La flauta de Pan
Pan, el dios griego de los bosques, pastos y rebaños, iba siempre de un lado a otro dando pequeños saltitos. Sus patas de cabra le impulsaban con agilidad. En lo alto de la cabeza despuntaban unos pequeños cuernos. Era muy alegre, y hasta travieso, y a pesar de su apariencia animal, adoraba a los humanos.
Pan era muy querido por los dioses, por su carácter alegre y divertido, a pesar de ser poco atractivo. Tenía muy buen humor, y esto atraía sobre todo a Dionisio, el dios del vino y de las uvas. Siempre estaban juntos. A Dionisio le encantaba reír y Pan le hacía mucha gracia.
Un día, Pan se enamoró de una ninfa que vio en el bosque. Se llamaba Siringa. La muchacha, al ver la horrible figura de Pan, comenzó a correr muerta de miedo.
– ¡Socorroooo, que me persigue un monstruo!- gritaba ella.
Y Siringa llegó hasta la orilla del río. Allí llamó a su padre, que resultó ser el rey de los ríos, Ladón.
– Padre, por favor, ayúdame… me persigue una bestia horrible- le dijo entonces.
Su padre la transformó en una ligera caña. Y Pan, al llegar, se quedó observándola anonadado. De pronto una suave brizna de viento pasó por ella y emitió un dulce sonido, tan dulce como la voz de su enamorada, y se dio cuenta de que en realidad era ella. Así que tomó la caña y con ella creó una flauta.
Desde entonces, Pan no se separa nunca de ella, y la utiliza para alegrar a todos con su adorable y dulce música.


