Transparencia, secretismo y opacidad
Supusimos que esa publicación desencadenaría una avalancha de críticas populares y otra de explicaciones del gobierno, pero no, da la impresión de que en el manejo bancario, del Banco Central, en este caso, sigue imperando el secretismo. Es que el “secreto bancario”, o “sigilo...
Supusimos que esa publicación desencadenaría una avalancha de críticas populares y otra de explicaciones del gobierno, pero no, da la impresión de que en el manejo bancario, del Banco Central, en este caso, sigue imperando el secretismo. Es que el “secreto bancario”, o “sigilo bancario”, como también suelen llamarlo, ha resultado más duro de transparentar que el secreto profesional o el de confesión e inclusive más hermético que la reserva de sumario, que son también secretos “tradicionales”.No debería ser así y de hecho tanto Julián Assange como Edward Snowden han demostrado que ni el espionaje ni los secretos militares pueden seguir siendo herméticos, porque se pueden “filtrar” en cualquier momento.No tendríamos que esperar esas filtraciones para que alguien nos esplique (le explique al pueblo, que sigue siendo el soberano, sin comillas, quienes y con qué criterios manejan esas por ahora opacas reservas internacionales.Ninguna excusa es válida, porque ya se sabe, sobradamente, que los grandes bancos transnacionales son sumamente frágiles y que las agencias de verificación de riesgos tampoco son confiables porque sus criterios son pagados, a veces por los mismos que “verifican”.Por eso es tan inquietante la información de que por falta de capacidad de gasto e inversión, Bolivia, un país considerado entre los más pobres y necesitados de Suramérica, se ha dedicado ahora a prestar a JP Morgan y Barclays Capital”No hablamos de centavitos, sino de casi 60 millones de dólares por un lado y 30 millones de dólares s por el otro, con unos intereses que harían sonrojar al más curtido usurero, porque no pasan del dos por ciento anual.Se supone que para evitar estas situaciones que merecen un calificativo más fuerte que “ridículas”, existen contralorías, procuradurías y otros mecanismos institucionales de vigilancia, cuya inoperancia se está demostrando en forma colateral. Ahí , en el uso de esas reservas internacionales es donde se necesita mayor control, para garantizar no solamente transparencia, sino incuestionable eficiencia, porque no se puede seguir manejando los recursos “de todos” como si fueran “de nadie”.Mientras no se lo haga, hablar de transparencia seguirá recordándonos ese contundente dicho popular, que no importa donde lo escuchamos, pero es pertinente: “ahí está el diablo… otra vez vendiendo hostias”.No tendríamos que esperar que algún émulo de Assange o de Snowden intervenga, para que nos ayuden a transparentar eso que el común de los bolivianos seguimos viendo opaco. Si lo hiciera, además, se ganaría la enemistad de Washington y ya sabemos lo peligroso que resulta eso.


