Cita con la parca

Ya había hecho examinar mi genoma individual por la empresa 23andMe, escupiendo en un botellín enviado por ellos y devolviéndolo a California para su análisis. Aparte de comprobar curiosidades como mi porcentaje de genes de neandertal (un 3%), me enteré de que tenía una predisposición...

Ya había hecho examinar mi genoma individual por la empresa 23andMe, escupiendo en un botellín enviado por ellos y devolviéndolo a California para su análisis. Aparte de comprobar curiosidades como mi porcentaje de genes de neandertal (un 3%), me enteré de que tenía una predisposición genética tres veces superior a la habitual a padecer trombosis de vena profunda, debida a la presencia de una variante (mutación G20210A) del gen de la protrombina que incrementa la probabilidad de la formación de trombos. Y, en efecto, este verano tuve una trombosis en la pierna izquierda, alguno de cuyos trombos dio lugar a una peligrosa embolia pulmonar. Esta embolia puede afectar a una arteria pulmonar y causar la muerte, que, en mi caso, de haberse producido, habría sido una muerte anunciada. Nunca he fumado, por lo que no se me había ocurrido pensar en un posible cáncer de pulmón, el que más gente mata. El tumor y el lóbulo inferior izquierdo que lo contenía me fueron limpiamente extirpados por el cirujano Laureano Molins y su equipo. Una vez analizado, resultó ser un tumor muy raro, un mesotelioma bifásico, un tipo de cáncer producido por la exposición al amianto. El amianto no se prohibió en España hasta 2002. Además, pasé el curso 1992-1993 en el Departamento de Lingüística y Filosofía del MIT (junto a Boston), ubicado en un destartalado barracón cuyas paredes estaban rellenas de amianto. El resto del MIT contaba con edificios modernos y bien construidos y la dirección quería echar abajo el decrépito edificio, pero Noam Chomsky se oponía, ya que apreciaba la estética pobre y casi guerrillera del cochambroso barracón.  La relación entre el asbesto o amianto y el mesotelioma no se descubriría hasta los años sesenta. La esperanza media de vida de los pacientes detectados con mesotelioma bifásico es de solo seis meses. En mi caso, la resección del tumor fue exitosa y tras la operación no se detectaron metástasis ni ganglios linfáticos afectados. De todos modos, el oncólogo insistió en someterme, por si acaso, a una quimioterapia de tres meses que acabo de completar. Las últimas pruebas apuntan a que estoy curado. Por tanto, parece que la parca, que me había hecho señas, de momento ha pasado de largo. La cita ha quedado aplazada.Algo del tiempo que he perdido para otras actividades lo he empleado en pensar sobre la vida y la muerte. La cercanía de la parca cambia nuestra perspectiva. Muchos asuntos pierden gran parte de su presunta importancia y urgencia, mientras que otros requieren nuestra atención. En ningún momento he sentido miedo a la muerte. Lo que me ha preocupado es que la enfermedad estropease mi calidad de vida o la de mis seres queridos. Temía que la trombosis dañara mi capacidad locomotora, pero la vena afectada ha recuperado su flujo sanguíneo normal. Temía que el cirujano decidiese extirparme todo el pulmón izquierdo, y se lo dije, pero afortunadamente bastó con reseccionar el lóbulo inferior. Así, he conservado cuatro de los cinco lóbulos, es decir, unos cuatro de los cinco litros de capacidad pulmonar total anterior, más de lo que uso en la respiración normal, ya que no practico deportes de competición. Temía que la quimioterapia me produjese dolores y vómitos, pero eso no ha ocurrido. Así que estoy agradecido por el buen cuidado y tratamiento que he recibido y contento por haber sorteado los riesgos que me amenazaban.Podría haberme muerto ya. Y en algún momento me moriré. Espero no morirme demasiado pronto, pues todavía tengo proyectos que realizar; pero también espero no morirme demasiado tarde, después de una etapa de sufrimiento inútil. Por ahora, no tengo ganas de morirme. Pero tampoco tengo la intención insensata de vivir el mayor tiempo posible, por grande que sea el deterioro físico o la incapacidad intelectual. En la película de Ingmar Bergman El séptimo sello, Max von Sydow juega al ajedrez con la muerte. Si yo pudiera tener una entrevista con la parca, no le pediría la inmortalidad ni la vida larguísima, sino que me dejase a mí decidir el momento de la cita inevitable, comprometiéndome a no abusar de este derecho, sino a invocarlo solo en el momento oportuno. La muerte que yo preferiría sería el suicidio sereno y asistido. Todos los seres vivos somos configuraciones efímeras de las partículas de que estamos hechos, pompas de jabón, fogonazos fugaces, olas en el océano inmenso de la realidad. Biológicamente, y como ya sabía Aristóteles, la única posibilidad de sobrevivir a la muerte, aunque muy provisionalmente, es la reproducción. Nuestros genes siguen su camino en nuestros descendientes (los míos, en mis siete nietos), pero ese es su camino, no el nuestro, e incluso este linaje tiene los días contados. *Filósofo español


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