La ONU que no sirve

Pandemia y guerra europea con impacto económico mundial parecen haber desarrollado un caldo de cultivo para el apocalipsis, para una suerte de enfrentamiento global que nadie quiere y para el que todos se preparan.

La Asamblea General de las Naciones Unidas se ha convertido en una cita anual decadente que ilustra muy bien la deriva de estos tiempos. Básicamente todos los líderes mundiales se reúnen en la plenaria para describir un mundo en destrucción y cuestionar las dinámicas que lo precipitan, pero cuyos discursos se olvidan ni bien se cierra la cita. Quien más quien menos tendrá un espacio en los noticieros de medio mundo, aquel que haya metido la frase más ingeniosa o haya desempeñado la performance más impactante.

Casi todo es predecible: Jair Bolsonaro usó el púlpito para criticar al comunismo y hacer campaña contra Lula da Silva ante sus inminentes elecciones; Luis Arce criticó el capitalismo; Antonio Guterres reiteró por sexto año que el tiempo se acaba y los europeos hablaron de democracia. Zelenski pidió armas en la casa de la paz.

Había interés por escuchar al colombiano Gustavo Petro, gran orador y de estreno en estas lides, que no dudó en abogar por la legalización de la cocaína en el marco de un discurso muy ecologista. También por escuchar al joven presidente chileno, Gabriel Boric, que tanto se esforzó por marcar distancias con la izquierda venezolana que pareció alinearse al otro lado.

“Si una nación persigue sus ambiciones imperiales sin consecuencias, entonces ponemos en riesgo todo lo que representa esta institución”, dijo ni mas ni menos que Joe Biden

“Si una nación persigue sus ambiciones imperiales sin consecuencias, entonces ponemos en riesgo todo lo que representa esta institución” dijo ni más ni menos que el presidente norteamericano Joe Biden, que remataba con un “ningún país puede ocupar por la fuerza el territorio de una nación” que ciertamente desató la hilaridad de algunas delegaciones. Obviamente no se refería a sus pecadillos sino a Rusia y la invasión a Ucrania.

En la mañana de ese mismo miércoles y no por casualidad, Vladimir Putin había ofrecido las condiciones para pactar el fin de la guerra, eso sí, camuflado en una amenaza global de usar el botón nuclear y a la vez que convocaba a unos 300.000 reservistas a la todavía “operación especial” que comanda en Ucrania y que se resiste en llamar guerra. Putin buscaba la respuesta del jefe de la OTAN, que es Joe Biden, precisamente en ese escenario fallido, que es Naciones Unidas.

Hace solo un año nadie esperaba que se pudiera desatar una guerra convencional en Europa y con Rusia como protagonista; los líderes hablaban entonces de la Covid y de una salida coordinada, y también se lamentaban las penurias del sistema y sus desigualdades mientras los ricos acaparaban vacunas y los pobres, oraciones.

Pandemia y guerra europea con impacto económico mundial parecen haber desarrollado un caldo de cultivo para el apocalipsis, para una suerte de enfrentamiento global que nadie quiere y para el que todos se preparan. Lo evidente es que Naciones Unidas, institución sobre la que todos los líderes hablan mal, no tiene la capacidad de evolucionar y dar nuevas respuestas, sino apenas de intentar conservar un orden mundial sostenido sobre un Consejo de Seguridad con miembros privilegiados pero que habla de igualdad y horizontalidad y que es la base del fracaso.

Todo viene pasando demasiado rápido en el mundo en los últimos años. Todos hablan de cambio y nada cambia. Todos hablan de futuro mientras se vive día a día. Todos tienen ideas y nadie da primer paso. Conservar la misma paz mundial ya parece un tremendo desafío.

 

 


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