La autonomía, el asunto pendiente
Los cambios requieren liderazgo, diálogo, planificación y principalmente, recursos. Recursos que tiene el gobierno central.
Cada año, el calendario recuerda a Tarija las fechas que marcaron la construcción de su autonomía. Son días para celebrar una conquista democrática, para reivindicar un proceso que movilizó a miles de ciudadanos y para recordar que la descentralización nació como una herramienta para acercar las decisiones al territorio. Pero también deberían servir para una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo hoy con esa autonomía?
La respuesta, lamentablemente, no invita al optimismo.
Ha transcurrido prácticamente un año desde las elecciones de esta nueva gestión y, más allá de las reuniones estrictamente protocolarias entre las principales autoridades de los departamentos, no se ha construido una agenda común sobre el futuro de la autonomía en el país. No existe una hoja de ruta consensuada, no se conocen espacios permanentes de coordinación institucional y tampoco se percibe un debate serio sobre los desafíos que marcarán el próximo decenio. El 50 – 50 sigue siendo un concepto etéreo.
Mientras tanto, el calendario sigue avanzando.
La autonomía nunca fue un fin en sí mismo. Fue concebida como un instrumento para planificar mejor el desarrollo, administrar con mayor eficiencia los recursos y construir políticas públicas adaptadas a las necesidades del departamento. Pero ninguna de esas virtudes aparece de manera automática. Requieren liderazgo, diálogo, planificación y principalmente, recursos. Recursos que tiene el gobierno central.
La autonomía no se fortalece con actos conmemorativos. Se fortalece cuando las instituciones se sientan a planificar juntas el futuro antes de que las urgencias impongan las decisiones
Tarija enfrenta decisiones trascendentales. La disminución de la renta hidrocarburífera obliga a redefinir el modelo económico departamental. El desarrollo agroindustrial, el turismo, la vitivinicultura, las energías renovables, la logística, la infraestructura, la gestión del agua y la integración con los países vecinos exigen estrategias que trasciendan los periodos de gobierno.
Esas conversaciones no pueden improvisarse cuando las urgencias ya han llegado.
Gobernación, municipios, universidad, sector empresarial, organizaciones sociales y Gobierno nacional deberían estar discutiendo desde hace meses cuál será la Tarija de los próximos veinte años. No para producir otro documento que termine archivado, sino para construir acuerdos básicos capaces de sobrevivir a los cambios políticos.
Porque una autonomía madura no se mide únicamente por las competencias que posee, sino por la capacidad de coordinar a sus instituciones alrededor de objetivos comunes.
La historia reciente demuestra que el aislamiento institucional tiene un costo elevado. Cuando cada nivel de gobierno avanza por su cuenta, se duplican esfuerzos, se desperdician recursos y las oportunidades terminan escapando. La ciudadanía no espera reuniones para la fotografía; espera resultados nacidos de una coordinación permanente.
Todavía hay tiempo para corregir el rumbo.
En algún momento el gobierno debería comenzar con una convocatoria amplia para revisar prioridades, definir proyectos estratégicos y establecer mecanismos estables de concertación. No se trata de uniformar posiciones ni de eliminar las diferencias políticas. Se trata de reconocer que existen asuntos que deben convertirse en políticas de Estado departamental y no depender del humor o de la agenda de cada autoridad.
La autonomía fue una apuesta por decidir nuestro propio destino. Pero decidir también significa anticiparse, planificar y construir consensos antes de que las circunstancias obliguen a actuar con prisa.
El calendario no espera a nadie. Cada mes que pasa sin una visión compartida es un mes perdido para un departamento que necesita reinventarse. Tarija ya demostró que supo conquistar la autonomía. Ahora le corresponde demostrar que sabe ejercerla con inteligencia, coordinación y visión de futuro.





