Crónicas de cuarentena: Entre la espada y la pared

Mi trabajo queda en el barrio siguiente, para ser más exacta a 9 cuadras y media de mi casa, y como muchos otros hoy, si… sigo trabajando clandestinamente.

Son las cinco de la mañana y ya suena mi despertador, como todos estos días he olvidado apagar la alarma de un “día normal” antes de la cuarentena. En modo automático tomo mi toalla, entro a la cocina y pongo en el fuego una vieja y negra caldera.

Mientras me baño empiezo a pensar qué se podría comer hoy, que por supuesto deba cumplir las tres exigencias necesarias, un plato llenador, barato y que les guste a todos; un arroz a la valenciana será.

Son casi las seis, todos duermen aun en casa, termino de tomar mi té con la mitad de un pan de peso y me enfrento a mí misma como estos 10 días de cuarentena. ¿Salgo a trabajar y me arriesgo a un contagio? o de lo contrario me quedo en casa, mientras todo se acaba, y por supuesto no me refiero a la pandemia, más bien a los cuantos víveres que aun quedan en mi cesta.

No me despido de nadie y repito en mi mente, no hay de otra.

Mi trabajo queda en el barrio siguiente, para ser más exacta a 9 cuadras y media de mi casa, y como muchos otros hoy, si… sigo trabajando clandestinamente.

Antes de llegar, paso por el mercado que se ha instalado cerca hace pocos días, compro media docena de huevos y 2 pesos de zanahoria, creyendo que si me pillan los milicos o los pacos, al menos podría justificarme diciendo que he salido por comprar esto, siempre y cuando jamás salga por mi boca que estoy afuera por mi laburo.

Camino por cuatro minutos más y llego a la casa donde por más de diez años he trabajado. Toco la puerta, la señora abre y como ya es costumbre un trapo lleno de lavandina me espera en el piso, donde limpio mis zapatillas gastadas por el ace y el uso.

Desinfecto mis manos y las monedas que me dieron de cambio en el mercado, recién las dejo caer dentro de mi bolsón y alisto todo para empezar la rutina. No soy la única que esta aquí, dos amigas más empiezan a costurar mientras me sigo preguntando ¿Valdrá la pena?

Prendo la radio y el dial siempre es el mismo, 88.9. Don Julio sigue hablando del primer caso de coronavirus y ahora siento más miedo que antes. Entre tijeras, hilos y máquinas llega el medio día y yo toda apurada me dispongo nuevamente a regresar a casa, a mi casa.

El corazón me late rápido, decido ir por las calles aledañas y no así por la avenida principal, ya que el pasado viernes vi como se cargaron personas en la avenida por incumplir la cuarentena. ¿Seré yo la que lleve el virus a mi casa?

Mientras mis tres hijos solo dependan de mí, Dios sabe que no tengo otra opción.

Toco el portón, abre mi hijo y no le digo ni hola. ¡Entra a la casa y no me toques! mientras me saco las zapatillas, dejo el bolsón y empiezo a desinfectarlos como puedo.

Con las manos ya limpias entro, me cambio de ropa y empiezo a cocinar. Me acuerdo de mi papá, hace dos semanas que no lo veo, me he vetado sola para no ir a su casa, él es diabético y yo reconozco que al salir a la calle ya podría estar contagiada, pero en lo que queda, quiero mantener mi conciencia tranquila.

La Male, la más chiqui de la casa me dice mamá ¿Qué tienes que contar? Y yo solo sonrío, pues no queda de otra, podría explicarle mi situación a ella o a muchos, pero quizá solo algunos entenderían… que me siento entre la espada y la pared, entre la comida de los cuatro o no contagiarme, esa es mi lucha de cuarentena.

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