La no violencia para todos los días
Bolivia necesita reducir sus distintas formas de violencia, pero esa tarea no corresponde solamente al Estado. También empieza en la casa, en la calle, en el colegio, en el trabajo y en cada una de nuestras decisiones cotidianas.
El 2 de octubre, Día Internacional de la No Violencia, suele llevarnos a pensar en grandes conflictos, guerras, persecuciones o luchas sociales. La fecha, instituida por Naciones Unidas en homenaje a Mahatma Gandhi, tiene precisamente ese propósito: recordar que existen caminos distintos a la violencia para resolver nuestras diferencias y transformar la sociedad, pero quizá este año deberíamos mirar un poco más cerca.
Bolivia no necesita esperar una gran reforma institucional para comenzar a ser un país menos violento. Hay una parte de esa transformación que depende directamente de nosotros.
La violencia cotidiana se ha vuelto demasiado normal. Está en el insulto al conductor que se equivoca, en la pelea por un espacio de estacionamiento, en el vecino que amenaza, en el padre que educa a golpes, en el adulto que humilla a un niño, en el acoso callejero, en la discriminación, en la intolerancia frente al que piensa distinto y también en las discusiones que rápidamente dejan de ser discusiones para convertirse en agresiones. En ocasiones ni siquiera Tarija está libre de estas lacras.
La violencia desborda, por ejemplo, en las redes sociales, donde muchas veces confundimos libertad de expresión con la posibilidad de destruir al otro mediante insultos, amenazas o campañas de odio.
No todas esas conductas terminan en un delito. Pero todas ayudan a construir una sociedad más agresiva.
Y ahí está una de las claves de esta fecha. La no violencia no puede ser solamente una consigna internacional ni una actividad escolar que se repite cada 2 de octubre. Tiene que convertirse en una forma de convivencia.
Eso no significa ser ingenuos frente al delito. Un Estado tiene la obligación de perseguir el crimen, proteger a las víctimas y garantizar justicia. Tampoco significa pedirle a una persona agredida que simplemente sea paciente o tolerante. La violencia contra las mujeres, los niños, los adultos mayores o cualquier persona vulnerable exige protección, denuncia, investigación y sanción.
Pero ninguna Policía, ninguna Fiscalía y ningún juez puede sustituir aquello que ocurre antes: la decisión de una sociedad de no aceptar la violencia como una respuesta normal.
Bolivia tiene suficientes problemas como para agregarles el de una convivencia cada vez más agresiva.
Necesitamos aprender nuevamente a discutir sin destruirnos. A reclamar sin amenazar. A corregir sin humillar. A educar sin golpear. A conducir sin convertir cada semáforo en una batalla. A disentir políticamente sin convertir al adversario en enemigo. A utilizar las redes sociales sin olvidar que detrás de cada pantalla hay una persona.
Parece poco frente a los grandes problemas nacionales. No lo es.
Las sociedades también se construyen a partir de millones de pequeños comportamientos. Y del mismo modo que la violencia puede multiplicarse desde pequeñas agresiones que terminan normalizándose, la tolerancia, el respeto y la solidaridad también pueden multiplicarse.
Gandhi entendió que la no violencia no era pasividad. Era una forma de acción. Y esa idea conserva una enorme vigencia: no hacer daño, no responder con violencia, no humillar al otro y buscar una solución pacífica también son decisiones activas.
Por eso, el Día Internacional de la No Violencia debería servirnos para preguntarnos cuánto podemos cambiar sin esperar que alguien más lo haga por nosotros.
El Estado tiene responsabilidades enormes. Las instituciones deben funcionar. Las leyes deben cumplirse. La justicia debe responder. Pero la construcción de un país menos violento empieza mucho antes de llegar a una oficina pública.
Empieza cuando un adulto decide no pegarle a un niño. Cuando alguien contiene un insulto. Cuando un conductor deja pasar a otro. Cuando una persona interviene para evitar una agresión. Cuando alguien denuncia un abuso. Cuando enseñamos a nuestros hijos que tener la razón no nos da derecho a maltratar al que piensa diferente.
Un país mejor no se construye únicamente con grandes leyes, grandes inversiones o grandes discursos, también se construye aprendiendo a convivir, y esa parte, quizá más que ninguna otra, está en nuestras manos.





