El poder de Cerimedo
La caída del “asesor principal” es el colofón, pero el deterioro de la confianza en el Gobierno tiene causas mucho más profundas y es responsabilidad del propio Rodrigo Paz
La caída en desgracia del “asesor principal” del presidente, Fernando Cerimedo, no debería sorprender a nadie. Durante meses advertimos desde estas páginas sobre la influencia desproporcionada que había adquirido en el entorno del presidente Rodrigo Paz y sobre los riesgos de construir un Gobierno alrededor de opacos asesores, operadores y círculos de confianza antes que alrededor de instituciones, más dándole la espalda a quienes le votaron.
El episodio de Nadia Beller, por su extrema gravedad y por las acusaciones que ella ha formulado, puede convertirse en el colofón de una trayectoria política que ya venía acumulando demasiadas controversias. Obviamente las acusaciones deben investigarse y nadie puede ser condenado públicamente sin las garantías correspondientes, pero tampoco se puede negar la evidencia de una relación que abría y cerraba puertas en la Casa Grande del Pueblo.
Una cosa es la responsabilidad penal y otra, muy distinta, la responsabilidad política. A Fernando Cerimedo todo el mundo lo conocía y todo el mundo sabía de qué pie cojeaba, por mucho que ahora todo el mundo se haga el desentendido. Todo el mundo en las plantas nobles de la Casa Grande del Pueblo ha conocido de la extraordinaria influencia y de la forma en la que ejerció el poder que Paz, por acción u omisión, le dio. Pero un asesor no gobierna si el Presidente no le permite gobernar.
Y ahí está el verdadero problema. Desconocer a Cerimedo o exiliarlo, dejarlo correr hacia el siguiente país donde lo acojan, puede ser la forma más rápida de cerrar esta crisis en particular, pero seguirá muy lejos de recuperar un rumbo perdido con o sin Cerimedo mediante.
La pérdida de confianza ciudadana tiene raíces más profundas: promesas electorales rápidamente abandonadas, decisiones económicas que han golpeado el bolsillo, improvisación institucional, conflictos internos, incapacidad para articular una mayoría parlamentaria, escándalos que afectan a miembros del gabinete y una preocupante tendencia a administrar las crisis en lugar de anticiparlas.
El Presidente recibió un mandato de cambio. Y en apenas nueve meses ha conseguido algo que debería preocuparle profundamente: dinamitar la mayor parte de la confianza con la que llegó al poder. Se lo dicen hasta las encuestas de CiesMori, donde trabajaba su vocero.
El poder presidencial no se delega completamente en un consultor, por brillante que sea. Las decisiones que comprometen al Estado las toma el Gobierno. Las leyes las propone el Ejecutivo. Los ministros los designa el Presidente. Las políticas económicas llevan su firma. Los asesores pueden recomendar, influir, persuadir e incluso equivocarse, pero quien responde ante los ciudadanos es Rodrigo Paz.
Por eso la salida de Cerimedo debería ser, antes que nada, una oportunidad para revisar el modelo de Gobierno. Menos círculos cerrados y más instituciones. Menos operadores y más funcionarios responsables. Menos comunicación diseñada para resistir el escándalo y más transparencia para evitarlo. En definitiva, menos anuncios, menos cálculos, menos “relatos” y más gestión. Gobernar no es una estrategia de comunicación.
Bolivia necesitaba mucho más que eso. Necesitaba recuperar la confianza en que sus gobernantes comprendían la gravedad del momento. Necesitaba certezas económicas, instituciones que funcionaran, justicia independiente, reglas claras para invertir, respuestas frente a la crisis energética y una relación madura con las regiones.
Paz no ha entendido esto. O Cerimedo no ha entendido esto. Y ha convertido la política en una sucesión de incendios que apagar cuando, además, ya son incontrolables.
El problema no es solamente quién asesora al Presidente. El problema es quién decide, cómo decide y qué está dispuesto a hacer cuando sus decisiones empiezan a destruir la confianza que recibió de los bolivianos.
Se supone que Rodrigo Paz todavía está a tiempo de corregir el rumbo, pero para hacerlo necesita mucho más que cambiar nombres a su alrededor. Necesita entender que el poder no se construye sobre asesores imprescindibles, sino sobre instituciones sólidas, transparencia y resultados.





