Los sueños del Guadalquivir
Mi feminización
Yo soy Avis Milnombres. Mi madre me enseñó a sobrevivir en los ambientes más hostiles sin perder la sonrisa de mi rostro. Me enseñó a ser dura como la piedra y sutil como el viento. Ella fue la que mató a mi primer violador en potencia



Estoy jugando un juego de rol (un juego de rol es un juego narrativo donde creas un personaje para vivir historias ficticias junto a tus amigos; los juegas en una mesa, con dados, papel y lápiz y mucha imaginación) donde se dio que asuma un personaje femenino. Este mi personaje (“Avis” se llama) es una guerrera fuerte, atrevida y con una apariencia exuberante que me permite una sensualidad sexualizada que estoy disfrutando encarnar. Bueno, resulta que es la única compañera mujer de otra amiga que jugó años la misma campaña en medio de puro chicos. Y ahora que estoy ahí las dos somos amiguis. Al grado que este último día de la mujer me felicitó personalmente. Se sintió bien. No es la primera vez que juego con un personaje femenino, pero si es la primera vez que me siento sorora.
En este mismo grupo los cuates me hicieron un meme en el que pasaron mi foto de perfil por un filtro que me convierte en mujer… una mujer de apariencia bien bizarra. También me aconsejaron tomar pastillas contra mi dolor menstrual. Y ahora que gané el Eduardo Abaroa bajo el seudónimo femenino de Ana Herrera, sumado a mi personaje femenino, a mi meme como mujer, a mis artículos feministas y a mi corte de pelo punk se les dio por llamarme “Anita Galindo” en referencia directa a la María. Es un troleo amistoso (ellos se trolean peor), pero no deja de ser un ataque directo a mi sexualidad. Como cuando lavo la montaña de platos para ayudar a mi amiga, reniego que vienen a sacar un vaso para ellos y ni siquiera se dignan a llevar lo que ya está lavado a la cocina y me dicen “pucha hermano, ya hasta reniegas como mujer”.
El 2018 participé de mi primer congreso feminista en El Alto. Para ese entonces ya había escrito mis trabajos sobre las músicas mujeres de San Roque y las chunchas infiltradas, así que decidí que era el momento adecuado para sacarlos al mundo. Titulé mi ponencia “Clandestinidad y subversión: las mujeres prohibidas de San Roque”. Siempre había querido ir a un congreso feminista, pero tenía miedo. Recuerdo que les pregunté a las organizadoras si yo, como hombre, podía participar. Guardaron un silencio profundo sobre eso pero aceptaron mi ponencia, lo cual fue un asentimiento implícito. No fui el único varón, pero si el único que no pertenecía a la comunidad de diversidades sexuales ni era activista. Recuerdo que eso se fue haciendo cada vez más notorio, hasta que los chicos se me acercaron a preguntarme explícitamente qué era yo: ¿era gay, era trans, qué era? “Soy hombre”, fue mi respuesta tímida y achicopalada.
Luego me di cuenta de que no había estado preparado para la respuesta. Durante toda mi vida de evitar ser “feminista” me había acostumbrado a no pensar en sus propios términos. Estaba “desconectado” de sus categorías conceptuales. Las categorías cis y hetero no se me vinieron a la mente como posibles respuestas, y todavía nunca me había puesto a pensar si no era algo más. Ese encuentro y ese cuestionamiento a mi identidad sexual fue algo a lo que nunca me había enfrentado de manera directa y me dejó en estado de duda.
Al final llegué a la conclusión de que soy hetero y cis. Esto quiere decir que me siento hombre, y que como hombre me atraen las mujeres y no los hombres. Hay algunas complejidades implícitas, pero esta categorización inicial sirve como punto de partida y es válida en general para definir mi identidad sexual.
Los juegos de rol de los que hablé en el primer párrafo tienen la característica que te dejan tener cualquier personaje que quieras: puedes ser humano, elfo, extraterrestre, robot, espíritu, bicho y sí, también mujer. Tiene la ventaja de no estar limitado por tu corporalidad (como no lo es, por ejemplo, el teatro), porque juegas en tu imaginación. Yo jugué cientos si no miles de personajes de todo tipo y tuve varios personajes femeninos. Y no, no tengo ningún problema en ser mujer, afeminado, gay o trans; solo son estados de ser. Pero en este mundo y en este cuerpo me siento bien siendo varón. Hetero y cis.
Yo creo que la identidad sexual de cualquier persona es un fenómeno altamente complejo y que solo le concierne a la persona en cuestión. La mirada simplista de tratar de equiparar identidad sexual con la existencia o ausencia de un órgano sexual, sea este un pene o una vagina, es solamente circunstancial. Incluso a un nivel puramente biológico las variaciones son demasiado grandes como para querer dividir a la humanidad en solo dos polos opuestos, masculino y femenino.
Pero aquí estamos, atrapados en una red de significados en los que nuestra sociedad nos clasifica, nos juzga y nos valora. No es irrelevante cómo te llaman y de qué manera tu sexualidad es aceptada o rechazada por tu grupo social. Porque al fin y al cabo como seres humanos somos seres sociales y dependemos de las personas a nuestro alrededor para estructurar nuestra percepción de nosotros mismos. Y eso, creo yo, es un tema perfecto de investigación para cualquier científico social que se valúe de su capacidad de desenmarañar los hilos de nuestra existencia, de aquello que nos hace lo que somos, más allá de cualquier estereotipo barato.