La telehegemonía

o sea sin necesidad de ejércitos para invadir a los países dominados, sin bombardearlos, sin masacrarlos, como tantas veces lo han hecho los Estados Unidos en este que siguen creyendo que es “su patio trasero”, sino valiéndose principalmente de los medios de comunicación y de tratados o...

o sea sin necesidad de ejércitos para invadir a los países dominados, sin bombardearlos, sin masacrarlos, como tantas veces lo han hecho los Estados Unidos en este que siguen creyendo que es “su patio trasero”, sino valiéndose principalmente de los medios de comunicación y de tratados o convenios aparentemente inocuos.Quienes en este momento, por ejemplo, están pendientes de lo que llaman el “abismo fiscal” estadounidense, o aquellos para quienes 9-11 se entiende, sin mayor explicación, como el ataque contra las Torres Gemelas y no el golpe militar planificado por Henry Kissinger contra Salvador Allende en la misma fecha pero 28 años antes, quienes, en síntesis creen que en desde 1.990 existe un “consenso de Washington”, que no consensua nada pero si impone modelos de política y modelos de vida, quienes reaccionan frente a todas estas situaciones conforme a lo programado por la metrópoli, son sujetos (casi objetos) víctimas de la telehegemonia.El ya mencionado y muy reconocido Marcelo Gullo, cuando escribió sobre el tema reprodujo estos contundentes conceptos de otro lúcido intelectual: Hans Morgenthau: “El imperialismo cultural es la más sutil y, en caso de llegar a triunfar por sí sola, la más exitosa de las políticas imperialistas. No pretende la conquista de un territorio o el control de la vida económica, sino el control de las mentes de los hombres como herramienta para la modificación de las relaciones de poder entre dos naciones”.El control de la economía vendrá luego, casi como apéndice, cuando el imperialismo cultural haya echado raíces. Y modificarlo será luego mucho más difícil, casi imposible, como estamos sintiendo en Bolivia, donde las pautas generales del supuesto “consenso de Washington”, siguen aplicándose. Recordemos las principales:- Reordenamiento de las prioridades del gasto público sacándolo de áreas como educación y salud pública.- Reforma Impositiva (buscar bases imponibles amplias y tipos marginales moderados)- Liberalización financiera, especialmente de los tipos de interés- Un tipo de cambio de la moneda competitivo- Liberalización del comercio internacional (disminución de barreras aduaneras)- Eliminación de las barreras a las inversiones extranjeras directas. Esto, por supuesto, merece ser destacado, porque se defiende (desde el gobierno y también desde la oposición) obsesivamente.Está también la privatización, que teóricamente se ha frenado, pero que en la práctica continúa, porque le buscaron variables sinuosas para seguirla aplicando, aunque sea con nombres engañosos, como se hizo durante el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, hablando de “capitalización”, para no llamarla “privatización”, como corresponde.Seguimos, en conclusión, como víctimas de la telehegemonía, pero eso refuerza más la necesidad y la urgencia de lo que se sintetiza, en forma contundente, en una sola palabra:Cambio.

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