Bestias y brutos
Se llama K’omer Khocha, es la comunidad cochabambina donde la mayoría de sus habitantes procedió con una brutalidad ejemplar. Pertenece a la provincia Tiraque, es parte de un área protegida (Molle Pampa) y no se halla muy lejos del parque Carrasco. Vale decir que, aunque sea por mínima...
Se llama K’omer Khocha, es la comunidad cochabambina donde la mayoría de sus habitantes procedió con una brutalidad ejemplar. Pertenece a la provincia Tiraque, es parte de un área protegida (Molle Pampa) y no se halla muy lejos del parque Carrasco. Vale decir que, aunque sea por mínima instrucción, que no por sensibilidad humana, sus pobladores deberían tener un mínimo de consideración por la vida.Pero no, al menos las descripciones de las notas periodísticas que llegaron sobrecogen. La agresión y casi casi ecocidio ocurrió el lunes 1 de febrero. Un grupo de adolescentes descubrió que un oso jucumari de aproximadamente dos años se hallaba trepado en un árbol. Tras la sorpresa, optaron por lanzarle piedras y molestarlo insistentemente. Entonces el osezno, instintivamente intentó huir. Naturalmente irritado, se mostró amenazador frente a los agresores. Para entonces, la novedad había atraído a decenas de pobladores de toda edad. Las agresiones se multiplicaron. Contra el animal cayeron más pedradas y palazos. La escena adquirió características de un linchamiento. Afortunadamente, un vecino había optado por buscar a las autoridades municipales quienes llegaron antes de que la golpiza mate al pequeño oso. Lo rescataron muy malherido y bajo la consecuente extrema tensión. Posteriormente fue trasladado a la clínica veterinaria del zoológico paceño Vesti Pakos. Actualmente, su condición resulta crítica. Ha perdido el ojo derecho y el izquierdo se halla en riesgo. Apenas puede levantarse, no logra caminar y no tiene apetito. En ocasiones gime. Los veterinarios explican que algunos de los sonidos son propios de los cachorros que buscan a su madre, otros responden al trauma generado en Tiraque.El caso ha motivado a las autoridades de la Dirección de Biodiversidad del Ministerio de Medio Ambiente a prever un proceso contra los responsables de esta agresión. Sería valioso que realmente logren imponer sanciones que sirvan de precedente, aunque en el escenario de la justicia son conocidas las extremas limitaciones a todo nivel. Pero, es de esperar que esta agresión genere reacciones entre activistas e instituciones orientadas a la preservación de la vida animal y el medioambiente. Es urgente consolidar campañas y estrategias educativas permanentes que enseñen a las nuevas generaciones a respetar la vida y a rechazar la violencia. Las interrogantes sobre la condición psicológica de la actual sociedad se multiplican. ¿No resulta inconcebible que precisamente jovenzuelos sean incapaces de contemplar, a distancia, la belleza de la única especie de oso que habita en Bolivia? ¿Cómo es posible que una comunidad opte por, paradójicamente, el bestialismo? ¿La mentalidad expuesta en K’omer Khocha es excepcional? Pues siendo reflexivos, vale la pena advertir que algo no muy diferente sucede en diversas latitudes del país, incluidas sus capitales. ¿No resulta una proverbial forma de brutalidad el cómo se trata a ejemplares de diversas especies en los zoológicos bolivianos? ¿No es acaso indignante observar la impunidad con la que se organizan grupos de personas que practican la caza en zonas tropicales? ¿No constituye una supina ignorancia el maltrato que imponen algunas instituciones militares a diversas especies que usan absurdamente como símbolos? ¿Y no es acaso vergonzoso observar en las entradas carnavaleras de diversas regiones (Oruro en especial) bailarines que exhiben restos de animales victimados para la ocasión? Brutos y cobardes abundan. Quién sabe si con el tiempo haya algún remedio.


