Un mundo feo (pero en algo hay que creer)

Echando los ojos atrás vemos cómo en este mundo ineluctablemente globalizado, unos alternaron monarquías y colonias con imperios y repúblicas, en tanto otros, bien prácticas costumbres de libre mercado con regias economías plurales, tinturadas de rojo socialista, verde naturaleza y, en...

Echando los ojos atrás vemos cómo en este mundo ineluctablemente globalizado, unos alternaron monarquías y colonias con imperios y repúblicas, en tanto otros, bien prácticas costumbres de libre mercado con regias economías plurales, tinturadas de rojo socialista, verde naturaleza y, en sándwich, amarillo patito comunitario.


Unos, a nombre del establishment o de la cordura, renovaron una y otra vez los pactos neoliberales mientras que otros, a título de “pueblo” o de “cambio”, alentaron sin mucho disimulo la concentración del poder, el partido y el pensamiento único.


No hay alternativa. Si no queremos que la desesperanza se apodere de las futuras generaciones y que la democracia pierda adeptos, habrá que aceptar el fracaso de unos y de otros. A la luz de los resultados, unos y otros han demostrado cuán posible es dejar a los pobres más pobres y a los ricos más ricos. La insuficiencia de ondear banderas opuestas si ambas acaban siendo cortadas con la misma tijera.


Los pasos en falso de izquierdas y derechas han producido ya oleadas de descontentos con el nuevo milenio, en lo político, a la deriva. El pasanaku de dos no ha funcionado en países tan disímiles como los europeos y los sudamericanos; “todo es igual, nada es mejor”, dice el Cambalache de Discépolo, de rabiosa y constante actualidad.


Soy pesimista, aunque reconozco que en algo hay que creer. Sin fe (palabra clave en el ser humano), ¿cómo seguir?


He ahí la contradicción número uno del ciudadano político de hoy: convertido en envase vacío que otros llenan del producto izquierda o derecha como para venderlo en el mercado, ¿en quién puede creer?


Dos: en la industria de la ideología, la que envasa y etiqueta, ¿por qué una insatisfacción nos sienta bien? Freud sabe de ese electoralísimo momento en el que gozamos alineándonos a un lado o al otro, mientras tenemos claro que ninguno de los dos costados resuelve nuestros más elementales problemas.


Robándole las ideas al inteligente y burlón Huxley, con hombres y mujeres “establemente insatisfechos”, tan pero tan “premodernos”, díganme si no es como para tomar los votos del antiutopismo. Como para no perder la fe.


A casi 90  años de la premonitoria descripción de aquel novelista inglés de un mundo tecnológicamente “feliz”, llegan Stiglitz con otra “tercera vía” y Boaventura de Souza con un “feo” mundo en el que surgen nuevas lógicas del pensamiento político. ¿Será justo someter esas renovadas ideas a la perversidad de tener que elegir el lado opuesto tras cada decepción, siguiendo el hábito de ciudadanías resentidas y con razón, porque si falla la izquierda no hay más alternativa que la derecha y viceversa?


En parte por esto se explica que para el 21F haya un 20 por ciento de indecisos; muchos de estos bolivianos están desencantados, ya nada les seduce. Y sin embargo, en algo tienen que creer…


Se ven lejos el equilibrio maduro y el aconsejable sentido común. Ni lo absoluto ni lo “otro” reparan las injusticias sociales. Hemos llegado a un punto en el que no sólo yo no tengo la fórmula, sino que el otro tampoco parece tenerla. Y esto obliga a cambiar el razonamiento de vencedores y vencidos, de un borrascoso mapa político con amigos y enemigos para empezar a dibujar una cartografía distinta, ojalá menos guardosa.


Con el ímpetu de los jóvenes, y tomando la sugerencia de los científicos e investigadores para el crecimiento de los países rezagados, quizá no sea demasiado atrevimiento pedir a la humanidad aplicarse en innovar también la política, en el importante acápite de sus madres -escasamente soberanas-, las ideologías.


 


*es periodista y escritor


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