Crisis política en Bolivia
Apertura de Corredor humanitario deriva en otra jornada de tensión
El operativo para desbloquear la ruta La Paz–Oruro dejó gasificaciones, incendios, retrocesos y nuevos focos de conflicto en una jornada marcada por la tensión y llamados al diálogo.
La carretera volvió a convertirse este sábado en el escenario más crudo de la crisis boliviana. Entre el altiplano seco, el viento helado y las largas filas de vehículos detenidos, el operativo gubernamental bautizado como “Corredor Humanitario Banderas Blancas” avanzó desde primeras horas del día sobre la ruta entre La Paz y Oruro con la intención de romper los bloqueos que desde hace tres semanas mantienen en tensión al país. Pero lo que comenzó como una intervención para garantizar el paso de alimentos, oxígeno, combustible y medicamentos terminó derivando en una jornada marcada por gasificaciones, incendios, retrocesos, rumores de muertos, miedo y nuevas señales de escalada.
El punto más delicado de la jornada se concentró en Caracollo y los alrededores de Achica Arriba, donde contingentes policiales y militares intentaron despejar la vía mientras grupos movilizados resistían el avance de las fuerzas del orden. Las imágenes transmitidas en directo desde el lugar mostraron escenas confusas y densas: columnas de humo mezcladas con gases lacrimógenos, comunarios desplazándose entre cerros y caminos alternos, fogatas encendidas en los pastizales secos del altiplano para reducir el efecto de los agentes químicos y caravanas oficiales avanzando lentamente detrás de maquinaria pesada.
Sin armas El Gobierno aseguró que no se registraron muertes durante la jornada y pidió a la población no dejarse llevar por desinformación
En medio del operativo aparecieron también representantes de la Iglesia Católica, organismos de Derechos Humanos y delegados evangélicos portando banderas blancas, una postal simbólica de un país que intenta todavía evitar que la confrontación derive en algo peor. Sin embargo, durante varios momentos del día los uniformados tuvieron que retroceder frente a la resistencia de los movilizados y la creciente concentración de pobladores en distintos puntos de la carretera.
La tensión fue escalando con el paso de las horas. Mientras el Gobierno defendía la necesidad de abrir un corredor para abastecer a La Paz y El Alto, en Achica Arriba comenzaron a circular imágenes del incendio de instalaciones públicas, entre ellas oficinas de Vías Bolivia, Senasag, Aduana y dependencias policiales. Las fotografías y videos difundidos en redes sociales mostraban ambientes calcinados, mobiliario destruido y estructuras parcialmente dañadas. Hasta el cierre de la jornada no existía una evaluación oficial definitiva sobre el alcance de las pérdidas materiales.
En paralelo, el operativo empezó a fragmentarse sobre el terreno. El ministro de Obras Públicas, Mauricio Zamora, que acompañaba el convoy oficial, relató horas después una retirada desordenada tras un episodio ocurrido cerca de Copata y Vila Vila. “No sé dónde estamos”, dijo en un contacto telefónico nocturno mientras la caravana avanzaba por caminos de tierra buscando una salida segura.
Según su versión, el convoy —integrado por policías, militares, periodistas, maquinaria pesada, cisternas y civiles— quedó atrapado entre bloqueos y ataques con piedras y explosivos. Zamora habló de “dinamitazos”, rutas cerradas y una retirada improvisada en plena oscuridad del altiplano. El operativo, que pretendía llegar hasta Oruro, terminó retrocediendo para preservar la integridad de quienes participaban de la caravana.
Las horas de incertidumbre alimentaron además versiones contradictorias y rumores sobre fallecidos o incluso un supuesto secuestro del ministro, información que fue desmentida posteriormente por el vocero presidencial José Luis Gálvez en una breve comparecencia en Bolivia TV. El Gobierno aseguró que no se registraron muertes durante la jornada y pidió a la población no dejarse llevar por desinformación difundida en redes sociales.
Mucho antes, en El Alto y en otros puntos de la ruta los bloqueos volvían a rearticularse apenas horas después de la apertura parcial conseguida por el operativo. El ministro Zamora admitió que el Gobierno contemplaba esa posibilidad desde el inicio y sostuvo que la estrategia combinará nuevas acciones con intentos de negociación. “Nada es fácil en la vida”, resumió.
En víspera del diálogo, Paz señala los límites
El presidente Rodrigo Paz intentó mantener un tono de apertura política, aunque endureciendo simultáneamente el discurso. Durante una entrevista difundida este sábado, afirmó que el Gobierno agotará los esfuerzos de diálogo con organizaciones campesinas y sectores movilizados, especialmente en las reuniones convocadas para este domingo con la Federación Túpac Katari y otros actores sociales, encuentros que contarán con mediación de la Iglesia Católica y organismos de derechos humanos.
Pero al mismo tiempo dejó abierta la posibilidad de aplicar “instrumentos constitucionales” si la situación continúa deteriorándose, en referencia implícita a un eventual estado de excepción. También vinculó parte de las movilizaciones con sectores provenientes del Chapare y estructuras ligadas políticamente al expresidente Evo Morales, deslizando además sospechas sobre posibles recursos ilícitos detrás de algunas protestas, afirmaciones que previsiblemente añadirán más tensión a un conflicto ya extremadamente sensible.
Más allá de los balances oficiales y las acusaciones cruzadas, lo que quedó este sábado fue la imagen de un país agotado, atrapado entre la necesidad urgente de abastecimiento y una protesta que sigue encontrando legitimidad en distintos sectores sociales. Porque detrás de cada punto de bloqueo hay también cansancio acumulado, pero sobre todo desconfianza hacia las instituciones y una fractura política que lleva años profundizándose.
El altiplano terminó el día cubierto de humo y fogatas. Las carreteras seguían parcialmente tomadas. Los convoyes avanzaban a ciegas por caminos de tierra. Y Bolivia cerraba otra jornada de conflicto sin una salida clara, sostenida apenas por una palabra que todos repiten —Gobierno, dirigentes, Iglesia y movilizados— pero que todavía parece demasiado lejana: diálogo.





