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Israel, Irán, Gaza y el doble rasero

La guerra no es el camino, pero la diplomacia hace tiempo que no da resultados. El pueblo palestino no merece lo que le está sucediendo

La espectacularidad – que no su eficiencia - del ataque del pasado sábado de Irán sobre el territorio israelí le ha permitido a la diplomacia occidental recomponer los equilibrios de su discurso, obviamente inconsistente dado el brutal genocidio que Benjamin Netanyahu y sus socios de extrema derecha en el gobierno han ordenado sobre Gaza, y precisamente por eso no debería servir para opacar lo que sucede.

El asunto es complejo. Irán diseñó la operación de represalia sobre todo para ser transmitida por televisión. Cientos de drones y de misiles balísticos surcaron los cielos y miles de ciudadanos israelís corrieron hacia los refugios, pero la inmensa mayoría de estos artilugios fue fulminada por el consistente escudo construido por las fuerzas sionistas, obsesionadas con su seguridad como cualquier potencia ocupante en tierra hostil.

Irán no podía dejar sin respuesta la última agresión perpetrada por el ejército israelí, que eliminó a una docena de personas, entre ellas siete generales de la Guardia Revolucionaria, hospedados en las dependencias otrora inexpugnables de la embajada iraní en Damasco (Siria). Era la última de una serie de operaciones de inteligencia que venían alcanzando objetivos y básicamente, matando gente.

Irán es la señalada como principal aliada de Hamás y el régimen que coadyuvó en el ataque del 7 de octubre de las fuerzas terroristas a los enclaves coloniales que rodean la Franja

Tampoco es que fuera al azar. Irán es la señalada como principal aliada de Hamás y el régimen que coadyuvó en el ataque del 7 de octubre de las fuerzas terroristas a los enclaves coloniales que rodean la Franja, a la sazón la mayor cárcel a cielo abierto del mundo.

Entrar al detalle en el tema implica horas de estudio de la historia de la región y también el análisis de los acontecimientos recientes, con la conformación del último gobierno ultra de Netanyahu que integró a la rama que exige completar la toma de la “Tierra Prometida”, y con la pugna musulmana de sunitas (Arabia Saudí y todos los demás) versus chiítas (Irán y pocos más) y el acercamiento de los primeros hacia una normalización de relaciones con Israel intermediado por el gran patrón, Estados Unidos, enemigo acérrimo del régimen de los ayatolás. En cualquier caso, los analistas más cualificados coinciden en que el clima de tensión actual derivado del ataque del 7 de octubre, fue buscado tanto por unos como por los otros, pues en este caso los extremos se tocan.

La cuestión es que ni la geopolítica iraní ni el fanatismo religioso israelí puede justificar un genocidio como el que se vive en la Franja de Gaza, territorio ocupado por Israel y técnicamente un campo de refugiados donde se perpetra un castigo colectivo como represalia por acciones individuales, tipo penal detallado en los convenios internacionales al respecto de los crímenes de guerra y que todo el mundo occidental mira de reojo enhebrando discursos de solidaridad calculados para no enojar a los sionistas.

La guerra no es el camino, pero la diplomacia hace tiempo que no da resultados. El pueblo palestino no merece lo que le está sucediendo y es justo que la comunidad internacional y aquellos países que sí se han atrevido a reconocer el Estado Palestino – 139, entre ellos Bolivia – den más pasos para su normalización. Los seres humanos no entienden de cálculos geoestratégicos y las vidas no son monedas de cambio.


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