La banca y su parte
La confianza de millones de ahorristas sostiene al sistema financiero. Corresponde que esa confianza también se traduzca en compromiso con la economía real
Las crisis económicas nunca se distribuyen de manera uniforme. Mientras miles de familias ajustan sus gastos, pequeñas empresas reducen inversiones y trabajadores ven deteriorarse su poder adquisitivo, algunos sectores logran preservar —e incluso incrementar— sus márgenes de rentabilidad. La banca suele ser uno de ellos. No porque exista necesariamente algo irregular en ello, sino porque precisamente su función consiste en intermediar el dinero en tiempos de estabilidad y también en momentos de incertidumbre.
En Bolivia, el sistema financiero ha gozado durante años una fortaleza que merece un estudio. Incluso en escenarios complejos ha mantenido niveles adecuados de solvencia, liquidez y rentabilidad que han contribuido a evitar crisis bancarias como las que otros países han padecido. Esa estabilidad, apuntalada desde el Estado y el Fondo de Pensiones, constituye un activo importante para toda la economía y conviene preservarla.
Sin embargo, la coyuntura actual exige también una reflexión distinta. La reciente adopción de un régimen cambiario flexible, la escasez prolongada de divisas y el incremento de la inflación han modificado profundamente las condiciones bajo las que operan ciudadanos, empresas y entidades financieras. Todos deberán adaptarse a un escenario diferente. También los bancos.
La banca tiene derecho a ser rentable, pero también la responsabilidad de acompañar al país en un momento de profunda transformación económica.
No sería razonable pretender que la banca absorba en solitario los costos de la crisis ni que renuncie a obtener beneficios, como mucho menos lo sería pretender que todo el peso de la transición recaiga, una vez más, sobre consumidores, productores y trabajadores mientras las entidades financieras mantienen intacta una lógica diseñada para un contexto que ya no existe.
La estabilidad del sistema financiero es una suerte de bien público, pero también lo es la confianza de quienes depositan sus ahorros, solicitan créditos y sostienen diariamente la actividad económica, y las dificultades van en crecimiento.
La banca tiene hoy una oportunidad para demostrar que su fortaleza institucional también implica responsabilidad social. Ello pasa por facilitar la adaptación de clientes y empresas al nuevo contexto, revisar condiciones crediticias cuando resulte posible, evitar trasladar automáticamente todos los costos al usuario final y ofrecer mecanismos que permitan sostener la actividad productiva, especialmente de pequeñas y medianas empresas que enfrentan crecientes dificultades de liquidez.
La reciente devaluación modifica inevitablemente la estructura financiera de numerosos sectores. Muchas operaciones deberán recalcularse, nuevos riesgos aparecerán y las tensiones sobre el crédito probablemente aumentarán. En ese escenario será fundamental que las entidades financieras actúen con prudencia, pero también con sensibilidad hacia una economía que atraviesa uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas.
No debe olvidarse que la mayor parte de la rentabilidad bancaria proviene precisamente de la confianza que la sociedad deposita en el sistema. Los depósitos de millones de bolivianos constituyen la materia prima con la que opera el negocio financiero. Esa confianza, construida durante años, también genera obligaciones.
El país aparentemente necesita bancos sólidos, rentables y técnicamente bien administrados. Pero igualmente necesita entidades comprometidas con la estabilidad económica general y capaces de entender que las crisis no se superan únicamente protegiendo balances, sino contribuyendo activamente a preservar el tejido productivo que hace posible esos mismos balances.
La nueva etapa económica obligará a todos a realizar ajustes. El Estado deberá ordenar sus cuentas, las empresas reinventar estrategias y las familias reorganizar su economía cotidiana. La banca no puede ser la única excepción.
Porque en tiempos de crisis, la fortaleza de una institución no se mide únicamente por las utilidades que obtiene, sino también por la responsabilidad con la que acompaña al país cuando más la necesita.


