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Del libro: “Bolivia en el primer centenario de su independencia”

Monografía del departamento de Tarija

Cántaro
  • Carlos Paz
  • 14/06/2026 03:54
Moisés Navajas

Moisés Navajas

Portada de “Bolivia en el primer centenario de su independencia”

Portada de “Bolivia en el primer centenario de su independencia”

Alrededores de Tarija

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Vista de Tarija

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Centro de Tarija

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Anuncios de empresas tarijeñas

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Chapaco y chapaca

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Anuncios de la época

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Iglesias de San Roque y San Juan

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Moisés Navajas
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Iglesias de San Roque y San Juan

El porvenir de Bolivia está en sus valles. Su futura grandeza se encuentra en la orilla de sus ríos, en sus vegas y en sus dehesas, donde las corrientes inmigratorias de un día tal vez no lejano, han de hallar el poderoso filón de explotación agropecuaria, única fuente de riqueza estable y duradera, y a la sombra de la cual emergen las industrias, el comercio y la economía de un pueblo.

Tarija, el Beni, Santa Cruz, Cochabamba, Yungas y las provincias tropicales de Chuquisaca, poseen en su suelo exuberante todo un tesoro de riquezas aún no explotadas y poco conocidas; pero que tarde o temprano tienen que producir una verdadera revolución en nuestra economía nacional, Cuando esos valles, tan olvidados hasta hoy, se hallen cruzados por líneas férreas; cuando el agricultor pueda trasportar sus productos de un extremo a otro de la República para llevarlos a los países de ultramar; cuando el ganadero boliviano sirva con sus carnes congeladas a los mercados de Londres y París; cuando consumamos en nuestras necesidades el pan y el azúcar elaborados absolutamente con nuestros esfuerzos y podamos lucir tejidos de seda, lana y algodón producidos e industrializados exclusivamente en Bolivia, recién habremos consagrado nuestra grandeza y nuestra independencia económica, territorial, política e internacional.

“Tan rica como Granada, tan bella como Andalucía,” exclamaban los primeros pobladores del esplendoroso y fértil valle de Tarija, al trasmontar las cumbres de la cordillera de Iscayachi y contemplar, desde lejos, la exuberancia de ese suelo privilegiado, cubierto por el variado verdor de diversos matices de una vegetación paradisiaca, en verdad que no se equivocaban al comparar aquel ignoto país del Dorado, con las regiones más ricas y bellas del Universo.

Pocas regiones, en realidad, como Tarija, tendrán esa diversidad infinita de producciones, así como esa gama exquisita de tonalidades en la vegetación de sus praderas, en la silenciosa majestad de sus bosques virginales, en el dulce correr de sus aguas puras y cristalinas y en la variedad de sus animales.

Cuando las paralelas de hierro, desde Villazón, crucen las estepas de Taxsara e Iscayachi, penetren a la cuenca de Tarija y de allí sigan bifurcándose en dos líneas, la una hasta las juntas de San Antonio y la otra hasta Yacuiba, entonces, Tarija, al dar a Bolivia sus riquezas en la variedad de su flora y de su fauna, se levantará con el empuje automático de sus producciones a la altura de uno de los mercados de mayor importancia.

GEOGRAFÍA.—

La ciudad de Tarija se halla situada a los 21o 29' 07" de latitud S. y 64o 24' 17'' de longitud oeste del meridiano de Greenwich, y a la altura de 1950 metros sobre el nivel del mar. Mide todo el departamento, de S. a N., 44 leguas, y 65 de Oriente a Poniente, formando, en total, una extensión de 1529 leguas cuadradas.

Tiene por límites: al N. el departamento de Chuquisaca; al S. la República Argentina; al E. el Paraguay, y al O. el departamento de Potosí.

El valle de Tarija se halla formado por dos cordilleras paralelas que descienden desde Caisa, uno de los contrafuertes de los Andes y Taxsara, en una extensa cadena de riscos y precipicios entrecortada por anchas y largas vegas hasta abrirse y perderse hacia el S. E. para formar la vasta llanura del Chaco. En Tarija reciben los Andes un contrafuerte, que dirigiéndose de Levante a Poniente, apoya la cadensa de Caisa. El ensanche que con él toma esta cadena, continúa hasta Guarepetendi, donde el Pilcomayo se abre paso a los llanos de Manso.

Bajo un sol tropical y regado en la mitad del año por abundantes lluvias, ostentaba, antes que lo violara la mano del hombre, todo el lujo de una vegetación opulenta. Sus arroyos corrían frescos y puros por entre tupidos cañaverales coronados de suaves y frondosos y robustos árboles sombreaban sus vegas.

Es tan rica y fértil la tierra de Tarija, que el año 1785, casi dos siglos y medio después que fue descubierta por don Francisco Tarija, escribía don Juan de Pino Manrique, en un informe elevado al Excelentísimo Señor José de Gálvez, los siguientes       conceptos: “Aquí necesitaba yo, Señor Exmo., (al referirse a Tarija), la pluma del Arlobispo de Cambray para describir la serenidad y buen temple de aquel cielo, la hermosura y feracidad de los campos, lo abundante de sus aguas: bastará decir que entre tantos reinos y provincias que he andado, no hallo tierra en ambas Américas que sea comparable a este país, y sólo el fértil reino de Granada tiene con él alguna semejanza. Allí se dan el trigo, el maíz y los i demás frutos preciosos, el árbol que produce la yerba del Paraguay, la coca, el vino, el lino, etc...”

Ese suelo fértil y rico yace inculto en sus siete octavas partes, o más, por la falta de mercados que sirvan de aliciente a los agricultores para intensificar sus cultivos, a la vez que por ese espíritu retardatario, sin grandes aspiraciones, del campesino tarijeño, que se contenta con tener el pan del día, sin preocuparle la riqueza del futuro ni el provenir de la familia.—Ya el Padre Corrado observaba con mucha razón, que “una población más numerosa, más inteligente, más activa y menos resignada a las incomodidades de una vida semiagreste podría convertir estos campos en deliciosas campiñas.”

La región que circunda Tarija es un paisaje abigarrado compuesto de cuencas y cañones, abierta sobre rocas paleozoicas por la acción poderosa fluvio-glacial del diluvium. Las rocas de estas montañas están formadas por cuarcitas, esquistos arcillosos y areniscas pertenecientes al terreno cambriano y al siluriano.

La opinión común, apoyada en la tradición y confirmada por las observaciones geológicas, afirma que la cuenca de Tarija, rodeada completamente de cerros, formó en otro tiempo un inmenso lago, y desbordándose por la orilla más baja que represaba las aguas, fueron éstas abriendo la brecha que con el nombre de La Angostura, se observa al sudeste del valle de la Concepción; maravillosa obra de la naturaleza, que mide de 26 a 48 metros de ancho por más de 400 de largo y 94 de alto. Actualmente se desaguan por ese angosto o canal, todos los ríos y riachuelos de la cuenca de Tarija, desde el famoso Guadalquivir, que al juntarse con otros ríos se lanza en tierras fragosas por entre saltos y breñas impenetrables, atraviesa Salinas e Itau con el nombre de río de Tarija hasta juntarse cerca del Orán con el Bermejo en las Juntas de San Antonio, donde es navegable en pequeñas lanchas, y recorriendo el territorio del Gran Chaco, desemboca en el Paraguay.

Fijando sólo la atención y el estudio en la cuenca de Tarija, los sabios tienen un campo inmenso de investigaciones científicas y problemas inagotables sobre geología y antropología.—Es también célebre el territorio de Tarija, por los enormes huesos fósiles que se encuentran en diferentes puntos, huesos que por sus dimensiones y por el examen que han hecho los sabios naturalistas Lavagne, D’Orbigny, Matson, Cuvier, Humboldt, Nordeskiold y otros, pertenecen a los animales atediluvianos, mamouth, megaterios, mastodontes, y muchas otras especies, que al ser arrastradas por fuertes corrientes de agua, las depositaron en la cuenca de Tarija, cubriéndolas de capas de arcilla y de limo, lo que revela el resultado de un trastorno violento, una innundación y un mar que se abrió camino a través de todos los obstáculos.

El río que rodea Tarija fue llamado Nuevo Guadalquivir, por el fundador Luis de Fuentes. Al juntarse con el Bermejo se llama río Tarija, atravesando antes las provincias Arce y Avilés. Además, cruzan el territorio tarijeño el río Pilcomayo y el Parapetí que van a desembocar en el Paraguay después de regar las cálidas arenas del Gran Chaco entre bosques y pantanos.

El departamento de Tarija se halla dividido en las siguientes provincias: Provincia del Cercado, capital Tarija.—Provincia Méndez, capital San Lorenzo.—Provincia Avilés, capital Concepción.—Provincia Arce, capital Padcaya.—Provincia O’Connor, capital Entre Ríos, antes San Luis.—Provincia del Gran Chaco, capital Yacuiba; de esta última provincia se ha segregado el territorio de colonias de la Delegación del Gran Chaco cuya capital es Villa Montes, fundada por ley de 27 de diciembre de 1905 en el lugar de la antigua Misión de San Francisco.—En conjunto, el departamento de Tarija se halla dividido en seis provincias, siete secciones, una ciudad, tres villas, treinta y dos cantones, cincuenta y siete vicecantones y cuatro misiones.

Cuenta hoy todo el departamento de Tarija con 149.000 habitantes y la capital con 15.000 habitantes; de los que dos terceras partes son de la raza blanca y la otra tercera parte compuesta de la raza criolla y mestiza.

La ciudad se halla reclinada a orillas del Nuevo Guadalquivir, que, al recorrerla por su parte sud, constituye un incomparable balneario por la perfumada brisa de su ambiente, la cristalina pureza de sus aguas y el verdor paradisiaco de las quintas o tapiales que circundan la población en medio de una vegetación exuberante y de un clima suave; todo un conjunto que hace la delicia de los habitantes de ese pequeño jardín del suelo boliviano.

Cuenta la ciudad con ochenta y dos manzanas y veinticinco calles, con las plazas Luis de Fuentes, Sucre, Campero y Uriondo y con el Parque Bolívar, verdaderos paseos de atrayente presentación. La topografía es plana, con sus calles rectas, edificación moderna y relativamente aseada por sus propias condiciones climatéricas y su estructura. Su proximidad a Buenos Aires, a donde viajan constantemente los tarijeños en tres días, contribuye a que en la ciudad se cuente con todas las comodidades y refinamientos de un confort moderno. El viaje se hace de Tarija a La Quiaca en ocho horas de automóvil, en un recorrido de cerca de doscientos kilómetros.

Lo que más llama la atención del turista es la raza esbelta, noble y fuerte que puebla toda la campiña de Tarija. Allá no se conoce lo que es el indio. Los primeros pobladores españoles cruzaron su sangre con los buenos y mansos chichas y tomatas, y de esa cruza de sangre ibérica con sangre autóctona ha resultado la raza viril, altiva, de belleza corporal y apacibilidad de espíritu con que se caracteriza el chapaco, nombre que se da al campesino taríjeño.—Existen regiones como Sella, Tomatas, Chocloca y otras, donde se encuentran mujeres de sorprendente hermosura por las líneas perfectas de su fisonomía, y por la blancura sonrosada de su cutis, ligeramente tostado por los rayos solares, por sus negros ojos rasgados sombreados por largas pestañas y por la esbeltez de su apostura. Y entre los hombres, hay también muchos que lucen espesa barba rubia y luengos bigotes, ojos azules y tez blanca. Por lo general el chapaco o campesino tarijeño es alto, mide más de 1 m. 70 cms., corpulento, de barba llena, ángulo facial aproximado al de la raza caucásica, cabeza grande, dientes blancos, nariz regular, pecho alto y ancho; extremidades gruesas y fuertes.

 Por carácter es el chapaco apacible pero muy flojo, sin grandes aspiraciones ni deseos de mejorar en su manera de ser. La causa de esta abulia se explica porque vive en medio de la abundancia. Jamás ha sentido las penurias de una situación apremiante, así es que se contenta con tener el sustento necesario para pasar el año y no aspira a más, y aunque se le presenten expectativas de pingües ganancias, las desecha con tal de entregarse a la holganza y al ocio. Su única aspiración consiste en viajar a la República Argentina. Jinete desde que tiene uso de razón, monta a caballo y dispara con la esposa o la dulcinea en las ancas del animal. El chapaco que ha ido a la Argentina, vuelve de botas granaderas, con montura enchapada en plata y con ricos arreos, con espuelas y enorme cuchillo, tira el lazo con maestría y se siente superior a sus coterráneos porque monta en brioso corcel y porque ha conocido las tierras de abajo, como él llama a las provincias del Norte de la República Argentina.

Viste el campesino tarijeño pantalón largo y muy ancho, blusa llena de tablas, sombrero alón de copa más baja que el sombrero mejicano, sandalias o abarcas de suela alta, poncho color vicuña o avellana generalmente de fabricación extranjera y un gran cuchillo en vaina de cuero sujeto del cinto en la parte trasera. La mujer es muy elegante: calza rico zapato de charol y media de seda en las solemnes festividades; la consabida pollera boliviana, pero más encarrujada y casi a la rodilla, blusa de encajes, sombrero de regular ala y achatado de copa y una rica manta bordada con flecos de seda.

El chapaco, en la vida íntima, es reservado y timorato, respetuoso a la vez que engreído porque sus servicios son muy solicitados por la escasez de colonos en las propiedades de Tarija; pero en las fiestas, apenas ha libado algunas copas del áureo licor nacional de la chicha, se muestra expansivo y lleno de buen humor. Gusta de cantar sus coplas y huayños; generalmente entre el mancebo y la bien amada se traban en verso, entonados en melodiosa música, diálogos ditirámbicos, muchos de ellos improvisados, que arrancan de parte de los concurrentes, aplausos y señoras carcajadas de expansión campechana.

Según la época del año varía de instrumento de música. En la fiesta de la Pascua usa el violín construido por él mismo; en la de San Roque la trompeta, que consiste en una caña hueca de cuatro a cinco metros que lleva al extremo un cuerno de buey y que sopla desde la extremidad inferior produciendo un sonido ronco y lúgubre; y en la fiesta del carnaval usa la flauta o quena y un tambor pequeño llamado caja con el que acompasa sus danzas populares.

Habla el español, un español con muchos estilos cervantescos, construcciones enrevesadas, mezclado con pocas frases quechuas degeneradas o transformadas a capricho, acentuando las últimas sílabas con cierta pronunciación marcada de notas agudas.

Juega la taba, hueso que saca de las extremidades del ganado vacuno, y cuando tiene alguna contienda personal que afecte a su honra, se desafía a cuchillo, que maneja con una destreza admirable, a manera de cortes y ataques de esgrima.

La región del Chaco se halla poblada por indios Chiriguanos, Tobas, Matacos y otras razas; caracterizándose los primeros por su afición a la música y al juego, los segundos por su habilidad de equitación, al extremo que disparan y tiran la flecha sobre el caballo sin montura, y los terceros por su ferocidad, difíciles de ser sometidos a la civilización. Hoy los chiriguanos son los mejores amigos del misionero.

HISTORIA.-

La historia antigua de Tarija queda envuelta entre tinieblas y poco menos oscura es la que precedió a su conquista.

El territorio tarijeño era el último límite, hasta donde los sucesores de Manco Capac habían extendido su imperio por ese lado. Habitábanlo una tribu de indios chichas, valientes y belicosos, que, según Garcilaso, reinando el inca Viracocha, quedaron sujetos al dominio de los hijos del sol. Los alrededores de Tarija en Canasmoro, Sella, Cuimata y la Victoria, estaban poblados por los buenos y pacíficos Tomatas; y los lugares de Chocloca, Guairivana, La Angostura y lo que se hoy el valle de la Concepción, pertenecían a la parcialidad de los churumaias, de quienes habla el P. Lorenzo en su “Descripción del Gran Chaco.”

Limítrofes a las referidas tribus, tras la serranía que conduce al Chaco, habitaban los feroces chiriguanos, verdadero azote de las naciones confinantes con ellos. Los incas mandaron construir algunos fuertes para defender a los chichas y tomatas de los asaltos de los terribles chiriguanos.

Los cronistas aseguran que ya en el año 1545, Francisco Tarija penetró a este valle con algunos compañeros, huyendo de la guerra civil entre Pizarro y Almagro.—Sólo así se explica de cómo los primeros pobladores con Luis de Fuentes, ya encontraron en Tarija ruinas de edificaciones abandonadas y una gran cantidad de ganado vacuno alzado.

Los constantes ataques de los chiriguanos, no sólo al valle de Tarija, sino a las provincias de Chichas y a las contiguas de Charcas, desolando poblaciones, inspiraron al virrey Francisco de Toledo el proyecto de guarnecer estas regiones con algunas poblaciones españolas. El 22 de enero de 1574, estando en la visita de Charcas, despachó una provisión, con la cual Luis de Fuentes, distinguido caballero español, quedaba encargado de fundar en el valle de Tarija, una villa con el nombre de San Bernardo de la Frontera, para lo que se le investía con los grados de capitán y justicia mayor y con amplios poderes para la repartición de las tierras.

Después de muchos esfuerzos logró el capitán Luis de Fuentes, reunir en Chuquisaca y Potosí 54 españoles con otros tantos indios y tomó por capellán al vicario del convento de Santo Domingo de la ciudad de La Plata, Fray Francisco Sedeño, que fundó el primer convento de religiosos en Tarija; y emprendió con este puñado de valientes la arriesgada expedición.

Vencidas las cien leguas de distancia que hay de Sucre a Tarija por Potosí y trasmontada la enorme sierra de Iscayachi, hizo alto la expedición en las faldas de Calama, donde los españoles fueron recibidos por los tomatas con muestras de simpatía, como a sus futuros defensores contra los feroces chiriguanos.

Tres leguas más al sud, sobre la ribera izquierda del nuevo Guadalquivir, al pié de una pequeña loma, sobre una espaciosa meseta fundó Luis de Fuentes la villa de San Bernardo de la Frontera de Tarija, dándole este último nombre de homenaje al primer explorador de la región, don Francisco Tarija, el 4 de julio de 1574, cuando reinaba en España Felipe II y ocupaba la silla apostólica el sumo pontífice Gregorio XIII.

Se organizó un Cabildo, cuyos miembros, elegidos por el virrey Toledo, se componía de los alcaldes Antonio Domínguez y Gutierre Velásquez; de los regidores Jaime de Luca, Blas González Cermeño, Francisco Ortiz y Hernán González; del procurador Diego de Palacios; del mayordomo Juan de la Vega y del escribano Francisco Fernández de Maldonado. El hidalgo Alonso de Avila fue tesorero de la real hacienda.

A poco de ser fundada Tarija, sus pobladores se vieron en duros aprietos, porque la mayor parte desertaron para volver a Chuquisaca y Potosí ante las penurias sufridas por la escasez de víveres y los ataques diarios que tenían que soportar de los belicosos chiriguanos, quedando apenas veinte de los primitivos pobladores. Sabedor de esto el virrey Toledo, los socorrió con una suma de dinero y los facultó para que pudieran hacer uso en sus necesidades diarias del ganado vacuno; ordenó les enviaran municiones desde Potosí para la defensa de la plaza, junto con un refuerzo de ciento cuarenta indios de Cotagaita y Talina.

Sin embargo, el desasosiego en que vivían los habitantes de Tarija fue creciendo porque los ataques y la guerra bárbara no cesaban. En uno de esos ataques—era el 10 de agosto—los españoles, al verse perdidos, invocaron la protección de San Lorenzo, el santo del día; sus fuerzas reaccionaron milagrosamente y les causaron a los chiriguanos enormes bajas y una completa derrota. En conmemoración a este combate fundaron el pueblo de San Lorenzo hoy capital de la provincia Méndez, y el lugar del triunfo fue bautizado con el nombre de la Matanza, hoy La Matara.—En otra ocasión, los chiriguanos al encontrar a los españoles desprevenidos, tomaron por asalto la villa de Tarija, asesinaron al gobernador Macías y se llevaron un enorme trofeo de guerra, consistente en provisiones y en prisioneros para martirizarlos en sus bacanales de antropófagos.

Mientras los primeros colonos hacían esfuerzos para dominar a los bárbaros, la villa de San Bernardo progresaba paulatinamente por la fertilidad de sus valles y la abundancia de sus productos agrícolas y ganaderos; aliciente que atrajo la inmigración de nuevos colonos españoles, de indios yanaconas y negros esclavos, que se dedicaban a la cría de rebaños que pacían en Tolomosa, Cañasmoro, Sella, Concepción, y al cultivo de los viñedos.

Los misioneros católicos, que han sido en toda época, las avanzadas en la civilización de los pueblos, fundaban sucesivamente sus conventos en Tarija para penetrar, desde allí, con su cruz y su evangelio, a las regiones de Salinas y el Chaco hasta Asunción del Paraguay. De ahí que en el siglo XVII ya habían en Tarija los dominicos, los franciscanos, los jesuitas y los agustinos.—Descubrió el Gran Chaco el año 1586 don Juan Baños y tras de él intentaron su conquista Martín de Ledesma, Juan Manso, don Pedro Lazarte, don Cristóbal de Sanabria y cientos de padres conversores que con la sangre del martirio regaron aquellas tierras para civilizar a los salvajes.—El Gran Chaco ha sido, desde entonces, el campo de exploración y de holocausto de los misioneros y de los sabios; siendo el último en dar su vida en aras de su amor a la ciencia, el sabio francés Creveaux, en el lugar donde fue sacrificado y que lleva su nombre.— Igualmente han penetrado hasta aquellas selvas con valor temerario: D’Orbigny, Thouar, Nordeskiold y tantos otros eminentes naturalistas exploradores.

Corrieron más de 24 años desde que se fundó Tarija.—Luis de Fuentes como todos los grandes apóstoles de La humanidad, tuvo que luchar no sólo contra la ferocidad de los chiriguanos, sino también, contra la envidia de sus émulos compatriotas, que lo calumniaron y difamaron, siendo por tal causa tres veces separado de su cargo y tres veces nuevamente repuesto por el virrey, que le concedió al último el título de capitán general. Habiéndose retirado de Tarija, murió en Chuquisaca en 1598 sin olvidar al pueblo de su conquista ni en los últimos instantes de su vida.

Así transcurrieron los años y los siglos XVII y XVIII en medio de una vida sedentaria y agreste, de alarmas e intranquilidades a un principio por los ataques de los feroces chiriguanos, e interrumpida después, por uno que otro acontecimiento, como la visita de un Arzobispo de La Plata, de algún hidalgo o de una que otra autoridad, que desde Chuquisaca, Lima, Buenos Aires y Potosí venía a estudiar política eclesiástica y administrativa de la villa de Tarija. Por lo demás, aquella villa como todas las de los dominios de América de los Reyes Católicos de España, estaba sumida en la misma sombra de obscurantismo, porque el sistema de colonización de la madre Patria era únicamente el de inculcar a sus vasallos una ciega adoración a su Dios y a su Rey, sin permitirles medios de ilustración y de progreso.

En tal virtud, Tarija, por sus condiciones geográficas, alejada de los más grandes centros de población de los virreinatos de Lima y Buenos Aires, si consiguió alcanzar algún progreso fue muy mediano y debido exclusivamente a sus propias riquezas y a sus habitantes.—En el siglo XVIII, aparecen gruesas fortunas como la del Marqués Campero, la del Alférez real don Inocencio Rodrigo de Valdivieso, la del filántropo Francisco Gutiérrez del Dogal, la de don Juan Tejerina y otras que al procurar un mejoramiento económico impulsaron el progreso de esta villa. En ese mismo siglo el Rey le confirió a Tarija los títulos de muy leal y muy fiel.

El rey Carlos IV, en los últimos días de su reinado, el 17 de febrero de 1807, segregó Tarija del Arzobispado de La Plata, ordenando que en lo espiritual obedeciera al Obispo de Salta, pero dependiendo en lo temporal siempre de Potosí. El Cabildo de Tarija reclamó de semejante provisión y elevó un memorial a la corona; pero cuando ese factum llegó a España no había rey, ni en Roma había Papa, porque los dos soberanos estaban presos por orden de Napoleón, y al poco tiempo sobrevino la Guerra de la Independencia con la primera chispa de la revolución lanzada en Chuquisaca y secundada temerariamente en La Paz, Cochabamba y Buenos Aires

El grito de independencia de Chuquisaca de 1809, resonó en Tarija y la causa santa de la libertad halló héroes y mártires, como don Juan José Fernández Campero, marqués de Tojo y Yavi, que contriyó con su dinero y con sus esfuerzos a la independencia del Alto Perú, hasta que tomado prisionero por los realistas, murió en Jamaica, cuando lo llevaban a España para ser juzgado; como Eustaquio Méndez el indomable caudillo, como Francisco Guerrero, don José Ignacio Mendieta, don Ramón Rojas y su sobrino Manuel Rojas, don Francisco Uriondo, el caudillo aristócrata, y tantos otros que con su sangre y con su vida contribuyeron a dar éxito a esa guerra de caudillos, llamada de las republiquetas, que trastornó los planes de la estrategia realista y dio en tierra con el poder de España en América.

Tarija debe su importancia en la guerra de la independencia, a su situación geográfica, a su fisonomía especial como territorio y a la conveniencia de los beligerantes de ocupar militarmente ese país como frontera estratégica. Por eso durante toda la guerra de la independencia, treinta veces fue ocupada Tarija por las fuerzas realistas y otras tantas fue evacuada para dar paso al empuje irresistible de los patriotas. Así se explica de cómo estuvieron en Tarija de parte de los realistas el virrey La Serna, y los Generales y Jefes Olañeta, Marquiegui, Álvarez., Ramírez, Santa Cruz, Canterac, Vigil, Pezuela y muchos más; y parte de los patriotas, Güemes, La Madrid, Arias, Rondeau, Burdett, O’Connor, Arenales y un sin número de emisarios civiles y militares enviados desde Buenos Aires, Chuquisaca, Potosí, Lima Salta y Jujuy.

Entre los muchos combates que se libraron en el territorio de Tarija, el dado en La Tablada el 15 de abril de 1817 tuvo una gran importancia. Ocupaban la plaza los realistas, teniendo por jefe a don Mateo Ramírez. Necesitando Belgrano para la prosecución de sus planes bélicos tomar la plaza de Tarija, envió un escuadrón al mando del coronel La Madrid. Este, eficazmente colaborado por los guerrilleros Méndez, Rojas y Uriondo se presentó en la loma de San Juan, intimó rendición a los realistas, los atacó duramente y los rindió entrando triunfalmente a la plaza con las armas, municiones y prisioneros tomados al enemigo como trofeos de su brillante victoria.

La batalla de la Tablada fue de trascendentales resultados para el sucesivo éxito de los patriotas. Con la toma de la plaza de Tarija por La Madrid, se volvió a levantar contra los realistas el valle de Cinti, y el General La Serna se encontró en una situación desesperante, confinado en Jujuy, rodeado de las fuerzas de Güemes, privado de víveres y sin acción ni movilidad sobre su frente.

Es indudable que Tarija se pronunció a favor de la causa libertaria, apenas conoció el grito de independencia lanzado en Chuquisaca el 25 de mayo de 1809, mas no se conoce la fecha precisa de ese año. En los archivos sólo figura un pronunciamiento en el mes de julio de 1810, adhiriéndose a la revolución de Buenos Aires. Ya en Suipacha se presentan las vanguardias de caballería tarijeña y durante la guerra de los quince años Tarija fue el lugar preferido de los patriotas para alistar fuerzas de caballería así como para rehacer sus pertrechos de guerra.

Terminada la guerra de la independencia con las batallas de Junín, Ayacucho y Tumusla, la Argentina constituyó una legación en el Alto Perú, a cargo de los plenipotenciarios, general Carlos de Alvear y doctor José Miguel Díaz Vélez para reclamar Tarija, en virtud de la cédula real de 17 de febrero de 1807, de que ya hemos hablado. El Libertador Bolívar recibió a la misión diplomática con muestras de simpatía, y deseoso de complacerla, dio el decreto de 6 de noviembre de 1825 entregando Tarija a la Argentina.

Tarija se había pronunciado desde que terminó la guerra, en motines y asonadas, en favor del Alto Perú. Cuando fue conocido el decreto del Libertador la excitación subió de punto y el 26 de agosto y el 7 de septiembre de 1826, se produjeron dos movimientos consecutivos de protesta por semejante decreto y desconociendo al gobernador Gordaliza que había sido impuesto por el general Arenales, lo depusieron de su cargo y se organizó con los elementos más prestigiosos de la villa una junta o comité de notables, presidido por el general don Bernardo Trigo, verdadero autor y cabeza del movimiento revolucionario.

Este comité o junta de notables, dio a conocer en una proclama la voluntad del pueblo tarijeño de seguir perteneciendo a la nueva república Bolívar. Cuando el Mariscal Sucre se hico cargo de la Presidencia de la República, el orden público en Tarija estaba hondamente perturbado ante el temor de ser entregada a la Argentina. Uno de los primeros actos del Gran Mariscal fue definir esta cuestión de vital importancia para la vida de la nueva nacionalidad, y la definió con mirada de gran estadista y de eminente político.

Como primera medida, ordenó al Coronel Burdett O’Connor, que estaba en Tupiza, que se trasladase a Tarija para cambiar al Gobernador, lo que inmediatamente cumplió el coronel Burdett, quien reunió al Cabildo, tranquilizó al pueblo haciéndole ver que el Mariscal era decidido partidario de la reincorporación de Tarija a Bolivia y puso de gobernador al general Bernardo Trigo.

Al fin el 2 de septiembre de 1826 dictó el Congreso una ley por la que declaró que: “La Representación nacional desconoce los actos y niega su ratificación a las negociaciones por las que haya sido desmembrada Tarija del territorio del Alto Perú, hoy Bolivia; reconoce la voluntad de Tarija de incorporarse a Bolivia y declara que serán admitidos sus diputados al Congreso Constituyente.”

Volvió la calma a Tarija y el Colegio electoral y la Municipalidad dirigieron un oficio de agradecimiento a los representantes nacionales y de profundo reconocimiento al Mariscal Sucre. Recién entonces se incorporaron al Congreso los diputados José María de Aguirre y José Fernando de Aguirre; por eso no figura el nombre de representante alguno por Tarija en el acta de independencia, pues no fueron admitidos sino a fines del año 1826.

Este es el origen del secular pleito entre Bolivia y la Argentina, sobre cuestión de límites; pleito que aún no ha terminado, pues, si bien la República Argentina ha reconocido la voluntad de Tarija de incorporarse a Bolivia, en cambio han sobrevenido, después, divergencias sobre la línea del paralelo 22 y sobre la línea de demarcación de Esmoraca, Zapalegui, Santa Victoria y otras, que no se han solucionado hasta hoy, no obstante el tratado de límites Quirno Costa—Vaca Guzmán y de los protocolos que nuestros ministros plenipotenciarios Ichaso, Carrillo, Baptista, Villazón y Alonso tienen suscritos con la cancillería de la Casa Rosada.

Por ley de 22 de noviembre de 826 quedó reincorporada la provincia de Tarija al Arzobispado de Charcas, habiendo en lo eclesiástico sido nombrado primer vicario foráneo, el cura provisor doctor don Baltasar Arce; y el 4 de febrero de 1858 el gobierno de Bolivia dio pase al rescripto pontificio de 23 de septiembre de 1857 dictado por S. S. Pío IX, ordenando y aprobando la reincorporación de Tarija al Arzobispado de La Plata. “I no podía ser de otra manera—manifiesta un historiador contemporáneo—si Tarija vivió del Alto Perú con profundas raíces en el pasado; se empapó en la vitalidad de Charcas y creció con ella.” En 1733 fundó Aguairenda, en 1792 Itau y Zapatera y después Yacuiba, Itiyuri, Villa Rodrigo, Chimeo y otros centros de población: todo eso. fue la colonización, la sangre y las largas guerras que le costaron a la Audiencia de Charcas, al amparo del fraile sacrificado y del ciudadano en segundo término.

El caudillo argentino Facundo Quiroga el año 1832 amenazó venir a tomar la provincia de Tarija. Santa Cruz, que estaba de Presidente, mandó con tal motivo al General Burdett O’Connor a hacer la defensa del territorio tarijeño, organizando fuerzas militares con un total de 3.200 hombres. El conato de guerra no llegó a realizarse, sino el año 1837. El tirano argentino Rosas, con el fin de destruir la Confederación Perú Boliviana, y tal vez de incorporar en seguida Tarija a la Argentina, declaró la guerra a Bolivia. El General Brown, a la cabeza del ejército boliviano, obtuvo las grandes victorias, contra el ejército argentino, en las batallas de Humaguaca, Iruya y Montenegro en Junio de 1838.

Por ley de 23 de enero de 1827, Tarija es elevada a la categoría de ciudad y por ley de 24 de septiembre de 1831, el territorio Tarijeño fue erigido como departamento de la República.

En los cien años de vida republicana, Tarija ha contribuido con la sangre de sus soldados y con el esfuerzo de sus estadistas al engrandecimiento de la Patria común. En Iruya, Montenegro, Ingavi, la Guerra del Pacífico y la del Acre, ha figurado en primera línea el soldado tarijeño y ha tenido entre sus hijos eminentes ciudadanos de la República. Se levantan en nuestra historia las figuras de Narciso Campero y Aniceto Arce como los dos Presidentes de la Nación de relevantes dotes republicanas; modelos de abnegación, de honradez y de espíritu de progreso; y, en la política, la judicatura, las letras nacionales y en la diplomacia ocupan en Bolivia lugar de indiscutible preminencia los nombres de los Trigo, los Vaca, los Aguirre, los Echazú, los Avila, los Paz, los Arce, los Campero, los O’Connor y tantos otros grandes ciudadanos de nuestra democracia.

En cambio todo lo que es Tarija lo debe a su esfuerzo propio. Los poderes públicos del Estado poco o nada han hecho por impulsar un progreso, no obstante su triple adhesión geográfica, histórica y plebiscitaria hacia Bolivia. Dadas estas consideraciones, nada de notable ni de trascendencia se puede referir en la historia de Tarija en los últimos cien años. Alejada de los grandes centros de población de la República, casi desvinculada por lo infranqueable de sus caminos, ha vivido tres cuartos de siglo, como aquellas ciudades sagradas del Oriente y del Africa, despreocupada del mundo y dedicada sólo a sus pleitos y quehaceres domésticos. Hizo un culto del hogar y al inculcar en el seno de él las costumbres más puras y sanas, levantó la moral y la inteligencia inmaculada de la mujer tarijeña a un nivel jamás igualado. La vida y desarrollo del pueblo tarijeño, ha sido en este sentido la vida y el desarrollo del patriciado boliviano.

Hace un cuarto de siglo que Tarija ha ingresado de lleno en las vías de un efectivo progreso. Siempre ha sido el país más fácil de asimilar todo lo nuevo, pues la unidad de idioma, la homongeneidad de raza y la igualdad de costumbres son poderosos contingentes para conducir a los pueblos a la civilización de nuestro siglo. A esto se agrega hoy su proximidad con el Atlántico y con las poblaciones de la República, que facilitan su intercambio intelectual y comercial, dándose a conocer como una de las ciudades de una cultura singular, digna de ser estudiada por los sociólogos y de ser visitada por los turistas.

AGRICULTURA, COMERCIO E INDUSTRIA

La riqueza de Tarija, reside, sobre todo, en su flora y en su fauna; posee un suelo fértil como pocos y una variedad grande de animales salvajes y domésticos. En su ganado vacuno tiene una poderosa fuente de riquezas futuras. La Luis de Fuentes encontró mucho ganado alzado, dejado al parecer por Francisco Tarija, y las primeras cuatro mil cabezas que han sido la iniciación de la grandeza de la República Argentina, fueron llevadas de Tarija en la época del coloniaje.

La riqueza agrícola del departamento de Tarija es enormemente grande como exuberancia del suelo, pero relativamente pequeña como producción; es decir, es una riqueza para el porvenir, que hoy se nos presenta como un tesoro que no se quiere o no se puede explotar; motivo por el que se encuentran miles de hectáreas incultas no obstante la fecundidad de la tierra. Existen regiones como el Gran Chaco, las Juntas de San Antonio y Lipeo, donde el agricultor recoge por cada quintal de semilla cien quintales; y otras como Concepción, la Angostura y Chocloca donde no baja de setenta el porcentaje de la cosecha, por cada quintal de semilla. Pero esta gran producción no guarda relación con los mercados de consumo próximos a Tarija, limitados por demás, por lo que el agricultor se ve obligado a reducir sus cultivos por más generosa que le sea la tierra.

Produce el departamento de Tarija, en la regiones templadas, el maíz, el trigo, la cebada, las patatas y demás tubérculos y en las regiones cálidas, la coca, la yerba del Paraguay, el ají, la caña de azúcar, el café, el arroz, el tabaco, el algodón y otros productos preciosos.

La vid es una de las plantas que da mayor rendimiento en el territorio tarijeño, sobre todo en las regiones del valle de La Concepción, La Angostura, Calamuchita y otras, donde se produce una uva exquisita por su sabor y fragancia y de grandes cualidades para la elaboración del vino; tiene hasta 17 grados de dulce. La producción de vino en el departamento de Tarija sin embargo no es muy grande: debe fluctuar entre millón y medio a dos millones de litros, vinos que se expenden en el mismo Tarija y en Santa Cruz, Yacuiba y la Quiaca.

La ganadería ya hemos dicho que será con el tiempo una poderosa fuente de producción para Tarija. Hoy no es posible sacar todo el provecho que da en otras partes, como en la Argentina, esta industria, porque el ganado, después de la guerra europea, se ha depreciado y por las mismas causas que detienen el desarrollo de la agricultura; es decir, por la falta de comunicación a grandes centros de consumo donde se pueda expender cantidades considerables. La calidad del ganado vacuno tarijeño es inmejorable, por el peso, lo exquisito de su carne y la calidad del cuero para la elaboración de la suela que es superior a todas las que se preparan en la República.

En realidad se puede decir que la agricultura y la ganadería en Tarija están en pañales, no obstante de la feracidad de su suelo y de las condiciones especiales que reúne para la cría del ganado vacuno, caballar, asnal, porcino y demás especies. Llegará un día, cuando el silbato de la locomotora resuene en sus vegas y en sus bosques, en que la producción agropecuaria de su territorio se centuplique, y entonces el departamento de Tarija se levantará al nivel productivo de uno de los centros de mayor importancia del Continente.

No se han trabajado en Tarija minerales de plata ni de oro ni aun de cobre. El jesuita Lozano asegura haberlos de plata, y la analogía topográfica indica que es así, porque la cadena de Taxsara, en que está situada Tarija se halla ligada a las sierras ricas de Lípez y Chichas y parece una misma su estructura geológica. Y un historiador del siglo XIX dice que hay en Tarija varias minas de asfalto o pez mineral que a principios del siglo XVII descubrió el padre Barba. Hoy se mira con indiferencia este objeto, agrega el historiador, pero llegará a conocerse su importancia, cuando los bolivianos, más instruidos sobre nuestros verdaderos intereses, cubramos con nuestras barquillas las aguas del Tarija, Pilcomayo y Paraguay a fin de salir por ellas al Atlántico ... ese tiempo llegará y entonces Tarija se levantará al puesto que la naturaleza le tiene destinado.

No se han cubierto aún de barquillas las aguas del Tarija y del Pilcomayo, ni se ha cruzado con los rieles su territorio, y sin embargo el poder de las riquezas naturales que encierra el suelo tarijeño va impulsando su comercio y sus industrias. Allí tenemos como ejemplo fehaciente el pozo No. 2 del Bermejo, que entre los muchos perforados en el territorio de la República por la Compañía Standard Oíl es el que ha dado mayor rendimiento en petróleo crudo, de una calidad inmejorable para el comercio. Cuando esos pozos, en vez de ser uno, sean diez o veinte en el Bermejo, la riqueza del departamento de Tarija constituirá un poderoso contingente a la grandeza nacional.

También cuenta Tarija con grandes vetas de sal en la provincia O’Connor, con la que se comercia en una sorprendente escala de intercambio llevándola a Santa Cruz y el Beni en cambio de azúcar, arroz y cacao que traen los fleteros o arrieros.

El comercio de la ciudad de Tarija tiene particular importancia, si se tiene en cuenta que el habitante de la campiña, es el mejor cliente para su vestido y para las necesidades de su alimentación, porque el campesino tarijeño viste con artículos extranjeros y consume azúcar y especies de ultramar. Verdad que esta riqueza comercial ha decaído en una proporción tan grande, que hoy Tarija, comercialmente, no tiene ni la mitad de importancia que tenía hace veinte años.

La causa de esta depresión obedece a la situación de aislamiento en que ha quedado la ciudad de Tarija, al medio de un ángulo, con dos ferrocarriles a los extremos que le quitan todo su intercambio mercantil. Hace quince o veinte años, el comercio de Tarija surtía a los distritos de Tupiza, Cotagaita, San Juan y Yavi y Santa Victoria de la Argentina, por un lado, y por el otro a Entre Ríos, Yacuiba y todas las misiones franciscanas de San Antonio y San Francisco del Chaco. Hoy compran los primeros, en Uyuni, La Quiaca y Atocha y los segundos en Ledesma y Yacuiba; de tal suerte que el comercio tarijeño ha quedado reducido a su mínima expresión; al radio de la ciudad y a las provincias Arce, Avilés y Méndez.

Mucho se ha levantado ese estado de postración con el camino de autos últimamente inaugurado; pero él no puede abastecer todas las necesidades del comercio y de la agricultura. Mientras no se construya un ferrocarril que atraviese todo el territorio del departamento desde La Quiaca hasta Tarija y desde Tarija hasta Yacuiba y Las Juntas de San Antonio, el comercio, la agricultura y las industrias seguirán deprimidas por falta de expresión mercantil.

Don Julio Gutiérrez Pinilla en su Guía de Tarija, dice: “Este departamento ha exportado durante el año 1918 por un valor de Bs. 587.765.78. La importación ha sido triple en su movimiento.”

La estadística comercial de Bolivia de 1921,” da el siguiente dato sobre Tarija, en cuanto a las importaciones de ese año: Bs. 1.159122.30; con un peso de 416.431 kilos.

Como estas cifras han sido tomadas en un momento de depresión mundial del comercio por la guerra europea, creemos que en el día se puede fijar como cifras aproximadas del comercio de Tarija, las siguientes: En dos millones el valor de las importaciones con un peso de un millón de kilos; y en medio millón hasta ochocientos mil bolivianos el valor de las exportaciones en cueros, manteca de cerdo, vinos, granos, maderas, aguardientes, ganado, etc., etc.

Las industrias de Tarija se circunscriben a los siguientes productos: carne seca o charqui, suelas de cuero de ganado vacuno, elaboración de vinos y aguardientes, fabricación de cerveza y hielo; empresa de luz y fuerza eléctrica; fabricación de calzado, fabricación de tejidos de lana; exportación de manteca de cerdo, etc., etc.

La agricultura, el comercio y las industrias arrojan sumas ridículas en comparación a la exuberancia del suelo y a las condiciones de riqueza de su flora y de su fama. Día llegará en que Tarija ocupe el puesto que la naturaleza le tiene señalado.

CARLOS PAZ.

NOTA.—Obras consultadas: 1—“Anuario Geográfico de Bolivia,” por la Dirección General de Estadística.

2.—Pedro de Angelis.—“Documentos para la Historia del Río de la Plata.”

3—Dalence.—“Bosquejo.”

4—Luis Paz.—“Historia del Alto Perú, hoy Bolivia.”

5—P. Alejandro Corrado.—“Colegio Franciscano de Tarija.”

6—Carlos Paz.—“Bolivia y la Argentina.”

7—“Comercio especial de Bolivia,” por la Dirección de Aduanas.

8—Julio Gutiérrez Pinilla.—“Guía de Tarija.”

9—Tomás O. D’Arlach.—“Fundación de Tarija.”

10—Carlos Paz.—“Batalla de La Tablada.”

11—“Almanaque del año 1924,” por Adolfo León.

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