Revelaciones de la pandemia y la peor crisis sanitaria
La peor crisis sanitaria de los últimos 100 años ya lleva un mes en Bolivia. El “parte de guerra” del 11 de abril nos da cuenta que son 300 las personas infectadas por el Covid-19 y que son 24 las que, lamentablemente, perdieron la vida. Pero las cifras, siempre frías, no muestran el drama...



La peor crisis sanitaria de los últimos 100 años ya lleva un mes en Bolivia. El “parte de guerra” del 11 de abril nos da cuenta que son 300 las personas infectadas por el Covid-19 y que son 24 las que, lamentablemente, perdieron la vida. Pero las cifras, siempre frías, no muestran el drama que hay detrás de cada una de esas personas que tienen o tuvieron familia, que tienen o tuvieron sueños y que no son sólo números para engrosar estadísticas.
Ahí están las historias de estas 300 víctimas de la pandemia en estos primeros 30 días y que al descubrirlas, al seguirlas, nos revelan de manera descarnada los problemas irresueltos, las carencias no subsanadas, los resultados de las medidas desatinadas y muchas veces improvisadas… que como país, tenemos que tener la capacidad de reconocerlas para que puedan ser superadas.
Los anuncios de que “estábamos preparados” y de que “todo lo teníamos bajo control” se hicieron añicos en menos de lo que canta un gallo. Fueron suficientes estos 30 días para mostrar, de la forma más dramática, nuestra realidad. ¡Y no es para menos! Es que en ésta nuestra patria la Salud siempre sirvió sólo para el discurso de quienes, en período electoral, se afanan por conseguir votos.
Los problemas que se arrastran desde “siempre” son graves, profundos, estructurales. Vivimos en un país en el que se privilegia el presupuesto de otras áreas antes que aquel destinado a Salud. Llegamos a tal extremo que quienes gobernaron por 14 años, ignoraron deliberadamente que 5.8 millones de bolivianos (51% de la población) durante el periodo de mayor bonanza económica, estuvieron marginados de la atención de salud al no contar con ningún tipo de cobertura.
Para tapar semejante negligencia y con un afán meramente electoral, pocos meses antes de que el pueblo concurriera nuevamente a las urnas a votar, lanzaron, apurados, el Seguro Universal de Salud - SUS (20 Febrero 2019) que hasta ahora, no termina de arrancar y que para el pueblo tarijeño en particular, que desde diciembre del 2006 contaba con su seguro departamental (SUSAT) supuso un lamentable retroceso. El tan mentando “derecho a la salud” que reza en la Constitución Política del Estado, nunca pasó de ser un enunciado.
En estos primeros 30 días que nos conmueven y que son tan solo el inicio de la pandemia en Bolivia, salieron a relucir las dificultades que muchas veces prefieren mantenerse “debajo de la alfombra” para no incomodar y con las que hay que lidiar cotidianamente. Una de ellas es la precariedad laboral de los médicos y de un sector importante de los profesionales de la salud. Y es que a falta de ítems creados “como debe ser “ y la necesidad de trabajo por parte de los profesionales de la salud, se hacen contratos de diversa índole que además de exigir “lealtad” cuando haga falta para la autoridad de la institución que los financia, no son definitivos, hay que renovarlos por lo menos anualmente y con pagos que, en la mayoría de los casos, son menores a lo que realmente corresponde porque no gozan de los beneficios conseguidos a través de lucha sindical, es más…ni siquiera cuentan con un seguro de salud.
La otra dificultad a nivel macro y que se repite en lo local es que no contamos con un verdadero sistema de salud; existe una desarticulación completa entre lo que es sistema público, seguridad social y medicina privada; a esto se suma el divorcio entre lo nacional, lo departamental y lo municipal. Cada quien “reina en su pedacito”, siempre tratando de llevar agua a su molino y en una disputa constante por tomar el control de lo que corresponde al otro. Cada sector hace lo que cree conveniente, no importa si se duplican esfuerzos, tampoco si lo que se propone obedece a una necesidad. Carecemos de un plan, que abarque a todos, que nos permita atender la urgencia y los problemas de salud emergentes como el de ahora, pero que también nos guíe en nuestro accionar a corto, mediano y largo plazo.
Un plan que sea fruto de un análisis científico de la situación de salud del país, que se adelante a los problemas que en el mañana no muy lejano tendremos que enfrentar, considerando el crecimiento poblacional y otros factores que están muy bien definidos para estos casos; una ruta crítica que estén obligados a cumplir todas las instancias gubernamentales sin importar si el “jerarca” de turno es de los verdes, amarillos o colorados.
En un país como el nuestro, en el que las necesidades son infinitas, poner la plata donde realmente hace falta y no donde se le ocurra a la circunstancial autoridad, es de primerísima necesidad.
No más edificaciones de salud que no cumplen con las normas, que se construyen sin el mínimo criterio técnico y que la mayoría de veces no tiene relación con lo que es conveniente; infraestructuras que en muchos casos están vacías o sub utilizadas.
No más ambulancias a merced de los alcaldes, muchas veces para fines particulares, las ambulancias deben formar parte, en nuestro caso de un sistema departamental de salud debidamente monitorizado, con gente competente, que preste auxilio oportuno en los casos de urgencia y que sirvan también para el traslado de pacientes. Hay que construir una verdadera red en lo municipal, departamental y nacional, que se complemente, que se auxilie, que coordine.
Hay que armar esta red en la que se reconozca que el recurso humano más valioso que se tiene es el recurso humano y que como tal hay que tratarlo. Hay que hacer el esfuerzo que haga falta para desarrollar y mejorar nuestro sistema público de salud que en momentos como estos, lo ha demostrado la pandemia a lo largo del mundo, es el que da la talla. Es una cuestión de vida o muerte. Para ello, previamente, hay que hacer un mínimo trato.
*Médica especialista en pediatría, Magíster en epidemiología, Magíster en educación superior ciencias salud, Secretaria de Desarrollo Humano de la prefectura de Tarija, docente titular de la facultad de medicina UAJMS, Presidenta de la Sociedad tarijeña de Pediatría. Fue asambleísta departamental por Cercado.
Ahí están las historias de estas 300 víctimas de la pandemia en estos primeros 30 días y que al descubrirlas, al seguirlas, nos revelan de manera descarnada los problemas irresueltos, las carencias no subsanadas, los resultados de las medidas desatinadas y muchas veces improvisadas… que como país, tenemos que tener la capacidad de reconocerlas para que puedan ser superadas.
Los anuncios de que “estábamos preparados” y de que “todo lo teníamos bajo control” se hicieron añicos en menos de lo que canta un gallo. Fueron suficientes estos 30 días para mostrar, de la forma más dramática, nuestra realidad. ¡Y no es para menos! Es que en ésta nuestra patria la Salud siempre sirvió sólo para el discurso de quienes, en período electoral, se afanan por conseguir votos.
Los problemas que se arrastran desde “siempre” son graves, profundos, estructurales. Vivimos en un país en el que se privilegia el presupuesto de otras áreas antes que aquel destinado a Salud. Llegamos a tal extremo que quienes gobernaron por 14 años, ignoraron deliberadamente que 5.8 millones de bolivianos (51% de la población) durante el periodo de mayor bonanza económica, estuvieron marginados de la atención de salud al no contar con ningún tipo de cobertura.
Para tapar semejante negligencia y con un afán meramente electoral, pocos meses antes de que el pueblo concurriera nuevamente a las urnas a votar, lanzaron, apurados, el Seguro Universal de Salud - SUS (20 Febrero 2019) que hasta ahora, no termina de arrancar y que para el pueblo tarijeño en particular, que desde diciembre del 2006 contaba con su seguro departamental (SUSAT) supuso un lamentable retroceso. El tan mentando “derecho a la salud” que reza en la Constitución Política del Estado, nunca pasó de ser un enunciado.
En estos primeros 30 días que nos conmueven y que son tan solo el inicio de la pandemia en Bolivia, salieron a relucir las dificultades que muchas veces prefieren mantenerse “debajo de la alfombra” para no incomodar y con las que hay que lidiar cotidianamente. Una de ellas es la precariedad laboral de los médicos y de un sector importante de los profesionales de la salud. Y es que a falta de ítems creados “como debe ser “ y la necesidad de trabajo por parte de los profesionales de la salud, se hacen contratos de diversa índole que además de exigir “lealtad” cuando haga falta para la autoridad de la institución que los financia, no son definitivos, hay que renovarlos por lo menos anualmente y con pagos que, en la mayoría de los casos, son menores a lo que realmente corresponde porque no gozan de los beneficios conseguidos a través de lucha sindical, es más…ni siquiera cuentan con un seguro de salud.
La otra dificultad a nivel macro y que se repite en lo local es que no contamos con un verdadero sistema de salud; existe una desarticulación completa entre lo que es sistema público, seguridad social y medicina privada; a esto se suma el divorcio entre lo nacional, lo departamental y lo municipal. Cada quien “reina en su pedacito”, siempre tratando de llevar agua a su molino y en una disputa constante por tomar el control de lo que corresponde al otro. Cada sector hace lo que cree conveniente, no importa si se duplican esfuerzos, tampoco si lo que se propone obedece a una necesidad. Carecemos de un plan, que abarque a todos, que nos permita atender la urgencia y los problemas de salud emergentes como el de ahora, pero que también nos guíe en nuestro accionar a corto, mediano y largo plazo.
Un plan que sea fruto de un análisis científico de la situación de salud del país, que se adelante a los problemas que en el mañana no muy lejano tendremos que enfrentar, considerando el crecimiento poblacional y otros factores que están muy bien definidos para estos casos; una ruta crítica que estén obligados a cumplir todas las instancias gubernamentales sin importar si el “jerarca” de turno es de los verdes, amarillos o colorados.
En un país como el nuestro, en el que las necesidades son infinitas, poner la plata donde realmente hace falta y no donde se le ocurra a la circunstancial autoridad, es de primerísima necesidad.
No más edificaciones de salud que no cumplen con las normas, que se construyen sin el mínimo criterio técnico y que la mayoría de veces no tiene relación con lo que es conveniente; infraestructuras que en muchos casos están vacías o sub utilizadas.
No más ambulancias a merced de los alcaldes, muchas veces para fines particulares, las ambulancias deben formar parte, en nuestro caso de un sistema departamental de salud debidamente monitorizado, con gente competente, que preste auxilio oportuno en los casos de urgencia y que sirvan también para el traslado de pacientes. Hay que construir una verdadera red en lo municipal, departamental y nacional, que se complemente, que se auxilie, que coordine.
Hay que armar esta red en la que se reconozca que el recurso humano más valioso que se tiene es el recurso humano y que como tal hay que tratarlo. Hay que hacer el esfuerzo que haga falta para desarrollar y mejorar nuestro sistema público de salud que en momentos como estos, lo ha demostrado la pandemia a lo largo del mundo, es el que da la talla. Es una cuestión de vida o muerte. Para ello, previamente, hay que hacer un mínimo trato.
*Médica especialista en pediatría, Magíster en epidemiología, Magíster en educación superior ciencias salud, Secretaria de Desarrollo Humano de la prefectura de Tarija, docente titular de la facultad de medicina UAJMS, Presidenta de la Sociedad tarijeña de Pediatría. Fue asambleísta departamental por Cercado.