Bolivia necesita certezas
Los problemas políticos que rodean al Gobierno se han convertido en un problema de gobernabilidad
Hay momentos en los que un Gobierno puede permitirse errores. Hay otros en los que sencillamente no puede. Bolivia atraviesa uno de esos momentos.
La economía sigue siendo el principal motivo de preocupación para millones de ciudadanos. El costo de vida aprieta, los combustibles continúan condicionando la actividad productiva, los dólares escasean, las decisiones de inversión esperan señales claras y las familias más vulnerables soportan buena parte del costo de un ajuste que todavía no termina de mostrar resultados.
En ese contexto, lo último que necesita el país es incertidumbre política adicional, sin embargo, eso es precisamente lo que el Gobierno viene ofreciendo con demasiada frecuencia. Las crisis en el entorno presidencial, las disputas internas, las salidas de funcionarios, los cuestionamientos éticos y los episodios que obligan al Presidente a dedicar tiempo y energía a apagar incendios políticos han terminado minando una credibilidad que ya era necesaria para afrontar las dificultades económicas.
No se trata de negar la gravedad de cada episodio ni de convertir este espacio en un tribunal. Se trata de advertir sobre la acumulación.
En medio de una economía incierta y de una sociedad sometida al ajuste, el país necesita un Presidente concentrado en gobernar, no atrapado en las crisis de su propio entorno
Un Gobierno puede sobrevivir a un escándalo. Incluso puede sobrevivir a varios. Lo que resulta mucho más difícil es gobernar cuando la sociedad empieza a asumir que cada anuncio será seguido por una controversia, cada reforma por una pelea y cada intento de ordenar la administración por una nueva crisis.
La confianza funciona de otra manera. Necesita previsibilidad. Necesita instituciones que funcionen. Necesita ministros que puedan explicar sus políticas sin convertirse ellos mismos en el problema. Necesita asesores que asesoren y no ocupen el espacio de las instituciones ni sean negados. Necesita un Presidente que ejerza plenamente la autoridad que le otorgaron los ciudadanos.
Rodrigo Paz tiene hoy remotas posibilidades de recuperar ese centro, y para hacerlo tendrá que entender que gobernar no consiste solamente en reaccionar a las circunstancias. Gobernar significa imponer prioridades, construir equipos, tomar decisiones y sostenerlas con argumentos y resultados.
El país necesita saber qué ocurrirá con los combustibles, cómo se estabilizará la economía, de dónde saldrán los dólares, qué pasará con las inversiones, cómo se enfrentará el déficit fiscal y qué reformas estructurales pretende realmente impulsar el Gobierno. Necesita certezas. No relatos. No emociones.
También necesita saber que quienes ejercen funciones públicas cumplen estándares éticos compatibles con la responsabilidad que tienen entre manos. Cuando la confianza se rompe, la explicación ya no siempre es suficiente. Hay momentos en los que la responsabilidad política exige apartarse para no perjudicar al proyecto que se pretende defender.
Eso vale para ministros, asesores y para cualquiera que tenga influencia efectiva sobre las decisiones del Estado, pero sobre todo vale para el Presidente.
Paz no podía permitir que su Gobierno fuera recordado por sus controversias internas antes que por sus decisiones de Estado. Tampoco debió confundir lealtad personal con lealtad institucional. El país no eligió a un grupo de amigos, asesores o colaboradores: eligió un Gobierno.
La situación económica exige concentración absoluta. No hay margen para distracciones, guerras internas ni experimentos políticos improvisados. Cada día que se pierde en una crisis política es un día menos dedicado a resolver los problemas que están afectando directamente a los ciudadanos.
Por eso la exigencia es sencilla y, a estas alturas, ineludible: concentración o paso al costado.
Bolivia no necesita otro capítulo de escándalos. Necesita certezas. Necesita saber hacia dónde va, quién conduce y qué se hará para salir de la crisis.





