Chernóbil, 30 años después
Era poco más de la una de la mañana cuando se inició el experimento y los operarios realizaron las preparaciones oportunas, pero algo salió mal. La potencia del reactor se disparó y se produjo la explosión, apenas unos segundos después se producía un segundo estallido. Ese día se había...
Era poco más de la una de la mañana cuando se inició el experimento y los operarios realizaron las preparaciones oportunas, pero algo salió mal. La potencia del reactor se disparó y se produjo la explosión, apenas unos segundos después se producía un segundo estallido.
Ese día se había consumado el peor accidente nuclear de la historia que cobró un indeterminado número de muertos y heridos graves, y que 30 años después el recuento de víctimas sigue siendo un misterio, aunque sus efectos se continúan sintiendo en varios puntos de nuestro planeta.
La explosión de ese reactor de Chernóbil tuvo una potencia de 150 kilotones, respecto de los 13 kilotones de la bomba nuclear que el 6 de agosto de 1945 Estados Unidos arrojó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, o la bomba que, con una potencia de 22 kilotones, cayó tres días después sobre Nagasaki y puso fin a la Segunda Guerra Mundial.
Mientras que la bomba de Hiroshima causó la muerte instantánea de 70.000 seres humanos y en los siguientes años sus efectos radioactivos subieron esa cifra a 160.000, y la bomba de Nagasaki el día de su explosión cobró la vida de 40.000 y en el largo plazo de 80.000; la explosión de Chernóbil sigue matando a un número indeterminado de personas.
Sin embargo y después de 30 años del accidente nuclear, el balance sigue siendo objeto de debate, ya que un controvertido informe publicado por la ONU en 2005 estimó en cerca de 4.000 las víctimas en los tres países más afectados, pero un año después, la organización ambientalista Greenpeace situó la cifra en cerca de 100.000.
Varios estudios demostraron que la contaminación provocó el aumento de los casos de cáncer de tiroides y que el personal que trabajó en la central accidentada tiene un 60% más de incidencia de leucemia o cáncer en la sangre.
Según el portal eldiario.es, en varias zonas del sur y el centro de Noruega las precipitaciones y la nieve terminaron depositando grandes cantidades de cesio-137 que había salido de Chernóbil. Los niveles más altos de esta sustancia radiactiva se encuentran en las capas superficiales del suelo, donde es absorbida por las plantas, especialmente por musgos, líquenes y hongos, que son ingeridos por la fauna.
No obstante, Chernóbil ha permitido identificar otros mecanismos de la propagación radiactiva. “Hoy sabemos que hay aves migratorias que pasan por allí, se alimentan de plantas contaminadas y luego llevan la radiactividad por todo el mundo”, desveló Francisco Castejón, investigador y miembro de Ecologistas en Acción.
“Treinta años después del accidente vivimos con problemas graves de salud y seguimos comiendo productos contaminados”, denunció al diario ABC de España, por su parte, Svitlana Shmagailo, habitante de una aldea próxima a Chernóbil que vivió el accidente cuando tenía 12 años.
“Mi primo y mi madre murieron de cáncer, mi hermano tiene cáncer, mi madrina y mi hijo tienen enfermedades inmunológicas y mi hermana y yo tenemos problemas de tiroides”, señaló y, ante tal evidencia, obvian las explicaciones.
Y aunque se dice que la energía nuclear es menos contaminante que las energías que emiten anhídrido carbónico, el reprocesamiento del combustible nuclear y el almacenamiento de los desechos radiactivos la convierten en muy dañina para el medioambiente.
Es que la radiactividad no respeta fronteras, alcanza cualquier lugar del globo y puede afectar a zonas muy lejanas, por lo que se hace necesario un acuerdo internacional para ir sustituyendo poco a poco las plantas nucleares y evitar seguir instalando nuevas.
Es decir, para excluir los riesgos de catástrofes nucleares como la de Chernóbil –o la más reciente de Fukujima, Japón–, debemos evitar la dependencia de las energías no renovables, disminuir el impacto humano sobre la naturaleza y apostar por las fuentes de energía alternativas.
Y claro está, también es muy importante aumentar la eficiencia energética si logramos reducir el consumo de energía en el planeta. De esta manera evitaríamos más chernóbiles.
Ese día se había consumado el peor accidente nuclear de la historia que cobró un indeterminado número de muertos y heridos graves, y que 30 años después el recuento de víctimas sigue siendo un misterio, aunque sus efectos se continúan sintiendo en varios puntos de nuestro planeta.
La explosión de ese reactor de Chernóbil tuvo una potencia de 150 kilotones, respecto de los 13 kilotones de la bomba nuclear que el 6 de agosto de 1945 Estados Unidos arrojó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, o la bomba que, con una potencia de 22 kilotones, cayó tres días después sobre Nagasaki y puso fin a la Segunda Guerra Mundial.
Mientras que la bomba de Hiroshima causó la muerte instantánea de 70.000 seres humanos y en los siguientes años sus efectos radioactivos subieron esa cifra a 160.000, y la bomba de Nagasaki el día de su explosión cobró la vida de 40.000 y en el largo plazo de 80.000; la explosión de Chernóbil sigue matando a un número indeterminado de personas.
Sin embargo y después de 30 años del accidente nuclear, el balance sigue siendo objeto de debate, ya que un controvertido informe publicado por la ONU en 2005 estimó en cerca de 4.000 las víctimas en los tres países más afectados, pero un año después, la organización ambientalista Greenpeace situó la cifra en cerca de 100.000.
Varios estudios demostraron que la contaminación provocó el aumento de los casos de cáncer de tiroides y que el personal que trabajó en la central accidentada tiene un 60% más de incidencia de leucemia o cáncer en la sangre.
Según el portal eldiario.es, en varias zonas del sur y el centro de Noruega las precipitaciones y la nieve terminaron depositando grandes cantidades de cesio-137 que había salido de Chernóbil. Los niveles más altos de esta sustancia radiactiva se encuentran en las capas superficiales del suelo, donde es absorbida por las plantas, especialmente por musgos, líquenes y hongos, que son ingeridos por la fauna.
No obstante, Chernóbil ha permitido identificar otros mecanismos de la propagación radiactiva. “Hoy sabemos que hay aves migratorias que pasan por allí, se alimentan de plantas contaminadas y luego llevan la radiactividad por todo el mundo”, desveló Francisco Castejón, investigador y miembro de Ecologistas en Acción.
“Treinta años después del accidente vivimos con problemas graves de salud y seguimos comiendo productos contaminados”, denunció al diario ABC de España, por su parte, Svitlana Shmagailo, habitante de una aldea próxima a Chernóbil que vivió el accidente cuando tenía 12 años.
“Mi primo y mi madre murieron de cáncer, mi hermano tiene cáncer, mi madrina y mi hijo tienen enfermedades inmunológicas y mi hermana y yo tenemos problemas de tiroides”, señaló y, ante tal evidencia, obvian las explicaciones.
Y aunque se dice que la energía nuclear es menos contaminante que las energías que emiten anhídrido carbónico, el reprocesamiento del combustible nuclear y el almacenamiento de los desechos radiactivos la convierten en muy dañina para el medioambiente.
Es que la radiactividad no respeta fronteras, alcanza cualquier lugar del globo y puede afectar a zonas muy lejanas, por lo que se hace necesario un acuerdo internacional para ir sustituyendo poco a poco las plantas nucleares y evitar seguir instalando nuevas.
Es decir, para excluir los riesgos de catástrofes nucleares como la de Chernóbil –o la más reciente de Fukujima, Japón–, debemos evitar la dependencia de las energías no renovables, disminuir el impacto humano sobre la naturaleza y apostar por las fuentes de energía alternativas.
Y claro está, también es muy importante aumentar la eficiencia energética si logramos reducir el consumo de energía en el planeta. De esta manera evitaríamos más chernóbiles.


