La Isla de la Libélula : La tormenta
guardó su agujereado paraguas, salió a la calle, caminó por entre los viejos sauces mojados de su barrio y aspiró ese confortable olor a tierra que pocas veces se disfruta. Ya en la acera, tiró con furia y contra la pared su viejo diario, con el que cada noche se desahogaba. Tanto dolor...
guardó su agujereado paraguas, salió a la calle, caminó por entre los viejos sauces mojados de su barrio y aspiró ese confortable olor a tierra que pocas veces se disfruta. Ya en la acera, tiró con furia y contra la pared su viejo diario, con el que cada noche se desahogaba. Tanto dolor fundido en páginas rosa y tanta tinta corrida por saladas lágrimas… pero al fin su corazón sentía una paz inexplicable. Lucía abrió los brazos y de un suspiro inmenso se sacó las lágrimas que bajaron a chorros por su despintada gabardina celeste. En un momento cayó de rodillas y luego de agradecer a Dios, comenzó a caminar y mientras lo hacía se sacudía el gran dolor que cargaba en la espalda. Decidió soltarse el cabello y se dio cuenta que una vez más había salido de una gran tormenta, de esas que sorpresivamente nos prepara la vida. Pero Lucía estaba cansada de sufrir en las tempestades… Así que se sentó bajo un árbol cerró el puño y prometió ya no volver a asustarse por el golpe de ninguna tormenta.


