Una tregua sin vencedores

Tras más de 50 días de conflicto, Bolivia entra en una tregua política, pero ninguna de las causas estructurales ha sido resuelta y el desgaste institucional deja profundas secuelas

Después de más de cincuenta días de bloqueos, marchas, escasez, tensión social creciente y un país entero sometido a una prueba de resistencia extrema, Bolivia parece entrar finalmente en una pausa. La firma del acuerdo entre el Gobierno y la Central Obrera Boliviana el pasado viernes marcó el primer punto de inflexión. Inmediatamente después llegó el decreto de Estado de Excepción, y finalmente este lunes, las organizaciones campesinas de la Tupac Katari instruyeron el repliegue de sus bases y el inicio de una fase de reorganización interna.

Formalmente, el conflicto ha terminado. Políticamente, sin embargo, está lejos de resolverse.

Durante semanas el país asistió a una escalada progresiva en la que ninguna de las partes parecía dispuesta a retroceder. Las organizaciones movilizadas apostaron por sostener la presión hasta provocar una ruptura política mayor; el Gobierno eligió administrar el desgaste, ganar tiempo y evitar cualquier concesión que pudiera interpretarse como debilidad. Entre ambos extremos quedó atrapada, como casi siempre, la ciudadanía.

No hay vencedores ni vencidos absolutos, pero el Gobierno sale especialmente golpeado: sobrevivió al conflicto, aunque su liderazgo y proyecto político quedan severamente erosionados

Conviene decirlo con claridad: quienes verdaderamente sostuvieron el costo de esta crisis no fueron ni dirigentes sindicales ni ministros de Estado. Fueron los ciudadanos comunes. Familias haciendo filas interminables, comerciantes perdiendo ingresos, productores viendo paralizada su actividad, pacientes sin acceso normal a servicios, estudiantes interrumpiendo rutinas y una economía ya profundamente debilitada soportando un nuevo golpe difícil de cuantificar.

El repliegue de los sectores movilizados no puede leerse como una derrota. El Estado de Excepción alteró las condiciones del conflicto, ciertamente, pero también es evidente que después de casi dos meses de movilización el desgaste material y organizativo comenzaba a hacerse sentir. La retirada tiene mucho de movimiento táctico. Han demostrado capacidad de movilización, capacidad de presión territorial y mantienen intacta la posibilidad de reorganizarse y volver a desplegarse en cualquier momento si las circunstancias así lo recomiendan.

El Gobierno, por su parte, ha logrado mantener el control institucional, pero conviene no confundir supervivencia con victoria.

La administración de Rodrigo Paz Pereira ha obligado al país entero a soportar una estrategia de desgaste que deja profundas secuelas políticas. Su legitimidad democrática aparece inevitablemente erosionada después de semanas sin iniciativa clara, con un discurso ambiguo entre el diálogo y la confrontación dependiendo de la audiencia, y recurriendo finalmente a mecanismos excepcionales para recuperar el control.

Más delicado aún resulta el golpe sufrido por el propio proyecto político que dio origen a esta gestión. La promesa de reconciliación nacional, estabilidad institucional y generación de confianza suficiente para atraer inversión extranjera hoy aparece severamente dañada. Difícilmente un país que acaba de atravesar casi dos meses de convulsión social sin respuestas estructurales puede proyectar al exterior una imagen de previsibilidad.

Quizás esa sea la conclusión más honesta de este episodio: no hay vencedores ni vencidos absolutos.

Pero tampoco todos salen igual.

Las organizaciones sociales retroceden para reorganizarse. El Gobierno permanece en pie, sí, pero considerablemente más debilitado que hace cincuenta días. Y mientras tanto Bolivia vuelve a comprobar, una vez más, que prolongar los conflictos hasta el agotamiento rara vez resuelve las causas profundas que los originaron.

La calma regresa, pero la situación no está resuelta.


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