Pura Cepa | La Contra
El dilema nuclear boliviano en tiempos de rearme global
En el Día Internacional para la Eliminación Total de las Armas Nucleares, Bolivia emerge como actor nuclear pacífico en una región pionera del desarme, mientras las potencias globales acumulan más de 12.500 cabezas nucleares.
Hoy es 26 de septiembre. Vivimos en un mundo donde nueve países concentran más de 12.500 ojivas nucleares. Rusia tiene 8.500, Estados Unidos 7.700, y China suma 100 nuevas armas anuales desde 2023, alcanzando 600 en 2025. Frente al rearme acelerado, América Latina es la única región densamente poblada que mantiene el compromiso con el desarme nuclear, consolidado desde 1967 con el Tratado de Tlatelolco, creando un espacio de 650 millones de habitantes libres de la amenaza nuclear directa.
La decisión histórica, en la que Bolivia participó junto a México, Brasil, Chile y Ecuador desde 1963, precedió al Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968. Casi 60 años después, la decisión sigue siendo sabia: las potencias nucleares gastan billones en modernizar arsenales, mientras los latinoamericanos invierten en desarrollo, energía renovable y cooperación.
Bolivia, paradójicamente, construye su primer reactor nuclear de investigación en El Alto, con inversión rusa de 300 millones de dólares. La aparente contradicción revela la complejidad geopolítica actual, pues mientras el Norte Global se arma, Bolivia apuesta por medicina nuclear y soberanía tecnológica.
Aunque el reactor de 200 kW parece insignificante comparado con arsenales capaces de matar miles de millones, su valor reside en demostrar que la tecnología nuclear puede servir sin amenazar. El Centro de Investigación y Desarrollo en Tecnología Nuclear ya produce radiofármacos para 5.000 procedimientos anuales, permitiendo que pacientes bolivianos accedan a tratamiento oncológico sin viajar al extranjero, aunque el resto del proyecto sigue en suspenso por la crisis económica. Tarea para los siguientes gestores de gobierno.
Otras energías
Bolivia posee 23 millones de toneladas de litio, 20% del total mundial, recurso estratégico para la transición energética. Esta riqueza convierte al país en objeto de disputa entre Estados Unidos, China y Rusia, cada potencia buscando acceso privilegiado al “oro blanco” del siglo XXI.
La cooperación nuclear con Rusia diversifica alianzas tecnológicas, pero genera vulnerabilidades, como la dependencia para tener combustible nuclear, tecnología y entrenamiento. La relación asimétrica puede comprometer el equilibrio entre cooperación internacional, autonomía estratégica y soberanía.
Latinoamérica tiene oportunidad para consolidarse como una región de paz nuclear con capacidades propias, pues genera el 65% de su electricidad de fuentes limpias, 24% más que el promedio mundial; y mantiene tradición de cooperación que contrasta con el militarismo global, a pesar del giro ultra.
Como ejemplo, en los años 90, Brasil y Argentina abandonaron sus programas de armas nucleares, lo que no impide que en sus políticas de salvataje económico abran su territorio al ingreso de fuerzas militares con potencia nuclear e intereses en la región.
Mientras al Reloj del Juicio Final le quedan 89 segundos antes de la medianoche, la apuesta boliviana por medicina nuclear, una apropiación soberana de tecnología para fines pacíficos, es la tercera vía entre el desarme total y la militarización. Aunque nos queda en frente el problema de la gestión de los desechos nucleares, y otros tantos peligros, vamos por más ciencia, más cooperación, menos armas, menos amenazas, más futuro.





