El Cuervo y Hermes

Fábula de Esopo

Un cuervo había caído en una trampa y, al verse sin fuerzas para escapar, levantó los ojos hacia los dioses y suplicó a Apolo que acudiera en su ayuda. Desesperado por recuperar la libertad, prometió que, si el dios lo libraba de aquel peligro, le ofrecería incienso en señal de gratitud. Apolo escuchó sus ruegos y el cuervo consiguió escapar de la trampa. Pero apenas volvió a sentirse seguro y pudo extender nuevamente sus alas, olvidó por completo la promesa que había hecho. La gratitud que había mostrado mientras estaba en peligro desapareció en cuanto recuperó la libertad.

Pasó el tiempo, y el cuervo volvió a caer en otra trampa. Esta vez comprendió que su suerte era todavía peor, pues ya había recibido una oportunidad y la había desperdiciado. Recordando a los dioses, decidió pedir ayuda nuevamente. Como no se atrevía a dirigirse a Apolo después de haber faltado a su palabra, invocó a Hermes y le prometió que también a él le haría una ofrenda si conseguía liberarlo. El cuervo esperaba que el dios aceptara sus palabras y acudiera en su auxilio, pero Hermes conocía bien lo que había sucedido antes y no se dejó engañar por una promesa nacida nuevamente del miedo.

Entonces Hermes le hizo comprender que quien ha engañado una vez a un dios no puede esperar que sus palabras sean recibidas con confianza cuando vuelve a encontrarse en peligro. El cuervo había prometido mientras temía por su vida y había olvidado su palabra tan pronto como estuvo a salvo; ahora descubría que las promesas hechas por conveniencia pierden su valor cuando llega el momento de cumplirlas. Así quedó atrapado por su propia falta de palabra, mostrando que quien desprecia una promesa cuando ya no la necesita puede descubrir, demasiado tarde, que también ha perdido la ayuda de aquellos a quienes acudió en su desgracia.


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