EL INDIVIDUO Y EL BIEN COMÚN

su importancia  hace que se convierta en el elemento  existencial más vital, sublime e inigualable que poseen los hombres para su auto realización. Sin  ella la vida no tendría sentido, su falencia, nos priva de la posibilidad de alimentar el deseo compulsivo, permanente e ilimitado de ser...

su importancia  hace que se convierta en el elemento  existencial más vital, sublime e inigualable que poseen los hombres para su auto realización. Sin  ella la vida no tendría sentido, su falencia, nos priva de la posibilidad de alimentar el deseo compulsivo, permanente e ilimitado de ser felices y nos rebaja al nivel de las bestias.En la sociedad  es donde tiene lugar la vida, ella esta compuesta por otros hombres, todos buscando lo mismo, la felicidad,  nuestra razón de existir, entrelazados interactuando, cooperándonos, con los mismos afanes, avidez, derechos y obligaciones para conseguirla. A la par de  ella   se da su negación, el mal, con el que podemos, en diferentes grados,  hacer sufrir a otros,  conducta reñida con el ejercicio de la libertad, la que en rigor y principio no debería ejercitarse, ésta conducta racionalmente está prohibida. No  debemos usar la libertad para dañar al prójimo. Aunque el deseo de alcanzar la felicidad es ilimitado, para lo que disponemos del libre albedrio, éste se encuentra con una restrictiva estructural de condición  suprema,  la de respetar la libertad ajena por ser  condición básica de supervivencia. Se  trata de la  esfera de igualdad de derechos y obligaciones recíprocos,  donde debe existir  la mutua cooperación y ayuda, afán que inobjetable e infaltablemente produce felicidad, en ambos sujetos que interactúan, tanto en el que recibe el bien como el que lo da, casi siempre más en el que da, hay la regla de oro: “Más alegría hay en dar que en recibir”  La segunda limitante  de la mima calidad suprema,  se da primero  en la prohibición sostenida y permanente de no dañar y segundo de esforzarnos, invariablemente y sostenidamente, en enriquecer y enaltecer nuestro patrimonio social, que se llama bien común, conjunto de condiciones sociales, que permiten y favorecen el desarrollo integral de todos y  cada uno, sin ventajas de grupo o clase. El bien común, dinamiza el orden social justo, armoniza los aspectos individuales y sociales, es genuino y está para dar satisfacción a las necesidades: espiritual, moral y corporal, da paz, cultura y todo lo necesario para nuestro desarrollo pleno. No  puede excluirse a nadie de su influjo  benéfico, por ninguna razón, religión, raza sexo, etc., se prolonga a los seres humanos por nacer. Esta realidad hace exclamar a Nitzsche su célebre frase:” El ser humano es la criatura más libre que conozco, lástima que se encuentre encadenado”. Sobre estas bases,   se construyeron  todas  las variantes de la teoría  del  estado.Cuando el bien común es injustamente manoseado y su deterioro lo vuelve nocivo y viola la dignidad  instrumentando al hombre, es que aparecen de ipso facto,  todas  las luchas,  guerras y revoluciones  en procura y anunciando nuevos días de gloria, como muestra la historia. Así se explica la caída de dictadores, gobiernos, doctrinas, e imperios, como se derrumban los muros que quieren ahogar  la sacrosanta libertad, que sale siempre a flote con estandartes ensangrentados por los tiranos  que son el vector que siempre está detrás de la tragedia y endiosados, con atributos divinos creyéndose predestinados, imponiendo el culto a la personalidad, dueños del bien común. Esta es una prueba indiscutible que el hombre nace con una proyección a la eternidad, y  la busca en una dimensión infinita por encima del materialismo que lo instrumenta. Instrumentar al hombre quiere decir usarlo como objeto, obviando una parte de su ser, la más sublime, el espíritu, que está destinado a vivir eternamente, cuya naturaleza desprendida del Uno, principio y fin de todo, el Supremo Hacedor, hace que sea superior a todo lo perecedero.La sociedad,  al igual que las naciones y la cultura, las construye el hombre, luego no pueden ser un fin en sí mismas, su existencia y finalidad es ofrecerle lo necesario  para desarrollar su potencial que se proyecta al infinito. Infelizmente el hombre instrumenta al hombre, amputa lo sacro de su naturaleza, lo usa como otro animal, lo que hace exclamar a Hobes: homine lupus homine, el hombre es el lobo del hombre. Se convierte en tirano, lo  más grave, organiza al Estado del que se  apropia y  se siente un Dios, dueño del bien común, busca se le rinda culto, él nunca se equivoca, todo está a su servicio, también la vida. La historia los registra entre los más crueles  genocidas: Mao Mao Tse Tung Dictador China 1933-1946 asesinó a 78 millones de personas, Joseph Stalin de la Unión Soviética, 1929-1953, 23,  Adolf Hitler, Alemania  1934-1935, 17, Leopoldo II,  Bélgica 1865-1900, 15, Hideki Tojo, Japón, 1941-1944, 5 millones,  Pol Pot, Cambodia 1963-1981 1.7000.  Todos estos empezaron con el populismo, lo que no quiere decir  que todos llegan a la tiranía. El bien común,  en cuanto patrimonio colectivo formado por bienes y servicios, lo identificamos como perteneciente al Estado y apreciamos como cosa de todos, en consecuencia, cosa de nadie. Es tonto el que no se aprovecha del Estado. Esta percepción nefasta  es la causa más efectiva para  la desgracia de los pueblos. ¡Tiene que revertirse este sentimiento!El bien común debe concebirse como una cosa sagrada, pertenece a todos y de una manera más sentida a los más pobres, a  los que mueren de hambre y  frio, a los que no tienen acceso a la salud, a las madres con el cadáver de su bebe, muerto por falta de médico, a la que vende su cuerpo para llevar el pan a la casa. A los que entierran a sus muertos cara al sol envueltos en una frazada porque no pueden comprar un ataúd. Es premioso  y esencial revertir esta nefasta conciencia colectiva, busquemos la justicia social con  más efectividad y voluntad. Importantísimo, empecemos con nuestros hijos y alumnos en todos los centros educativos y en todo lugar donde tengamos injerencia e influencia, en la administración pública con preferencia.   Este es el sendero que hace grandes a las naciones.*Guillermo Arancibia López. Ex Presidente de la Corte Suprema


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