La hora de los jóvenes ha llegado

Sobre todo esto último, que autoriza a pensar que “la hora de los jóvenes ha llegado”. Esto, por supuesto, no es mera cuestión de cronología, porque así como existen personas de mpas de 50 años que piensan y actúan como jóvenes, (no son muchos, pero que lo hay los hay) existen...

Sobre todo esto último, que autoriza a pensar que “la hora de los jóvenes ha llegado”. Esto, por supuesto, no es mera cuestión de cronología, porque así como existen personas de mpas de 50 años que piensan y actúan como jóvenes, (no son muchos, pero que lo hay los hay) existen también personas que apenas están saliendo de la adolescencia y piensan y actúan como ancianos, pero esas son excepciones que no deben desviarnos del análisis.Lo evidente, lo incuestionable, es que los jóvenes han adquirido una responsabilidad social y una identidad, en todo el mundo, suficiente como para actuar con eficiencia sin necesidad de partidos políticos, mucho menos de doctrinas y tampoco de recursos de siempre dudosa legitimidad, como las oeneges.En algunos de los escenarios que señalábamos varían las protestas contra la globalización, tienen matices y también existen, inclusive, aún difusas propuestas de “alterglobalización”, o sea una globalización alternativa, donde los protagonistas no sean los mercados ni la banca, sino los seres humanos.Para concentrarnos en lo más próximo, por razones obvias, debemos prestarles especial atención a los movimientos juveniles en chile y en Colombia. El de Chile no es reciente, tiene ya más de un semestre y su objetivo central es claro y explícito: no a la privatización de la educación superior. La tenacidad de los estudiantes chilenos ha roto ya la indiferencia de otros sectores sociales y más que una reforma educativa lo que probablemente se necesitará allí para retornar a la “normalidad”, es un profundo cambio en toda la política de gobierno.En el caso colombiano, que se hizo notorio la semana pasada, un atinado comentarista opina que desde que los politiqueros secuestraron la política en beneficio de sus clanes y del suyo propio y los partidos dejaron de representar el interés nacional, importantes sectores de la sociedad colombiana quedaron excluidos y sin voz. Y son ellos los que hoy se están expresando. Por eso no extraña a nadie que las protestas se estén haciendo por fuera de los partidos y casi que en contra de los políticos tradicionales. Tampoco extraña que no crean en los políticos, como no le creyeron al presidente  Santos cuando dijo que iba a retirar la reforma a la Ley 30 si ellos abandonaban el paro. Ellos ya saben que la palabra de un político es poco confiable y que cambian de opinión con la facilidad con que se cambian de camiseta.Después de ocho años de gobiernos que privilegiaban la destrucción del oponente antes que el respeto por el disenso y la discusión, estas protestas pacíficas y multitudinarias son más que bienvenidas, sobre todo porque no incitan a la polarización, sino a la discusión entre diferentes. “Pensar diferente no es terrorismo”, dice una de sus consignas y esa esa, para nosotros, una consigna realmente inteligentes, que no se limita, además, a uno de los escenarios de las manifestaciones comentadas, sino literalmente, a todo el mundo.

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