Eliminar las armas químicas
Cuentan que al concluir la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos quedó en posesión de una enorme cantidad de compuestos químicos altamente tóxicos y letales, en algunos casos armas y en otros precursores, con la diferencia respecto a hoy de que entonces no existía una percepción del riesgo...
Cuentan que al concluir la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos quedó en posesión de una enorme cantidad de compuestos químicos altamente tóxicos y letales, en algunos casos armas y en otros precursores, con la diferencia respecto a hoy de que entonces no existía una percepción del riesgo ecológico como la actual ni legislaciones internacionales apropiadas.Debido a que también sobraban cientos de buques Liberty de 10 000 toneladas de los cuales los astilleros norteamericanos llegaron a producir hasta dos diarios, la opción fue matar dos pájaros de un tiro: aquellos buques eran cargados con las sustancias químicas y en alta mar torpedeados y hundidos.Los Liberty constituyeron un símbolo del aporte norteamericano a la lucha contra el fascismo porque formaron los convoyes que por la ruta de Persia o atravesando el Atlántico, llevaron suministros militares a la Unión Soviética e Inglaterra. Con aquellos navíos los norteamericanos ganaron la guerra en el mar cuando produjeron más barcos de los que los submarinos nazis eran capaces de hundir.Soluciones de esa naturaleza son hoy impensables, no sólo por la sensibilidad ante las cuestiones ambientales, sino porque se han explorado otras posibilidades como es la de crear instalaciones especializadas para almacenar por largos periodos de tiempo, en ocasiones definitivamente residuos tóxicos. Dependiendo del tamaño del arsenal químico sirio que algunas versiones cifran en unas mil toneladas, deshacerse de ellas de modo perentorio y contra reloj, puede resultar sumamente peligroso.Es pertinente aclarar que muchos gases se producen y se almacenan en forma líquida y al ser liberados se gasifican convirtiéndose en millones de metros cúbicos. Existen también procesos inversos, como el de la Iperita o gas Mostaza, que al ser liberado, el gas se licua formando minúsculas gotas que se adhieren a la piel y las ropas, creando ulceras y llagas obligando complejos procesos de desinfección. La opción de destruirlo mediante el fuego puede ser la peor.A favor de soluciones expeditas concurre el hecho de que muchas de las armas químicas modernas son “binarias”, es decir formadas por dos o más compuestos inocuos que al mezclarse forman una nueva y mortal sustancia o una “masa crítica” letal. Naturalmente en este caso, eliminarlas es más sencillo. Por otra parte es tanta su peligrosidad que los contenedores de estos diabólicos compuestos son sumamente resistentes, generalmente bidones de acero reforzado y protegidos contra el efecto corrosivo de las sustancias, lo cual permite su manipulación y pudiera facilitar su destrucción por vía de enterrarlos o sumergirlos para siempre.Los expertos dirán cómo hacerlo; ellos saben que la prisa y la improvisación no son buenas consejeras. Allá nos vemos.


