¿Tarjeta amarilla (o roja) a la gestión?
Al margen de su ratificación o de hasta un vuelco a favor del SÍ en el recuento final, los resultados del referéndum constitucional tienen un claro mensaje: la votación del Movimiento Al Socialismo cayó cerca de diez puntos porcentuales en un año y tres meses, tal vez más. Se halla al...
Al margen de su ratificación o de hasta un vuelco a favor del SÍ en el recuento final, los resultados del referéndum constitucional tienen un claro mensaje: la votación del Movimiento Al Socialismo cayó cerca de diez puntos porcentuales en un año y tres meses, tal vez más. Se halla al borde de ser minoritaria. Ese bajón pone a Evo Morales al borde de su primera derrota electoral plena en 19 años de emergencia y consolidación en el poder. Amenaza con ser el clarinazo del fin de una era política. En cualquier caso es una severísima llamada de atención a los gobernantes y al aparato que los respalda. Llamada de atención que si no es escuchada, podría convertirse en sentencia de despedida. Las primeras explicaciones de la caída que empezaron a esbozar algunos representantes del oficialismo acusaron a la “guerra sucia urdida por el imperialismo”. Aludieron así a los contundentes golpes mediáticos de las últimas semanas contra los dos primeros mandatarios del país. Resultan absolutamente insuficientes y hasta deshonestas. Así los golpes los hubieran encabezado en persona los mismísimos directores de la CIA y el MI6 se basaron en errores graves del Gobierno. Por ello, no hubo aclaración alguna que opaque las denuncias, como sucedió en anteriores casos. Los errores llegaron hasta la propia contrainteligencia gubernamental que en plena campaña no supo prever lo que podía venírseles. Al responsable de la campaña se le escaparon así como antes, cuando fungía de Ministro de Gobierno, se le burló un célebre fugitivo peruano. Y eso que este operador político frecuentemente suele ufanarse de saberes extraordinarios sobre estrategia. Pero al margen de las anécdotas y la parapsicología, el golpe electoral de este domingo 21 de febrero obedece a factores estructurales mucho mayores. El cambio que se anunciaba casi como inminente tras la Nacionalización de los Hidrocarburos empezó como a difuminarse. El país que rebosaba de esperanzas ante esa potenciada base económica y ante esa fortaleza política empezó paulatinamente a desesperanzarse. Llegaron bonos, pero no trabajo productivo ni mejoras profundas en áreas como la salud y la educación. Se hizo pactos exitosos con los banqueros privados, el agroempresariado latifundista, las grandes petroleras y mineras, y la más representativa banca transnacional. Sin embargo, los sectores agropecuarios tradicionales, los industriales, los constructores, los emprendedores, los artesanos y virtualmente toda iniciativa interna recibieron si no desprecio, castigo. Y se crearon, al viejo estilo de otras décadas, empresas estatales que, en su mayoría, fracasaron sucesivamente, por natural impericia y descontrolada corrupción. A esa carga de desequilibrios se sumaron los pactos con sectores corporativistas que fungen como guardias pretorianas privilegiadas. Son grupos (cocaleros, cooperativistas mineros, colonizadores, etc.) que, para mal mayor, sobreponen sus intereses sectoriales al interés nacional. Finalmente, los pactos llegaron a plasmarse con sectores de las oligarquías desplazadas a costa de dirigencias propias, en varios casos de meritoria consecuencia. Todo bajo la sombra del caudillismo y las negociaciones de conveniencia antes que a la organización y al desarrollo de la democracia, en cualquiera de sus formas. En suma, varias “socias y no patronas”, probablemente; pero no un Estado estructurado y fortalecido gracias a ese pragmatismo. Y en ese escenario, no resulta extraño que el desencanto ya alcance técnicamente a medio país o más. El resultado del referéndum, como mínimo, es una amonestación previa al rechazo. Y si los resultados extraoficiales de las encuestadoras se ratifican, será el adiós a las dos cabezas principales del régimen. En ambos casos, una fiera demanda de renovación, nuevo rumbo y depuración del proceso de cambio contra todo lo frenado y desandado. Al Gobierno le toca una etapa de profunda sincera reflexión interna, si es que sabe aprender la lección.


