Abigail Vázquez: la mujer fuerte que aprendió a quitarse la armadura
Boxea, tatúa, vende propiedades y desfila. Cruzó la frontera con una maleta de ropa y la certeza de poder reconstruirse. Detrás de su cara seria, guarda una ternura que casi nadie imagina.
En su maleta no entró más que ropa. Abigail Vázquez lo dice sin exagerar, como quien lee un inventario: lo que cabe, y lo que no. Lo demás, la familia, los amigos, una vida entera levantada con paciencia en Buenos Aires, se quedó del otro lado de la frontera.
Hoy vive en Bolivia y habla de la mudanza con orgullo. “Me demostré a mí misma que no tengo miedo a dejarlo todo si es necesario”, dice. Su equipaje verdadero es la certeza de poder reconstruirse donde sea, las veces que haga falta.
Su historia con el cuerpo empezó temprano. Deporte desde niña, artes marciales, boxeo, entrenamiento funcional. Hoy es coach fitness y tiene formación en coaching ontológico. Del ring conserva un radar interno. “Ningún libro te enseña lo que es el verdadero estado de alerta”, explica. Aprendió a recibir los palos de la vida sin perder el centro. Hoy la fortaleza, dice, es “ser determinada y perseverante, creer en una misma”.
Sus manos también tatúan, oficio que eligió desde los 16 o 17 años en una familia muy religiosa que no lo entendió, como tampoco entendió que saliera a viajar por el mundo. Volvería a decidirlo mil veces: “Hoy no me interesa que los demás lo entiendan; me interesa ser fiel a mí misma”. Al hablar de su oficio, nombra la gratitud, pues alguien más deposita en ella una confianza absoluta.
Su cara seria la precede y mucha gente supone que es distante, fría, “mala onda”. Lo que casi nadie imagina es que es sensible, dulce y detallista. En el amor busca “la paz, la ternura y encontrar un espacio seguro” donde por fin pueda quitarse la armadura y sentirse cuidada.
Hace cuatro años es madre, “lo más hermoso” que le pasó y “el desafío más grande”. “Criar a una personita con valores y respeto exige”, dice, “paciencia y amabilidad consigo misma”. Defiende festejarse los logros.
En 2026 llegó el modelaje, por casualidad. Acompañaba a una amiga en el Miss Bolivian Tropic cuando Diego Guillén le preguntó si hacía pasarela. Vinieron las clases y, finalmente, Bolivia Lujo Moda. “Siempre quise ser modelo, pero durante mucho tiempo me faltó un poco de confianza”, admite. Hoy, la tiene.
Ser mirada pesa, porque no todas las miradas llegan con amor. Pero entendió que lo que otros proyectan dice todo sobre ellos y nada sobre ella. Lo liberador es no cargar con ninguna, y tener el coraje de ser ella misma.
Le pregunto qué es lo que nadie sabe de ella. Responde segura: “Voy a lograr todo lo que me proponga”. Quiere consolidar su carrera aquí, en Bolivia. La maleta, al fin, siempre fue ligera. Lo importante viajó por dentro.









