abe, para subrayar su compromiso con la paz y la seguridad en un mundo sin armas nucleares”, informó, mediante un comunicado, la Casa Blanca.La bomba nuclear arrojada sobre Hiroshima, llamada Little Boy, fue construida con uranio-235 y al explotar liberó una potencia de 13 kilotones, mientras que la lanzada sobre Nagasaki fue fabricada con plutonio-239 y liberó una potencia de 22 kilotones.Y mientras la bomba de Hiroshima causó la muerte instantánea de 70.000 personas y en el largo plazo sus efectos radioactivos subieron esa cifra a 160.000 víctimas; la explosión de la bomba de Nagasaki, llamada Fat Man, mató en el acto a 40.000 hombres, mujeres y niños y en los siguientes meses y años hasta 80.000.Fue tal el horror que vivieron las víctimas en ambas ciudades japonesas, que el actual secretario de Estado norteamericano. John Kerry, cuando el pasado 11 de abril visitó el museo de Hiroshima, donde se exponen testimonios gráficos del apocalíptico ataque nuclear, expresó que “jamás olvidaré las imágenes” que “revuelven el estómago”.Es que Hiroshima no sólo es un dramático testimonio del gran poder destructivo de una bomba nuclear que en pocos segundos puede aniquilar a cientos de miles de seres humanos, sino que la ciudad mártir es la prueba fehaciente de la irracional decisión del entonces presidente estadounidense Harry S. Truman, quien ordenó el lanzamiento de las dos bombas nucleares sobre objetivos civiles.Estados Unidos es el único país en la historia de la humanidad que ha lanzado dos ataques nucleares sobre poblaciones civiles y aunque los defensores de ese genocidio nuclear argumentan que forzó la rendición de Japón y aceleró el final de la Segunda Guerra Mundial, lo cierto es que fue la demostración más infame del desprecio de la vida humana.Después de la explosión sobre Hiroshima, Washington esperaba la rendición inmediata de Japón, pero esto no sucedió. El alto mando japonés dio por hecho que los norteamericanos sólo tenían una bomba atómica y, ya que el daño estaba hecho, se mantuvieron en armas.Esta actitud fue prevista por los estadounidenses y, para demostrar que tenían más bombas y de mayor fuerza destructiva, arrojaron la segunda bomba sobre Nagasaki.“La usamos para acortar la agonía de la guerra, para salvar las vidas de miles y miles de jóvenes estadounidenses”, justificaría Truman su decisión del bombardeo nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki.Empero, lo que Truman no reconoció es que el ataque nuclear a Japón, si bien salvó “las vidas de miles y miles de jóvenes estadounidenses”, también mató a miles y miles de mujeres y hombres, niñas y niños japoneses.Además, los pilotos que lanzaron ambos artefactos nucleares se convirtieron en héroes nacionales y hasta el día de hoy muchos estadounidenses siguen sin saber la gravedad de la tragedia que sufrió Japón, país que se rindió el 15 de agosto de 1945.Y si durante su visita a Hiroshima, Obama no prevé pedir perdón al pueblo japonés por los ataques nucleares, lo menos que puede asumir Estados Unidos, como única potencia atómica que ha usado el arma nuclear, es liderar el desarme nuclear del mundo.Es que, en palabras del diplomático mexicano Alfonso García Robles, la humanidad está confrontada con una decisión, debemos detener la carrera armamentista y proceder al desarme o encarar la aniquilación. No tenemos una tercera opción.


