El referéndum, una pregunta existencial

De principio este referéndum sonaba a trámite. El aparato del oficialismo parecía completar una estrategia que desde años antes se rumoreaba a voces y se desmentía a medias. Corría septiembre de 2015 y las organizaciones sociales afines al Gobierno hacían eco de los análisis de coyuntura...

De principio este referéndum sonaba a trámite. El aparato del oficialismo parecía completar una estrategia que desde años antes se rumoreaba a voces y se desmentía a medias. Corría septiembre de 2015 y las organizaciones sociales afines al Gobierno hacían eco de los análisis de coyuntura internos: no se debía dejar de pasar más tiempo para asegurar una nueva re elección de Evo. Había que hacerlo antes de que la bonanza económica se trastoque en crisis. Era oportuno aprovechar que la oposición seguía anémica, descuajeringada y con problemas emocionales. Por supuesto que a ello se sumaban los piropos que las encuestas de popularidad lanzaban sobre la imagen de, sobre todo, Evo Morales y Álvaro García Linera.  También impulsaban la iniciativa recientes éxitos de gestión como la victoria diplomática frente a Chile en la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Las megaobras de la gestión (teleféricos, dobles vías, separadoras de líquidos…) también habían llegado a etapas promocionales.    A ojos vista del oficialismo un referéndum en ese escenario se antojaba como un paseo electoral. El triunfalismo del Movimiento al Socialismo (MAS) crecía incluso al advertir que a otros regímenes afines en el exterior les había llegado su mala hora. La fórmula gubernamental del MAS fue promocionada como anticíclica y digna de estudio internacional. La oposición parecía dar razón a esas presunciones porque una de sus críticas reiteradas señalaba que se estaba haciendo una consulta para dos personas. Era casi una sumisión rabiosa y resentida a la continuidad de la era masista en Bolivia. Y hasta hace más o menos cuatro meses los vientos a favor del Gobierno anunciaban un resultado casi cantado. Incluso hacían prever un horizonte  políticamente definido  hacia el Bicentenario de la fundación del país. Pero, cosas de la política, palmo a palmo, las campañas por el SÍ y el NO se pusieron parejas. Una serie colmada de sorpresas noticiosas y hasta tragedias sacudió el escenario electoral boliviano. De pronto, no estaba cantada la victoria del MAS. Repentinamente, esa oposición que había vivido patológicamente fragmentada, por la natural estrechez de la justa, quedaba unida irremediablemente. Y hasta en la crónica ausencia de rostros y opciones renovadas empezaron como a abrirse resquicios. Sin duda, la colosal fuerza del aparato gubernamental y sus sectores duros se han visto acicateados por la coyuntura. Y una vez más apuestan a demostrar sus sobrados méritos de gestión política y fuerza electoral. Y entonces este referéndum tomó un carácter trascendental. Y ahora el resultado cobra un pronóstico reservado y se viene una jornada en la que se aguardará el resultado con ansiedad contenida. Lo que pase en las siguientes horas afectará de manera mucho más dura al destino del país. El triunfo del SÍ no sólo marcará la continuidad del MAS, como se auguraba de principio, sino su radical asentamiento en el poder. Hasta influirá en el escenario continental donde las derrotas y retrocesos de la izquierda han sido sucesivas y parecen alentar un giro absoluto.  El NO probablemente inicie el hasta hace meses impensable fin de la era del MAS en el poder, al menos tal cual lo conocemos. Y se abrirá entonces la reflexión nacional sobre el rumbo a seguir y sus liderazgos. Y de pronto, el referéndum de este 21 de febrero se convirtió en una duda existencial. Resolverla está en sus manos queridos lectores.        


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