Cuando la pobreza entra, el desamor sale
Acordarnos más de los pobres, que viven en la desnudez y en la carencia, no para que nos dé lástima y saldemos nuestra propia deuda con una limosna, sino para ayudar a que puedan vivir dignamente sin recibirla. Seguramente tenemos que hablar menos de ellos y hacer más por ellos. Sin embargo,...
Acordarnos más de los pobres, que viven en la desnudez y en la carencia, no para que nos dé lástima y saldemos nuestra propia deuda con una limosna, sino para ayudar a que puedan vivir dignamente sin recibirla. Seguramente tenemos que hablar menos de ellos y hacer más por ellos. Sin embargo, hoy quiero meter baza y hablar por boca de los labios del corazón. En principio, me alegra saber que en la agenda del Gobierno aparezca como prioritario un desarrollo humano equitativo y sostenible. Pero, realmente, ¿esto en qué se traduce? La cuestión, a mi juicio, radica en que nos solemos quedar en el buen propósito del deber ético. Lo que hace falta ahora es persistir en el compromiso y afanarse en buscar medios eficaces para lograr que las ayudas alcancen a los más pobres, que a lo mejor hasta los tenemos de vecinos, y se produzca una distribución más justa de los recursos del hábitat.


