En medio de las tensiones bélicas
¿ONU débil? La Asamblea General se celebra en una nueva encrucijada
El 80º. período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) cuyo debate general de alto nivel se realizará entre el 23 y el 29 de septiembre, se efectúa bajo un panorama geopolítico cada vez más fragmentado, con tensiones bélicas, conflictos en escala e históricas crisis humanitarias agravadas que continúan sin resolver.
Este inquietante panorama genera al menos una interrogante sobre la principal reunión de líderes del mundo: ¿Tiene la ONU todavía el peso para marcar una diferencia en el nuevo contexto global? La respuesta podría surgir de los propios liderazgos que participarán en la Asamblea, donde el tema central es: "Juntas y juntos somos mejores: 80 años y más por la paz, el desarrollo y los derechos humanos".
La falta de reacción inmediata ante situaciones graves como el genocidio de la población palestina en la Franja de Gaza por parte de Israel, hacen resonar desde hace rato, y con fuerza, la idea de "una ONU débil", especialmente cuando tampoco ha podido ayudar a países como Cuba que, por más de medio siglo, ha sufrido el brutal bloqueo y asedio económico de EE.UU., o la continuidad de las crisis humanitarias en naciones como Haití u otras de África, Asia y Oriente Medio.
Aunque todavía este foro se mantiene como uno de los pocos escenarios internacionales donde las naciones aún pueden dialogar o expresar libremente sus ideas, la forma en que está estructurada envuelve al organismo en un entramado burocrático que poco aporta a las soluciones de los distintos conflictos y situaciones que enfrenta la humanidad en la actualidad.
Por ejemplo, las decisiones del Consejo de Seguridad a menudo se ven paralizadas por los vetos de las potencias, y las resoluciones de la Asamblea General, aunque son percibidas como un termómetro de la opinión mundial, carecen de la fuerza vinculante para obligar a los Estados a actuar, lo que genera aún más impotencia y evidencia su debilidad como órgano multilateral.
Por tal motivo, la ONU, concebida para evitar las guerras mundiales y las crisis humanitarias, parece convertirse en una reliquia burocrática incapaz de adaptarse a los desafíos del siglo XXI, relegada a ser solo una plataforma para la diplomacia estrictamente formal, donde los países más pequeños expresan sus preocupaciones mientras las potencias prestan más atención a sus intereses económicos y político partidistas de los gobernantes de turno, sin importar temas fundamentales para la humanidad como el hambre, la pobreza, la falta de empleos y de vivienda, así como el deterioro de la calidad de vida.
¿Oportunidad para la reforma?
Esta nueva encrucijada que permea a la ONU pudiera también ser una oportunidad para que se gestione finalmente la promovida reforma al organismo, señalado precisamente de no responder a las demandas actuales y de haberse incluso envejecido al mantener una estructura y una carta fundacional que ya no se corresponde con los retos actuales.
Para este nuevo escenario, la ONU debe demostrar que puede ser flexible y redefinir su rol, especialmente cuando cobran cada vez más importancia los bloques de cooperación e integración regional, y resuenan con mayor fuerza a escala global el grupo de los países BRICS, que durante los últimos tiempos ha cobrado notoriedad y peso, al punto de que EE.UU. y sus países aliados se han sentido claramente amenazados por su creciente influencia.
Bajo ese contexto mundial de profundo reordenamiento geopolítico, la histórica imagen de la ONU, concebida como un organismo para las buenas costumbres diplomáticas y en menor grado, como árbitro de paz y plataforma para la tan ansiada cooperación global, parece perder su propósito a través de discursos impalpables.
La cuestión ya no es si la ONU es un organismo débil o si puede adaptarse a un mundo que está construyendo sus centros de poder mientras prioriza sus propios intereses. La interrogante es si las Naciones Unidas será capaz de asumir el reto del cambio necesario o si podrá navegar en un nuevo mundo multipolar, donde realmente deje de ser un simple árbitro para convertirse en un verdadero catalizador del desarrollo de los países, la paz y el resguardo de la humanidad.
En ese sentido, es precisamente el ascenso del BRICS el que empuja a la reforma de la ONU, como una de las principales fuerzas que sin duda ya reconfigura el tablero internacional. Este grupo no solo representa un contrapeso económico al tradicional dominio occidental, sino que también promueve un orden mundial multipolar que aboga por cambiar las instituciones internacionales para dar mayor voz a los países en desarrollo.
Prueba del potente progreso y solidez del BRICS es su propio Banco de Desarrollo, que surge como una propuesta distinta a instancias tradicionales que responden casi exclusivamente a los intereses de Washington como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), que más que ayudar a los países empobrecidos o en desarrollo, han endeudado más sus economías al punto de llevarlas a crisis graves que desencadenaron duras épocas de miseria en distintos países donde han aplicado su receta neoliberal.
Creciente influencia de China
Al mismo tiempo, la creciente influencia de China a escala global es innegable. Su fuerte presencia económica a través de importantes inversiones en distintas áreas de desarrollo como tecnología, vivienda, transporte, comunicaciones, infraestructura, entre otros sectores estratégicos, ha provocado que EE.UU. prenda sus alarmas e intente evitar un jaque mate a su histórico dominio global.
Desde la Casa Blanca, la administración de Donald Trump ha tratado de encarrilar las riendas de la tradicional hegemonía estadounidense al imponer guerras comerciales a escala global, con una andanada de impuestos de distintos tipos a los países que no estén alineados y comprometidos con los intereses de Washington.
Sin embargo, la visión de solidaridad global de China apunta a mantener inversiones, negocios y relaciones basadas en una diplomacia de respeto mutuo, cooperación para el desarrollo integral y sostenido, y con un trato de igualdad que no ofrece EE.UU., que sigue empeñado a obligar a la comunidad internacional a ceñirse a su estricto sistema capitalista, que privilegia a los sectores con poder económico en detrimento de la mayoría de la población, incluso al punto de castigar directamente la calidad de vida de las personas y sus finanzas.





