El romántico de la integración nacional
Tendría yo ocho o nueve años cuando lo conocí, en la casa de unos familiares. Alguien le pidió que tocase el piano y él, con una sonrisa tímida, se acercó pausadamente al antiguo instrumento, se acomodó en la banqueta, y empezó. Sus dedos se deslizaban sobre las teclas cual delicadas...
Tendría yo ocho o nueve años cuando lo conocí, en la casa de unos familiares. Alguien le pidió que tocase el piano y él, con una sonrisa tímida, se acercó pausadamente al antiguo instrumento, se acomodó en la banqueta, y empezó. Sus dedos se deslizaban sobre las teclas cual delicadas bailarinas de ballet y, cerrando los ojos, sin abandonar la sonrisa, interpretó, una tras otra, canciones de su composición que describían un país que aún no conocía y sensaciones que, de inicio, me eran seductoras.Se llamaba Gilberto Rojas y hoy habría cumplido 100 años. Sus composiciones lo mantienen vivo porque fue y es, a través de su música, un auténtico y romántico pionero de la integración nacional. Siempre se ha considerado a la integración como una variable macroeconómica. No solamente lo geoeconómico restringe la integración nacional; existen otros aspectos más sencillos que también influyen: el desconocimiento de lo que el país es, más allá del restringido espacio que a uno lo vio nacer y que, a menudo, es el horizonte más lejano que uno domina. Es cierto que -ahora- el desarrollo tecnológico ha acelerado el acercamiento entre lugares distantes, pero ello implica un costo que muchos no pueden costearse. En mi caso, antes de siquiera viajar fuera de La Paz, conocí los rincones de esta extendida Bolivia, a través de la música de Gilberto Rojas. En la radio Nueva América escuchaba canciones como Viva Santa Cruz, Flor de Chuquisaca, Guadalquivir, Viva Cochabamba, Adiós Oruro del alma, Uyuni, Luna chapaca, entre otras. Así, sin haber viajado, frecuenté imaginariamente Santa Cruz, Oruro, Cochabamba, Beni, Tarija y otros rincones patrios. Se me despertaba, asimismo, el ansia de conocer efectivamente esos lugares, cuyas descripciones, en subyugantes melodías, ofrecían sus canciones.Además de ese sustancial factor integrador, la música de Gilberto Rojas revela también un romanticismo propio; es decir, bien boliviano que cautivó a propios y extraños, haciendo de esas canciones vehículos apropiados para confesar o proclamar el amor a la pareja. Todas sus composiciones conllevan un mensaje de amor que nos hace olvidar las naturales adversidades de la vida. Composiciones como Prenda querida, Cunumisita, Negrita, Palmeras tienen un profundo sentido romántico y de especial halago a la mujer boliviana. Personalmente, me gustan los versos de Prenda querida que dicen: “qué lindo es amar con loca pasión y, juntos, soñar una bella realidad que nació de la ilusión...”. La alegría o la picardía tampoco estaban ausentes de su música, y ello lo podemos comprobar en su famosa Viborita o en ese jovial Tiqui miniqui.La obra de Rojas ha trascendido fronteras. Tiene un Vals del recuerdo en el que rememora su estadía en el puerto chileno de Iquique y que, curiosamente, tiene un ritmo de vals peruano. Un otro taquirari se denomina Hollywood de mi corazón, que, traducido al inglés, es el testimonio del alcance geográfico que tuvo su música.Todos han escuchado a Raúl Shaw interpretar Palmeras, pero ¿conocen la versión del argentino Alberto Cortés?Rojas es un héroe nacional. Leí en algún lugar que el héroe suele encarnar los rasgos más sobresalientes y valorados de su cultura de origen. Presenta, por lo tanto, las habilidades idealizadas que le permiten concretar grandes hazañas, que son las que le dan fama y lo convierten en alguien admirado por el resto de la comunidad.Bien decía Mario Castro que “consubstanciado con el hombre boliviano y sus costumbres, impresionado por el paisaje de este mosaico que se sintetiza desde los Andes imponentes pasando por los apacibles valles, hasta fértiles llanos y lujuriosas selvas; conmovido por sentimientos simples unas veces y otras, profundos, Gilberto Rojas, asimiló todo esto y con inspiración genuina, supo traducirlas en canciones”. Gilberto Rojas Enríquez, orureño, boliviano, americano, habría cumplido hoy 100 años; no obstante, su música y mensajes de romance, alegría y sentido del buen humor permanecerán entre nosotros por siglos, en un perenne deleite. Estas son las cosas buenas de la vida que, gracias a Dios, nos permiten ver más allá de una actual tragicomedia destinada a encubrir acciones que colisionan con los sentimientos más profundos y genuinos de nuestro ser nacional. *es abogado internacionalista


